MASRUR E IBN AL-QARIBI – Las mil y una Noches

MASRUR E IBN AL-QARIBI – Las mil y una Noches
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MASRUR E IBN AL-QARIBI

extraído del libro
Las mil y una Noches

Se cuenta que una noche el Emir de los creyentes, Harún al-Rasid, estaba muy inquieto. Dijo a su visir Chafar b. Yahy a al-Barmikí: 

– Esta noche estoy desvelado y la angustia invade mi pecho; no sé qué hacer. – Su criado, Masrur, que estaba delante de él, rompió a reír. El Califa le preguntó: 

– ¿De qué te ríes? ¿Es que te ríes burlándote de mí? ¿O es que te has vuelto loco? – Le contestó:

– ¡No, Emir de los creyentes! ¡Por tu parentesco con el Señor de los Enviados! Lo he hecho involuntariamente porque ayer salí a pasear por las afueras del alcázar y avancé hasta llegar al Tigris. Vi que la gente estaba allí reunida. Me paré y vi que un cómico distraía a la gente. Se llamaba Ibn al-Qaribi; al recordar ahora sus palabras me he puesto a reír. Te pido, Emir de los creyentes, que me perdones. – El Califa le dijo: 

– ¡Tráeme ahora mismo a ése! – Masrur salió corriendo hasta alcanzar a Ibn al-Qaribi y le

dijo: 

– ¡Responde a la llamada del Emir de los creyentes! 

– ¡Oír es obedecer! –  le replicó. Masrur le dijo: 

— Te pongo una condición: cuando te presentes ante el Califa y éste te dé alguna recompensa, tú te quedarás únicamente con la cuarta parte y me darás el resto a mí. 

– ¡No! Tú te quedarás la mitad y yo la otra mitad. 

– ¡No! 

– Pues yo me quedaré con el tercio y tú con los dos tercios. – Masrur, después de oponerse, aceptó la distribución y le llevó consigo. Ibn al-Qaribi se presentó ante el Emir de los creyentes, le saludó con las fórmulas de rigor y se quedó plantado ante él. El Califa le dijo: 

– Si tú no me haces reír te daré tres golpes con esta bolsa. – Ibn al-Qaribi se dijo: «¿Qué daño me pueden causar tres golpes con tal bolsa si yo no noto ni los latigazos?» 

Empezó a hablar explicando cosas que habrían hecho reír a una persona enfadada y refirió toda clase de chistes sin que el Emir de los creyentes se pusiese a reír ni tan siquiera sonriese. Ibn al-Qaribi al principio se maravilló; luego se quedó perplejo y al final se atemorizó. El Emir de los creyentes le dijo:

– ¡Te has ganado los palos! – Cogió la bolsa y le dio un golpe. La bolsa tenía cuatro piedras cada una de las cuales pesaba dos ratl. Recibió el golpe en el cuello, dio un grito terrible y acordándose de lo que había pactado con Masrur exclamó: 

– ¡Perdón, Emir de los creyentes! ¡Escucha dos palabras!

– ¡Di lo que te parezca!

– Masrur me ha impuesto una condición: hemos acordado que de los bienes que yo reciba del Emir de los creyentes me quedaré un tercio y le daré los dos tercios a él. Ha aceptado este reparto después de una enconada discusión. Por consiguiente, ahora, no puedes darme más palos, puesto que el primero es la parte que me corresponde. Los dos golpes que faltan son su parte, ya que yo ya he recibido la mía. Él está aquí. ¡Dale su parte, Emir de los creyentes!

– El Califa, al oír estas palabras, rompió a reír y se cayó de espaldas. Llamó a Masrur y le dio un golpe. Éste chilló: 

– ¡Emir de los creyentes! ¡Yo me conformo con el tercio! ¡Dale los otros dos a él! – Califa se rió y mandó que diesen mil dinares a cada uno de ellos. Ambos se marcharon con lo que el Califa les había dado.




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