La prueba de amor del Príncipe Chansah

La prueba de amor del Príncipe Chansah

La prueba de amor del Príncipe Chansah

Extraído del libro
Las mil y una Noches
editado para Afectos

Cuando el Príncipe Chansah llegó a Kabul con su mujer, la señora Samsa, el rey Tigmus repartió regalos pródigamente y honró a sus súbditos, pues estaba muy contento por el regreso de su hijo.

Celebraron grandes fiestas durante diez días, y la señora Samsa se alegró muchísimo al ver todo aquello. Después, el rey Tigmus mandó en busca de los albañiles, arquitectos y sabios, y les ordenó que construyesen un palacio en aquel jardín. 

Contestaron que obedecerían; empezaron los preparativos para construir el alcázar, y lo terminaron del mejor modo posible. Chansah, al enterarse de la construcción del palacio, dijo a los artífices que le llevaran una columna de mármol blanco, que la excavasen e hiciesen un hueco en forma de caja. Ellos obedecieron. 

El príncipe cogió el vestido de vuelo de la señora Samsa, lo colocó en el interior de la columna, lo enterró en los fundamentos del alcázar y ordenó a los albañiles que encima construyesen las bóvedas que debían sostener el palacio. Una vez terminado éste, lo tapizaron: era un magnífico alcázar en medio del jardín, a cuyo pie corrían los riachuelos. 

El rey Tigmus ordenó entonces que se celebraran las bodas de Chansah. Las fiestas fueron magníficas: jamás se habían visto otras iguales. Condujeron a la señora Samsa a aquel palacio, y después, cada uno de los presentes se marchó a sus quehaceres. 

La señora Samsa aspiró el olor del traje de plumas con el cual había volado, y descubrió el lugar en que estaba. Deseó volverlo a tener, pero esperó hasta mediada la noche, hasta que Chansah estuvo sumido en el sueño. Entonces se levantó, se dirigió hacia la columna sobre la que reposaban las bóvedas y cavó a su alrededor hasta alcanzar la columna en la cual estaba encerrado el vestido: quitó el sello de plomo que lo cerraba, sacó el traje y levantó el vuelo al momento. Fue a posarse en lo más alto del palacio y gritó a las gentes: 

—Quiero que vayáis a buscar a Chansah para que pueda despedirme de él. 

Informaron a éste, el cual corrió hacia ella. Vio que estaba encima de la azotea del palacio y que tenía puesto el vestido de plumas. 

Le dijo:

—¿Cómo has hecho esto?

—¡Amado mío! ¡Regocijo de mis ojos y fruto de mi corazón! ¡Por Dios! Te quiero muchísimo y me ha alegrado enormemente el conducirte hasta tu país, trasladarte a tu tierra, haber conocido a tu padre y a tu madre. Si tú me amas de la manera que yo te amo, irás a buscarme a la Ciudadela de las Gemas, a Takni.

Levantó el vuelo y fue a reunirse con sus familiares.

Chansah, al oír las palabras de la señora Samsa, estuvo a punto de morir de dolor y cayó desmayado. Fueron a buscar a su padre y le informaron de todo. El soberano marchó al alcázar, entró a ver a su hijo y lo encontró tendido en el suelo. Tigmus rompió a llorar, pues comprendió que el príncipe estaba verdaderamente enamorado de la señora Samsa. Le roció el rostro con agua de rosas y volvió en sí. Al ver a su padre junto a él, rompió a llorar por encontrarse separado de su esposa. 

El soberano le preguntó: 

—¿Qué es lo que te ha ocurrido, hijo mío?

—Sabe, ¡oh, padre!, que la señora Samsa es hija de genios, y que yo la amo, estoy enamorado de ella y me gusta su belleza. Yo tenía su vestido, sin el cual ella no podía volar. Se lo cogí y lo oculté en una columna que tenía forma de cofre, puse un sello de plomo encima y la coloqué en los fundamentos del palacio. Ella ha removido todo, lo ha cogido, se lo ha puesto y ha levantado el vuelo. Después se ha posado encima de la azotea y me ha dicho: ‘Te quiero muchísimo y me ha alegrado enormemente el hacerte llegar a tu país, el trasladarte a tu tierra y el haberte reunido con tu padre y con tu madre. Si tú me amas de la manera que y o te amo, vendrás a buscarme a la Ciudadela de las Gemas, a Takni’. Seguidamente ha levantado el vuelo y ha emprendido su camino.

El rey Tigmus replicó: 

—¡Hijo mío! No te preocupes por eso: reuniremos a los mejores comerciantes y a los grandes viajeros de este país y les preguntaremos dónde está dicha ciudadela. Cuando lo sepamos nos dirigiremos a ella e iremos en busca de la familia de la señora Samsa, con la esperanza de que Dios (¡ensalzado sea!) te la devuelva. 

El rey salió inmediatamente, mandó comparecer a sus cuatro ministros y les dijo: 

—Reunid a todos aquellos ciudadanos que se dediquen al comercio y a los viajes, y preguntadles por Takni, la Ciudadela de las Gemas. A todo aquél que conozca la ciudadela e indique su camino le entregaréis cincuenta mil dinares. 

Los visires, al oír estas palabras, contestaron: 

—¡Oír es obedecer!

Se marcharon inmediatamente e hicieron lo que les había mandado el rey: empezaron a interrogar a los comerciantes y viajeros acerca de dónde estaba la Ciudadela de las Gemas, Takni. Ninguno de ellos supo dar noticias. Regresaron ante el soberano y lo informaron de ello. Después el rey despachó correos y espías a todos los países, islas y comarcas, para que se informasen de dónde estaba la Ciudadela de las Gemas, Takni. Hicieron pesquisas durante dos meses, pero nadie les supo dar razón. Regresaron junto al rey y lo informaron del resultado.

El soberano rompió a llorar amargamente y fue a ver a su hijo, al cual encontró sentado entre las concubinas, las esclavas y las tocadoras de arpa, cítara y demás instrumentos, que no conseguían consolarlo por la pérdida de la señora Samsa.

Le explicó:

—¡Hijo mío! No he hallado a nadie que conozca tal ciudadela. Te daré una esposa más hermosa que Samsa. 

Chansah, al oír estas palabras, rompió a llorar, las lágrimas invadieron sus ojos.

Existía una gran enemistad entre el rey Tigmus y el rey de la India. Cuando el rey Kafid, soberano de la India, se enteró de que el rey Tigmus se encontraba preocupado por el amor de su hijo y que había abandonado el gobierno y el reino hasta el punto de que sus ejércitos habían perdido su potencia mientras que él vivía preocupado y apenado a causa del amor de su hijo, el rey Kafid se puso al frente de los soldados, y sus ejércitos avanzaron hasta llegar a los confines del país de Kabul, que era el Estado del rey Tigmus. 

Al entrar en él lo saquearon, maltrataron a sus moradores, degollaron a las personas importantes e hicieron prisioneros a los plebeyos. La noticia llegó a oídos del rey Tigmus, el cual se encolerizó y reunió a los grandes del reino, a los ministros y a los príncipes de sus Estados. 

Les dijo: 

—¿Sabéis que Kafid ha invadido nuestro territorio? Lo está ocupando y busca la guerra. Viene con un ejército, campeones y soldados en tal cantidad, que sólo Dios sabe su número. ¿Qué opináis?

—¡Rey del tiempo! Creemos que debemos salir a combatirlo: lucharemos contra él y lo expulsaremos de nuestro territorio.

—¡Preparaos para la guerra!

Chansah, durante dos meses no vio a su padre ni permitió que entrase a hacerle compañía ninguna de las concubinas que estaban a su servicio. Todo ello lo llenó de una gran inquietud. Preguntó a uno de los de su séquito: 

—¿Qué le ocurre a mi padre que no viene a verme?

Le explicaron lo que le había ocurrido con el rey Kafid. 

El príncipe dijo: 

—¡Traedme mi corcel para que vaya a reunirme con mi padre!

—Oír es obedecer –le contestaron. 

Le llevaron el corcel, y cuando lo tuvo delante, el príncipe se dijo: “Yo estoy preocupado por mis cosas. Lo mejor será que monte en mi caballo y me dirija a la ciudad de los judíos. Una vez llegue a ella, Dios hará que encuentre al comerciante que me tomó a sueldo para trabajar. Tal vez haga conmigo lo que hizo la primera vez. Nadie sabe dónde se encuentra la felicidad”. Montó a caballo y, tomando consigo mil jinetes, se puso en camino.

Las gentes decían: “Chansah va a reunirse con su padre para combatir a su lado”. Cabalgaron sin descanso hasta la caída de la tarde. Entonces acamparon en una gran pradera y pernoctaron en ella. Una vez se hubieron dormido y el príncipe hubo comprobado que todos los soldados dormían, se levantó sigilosamente, se puso el cinturón, montó en su corcel y emprendió el camino de Bagdad, ya que había oído decir a los judíos que cada dos años llegaba una caravana de Bagdad. 

El príncipe se decía: “Cuando llegue a Bagdad, me incorporaré a la caravana hasta llegar a la ciudad de los judíos”. Resuelto a ello, emprendió el camino.

Chansah, estaba triste, preocupado, por encontrarse separado de su padre y de su amada; tenía el corazón herido, los ojos derramaban lágrimas, y permanecía insomne noche y día. Recorrió tierras y desiertos sin interrupción, y cada vez que llegaba a una ciudad preguntaba por la Ciudadela de las Gemas, Takni. Nadie sabía darle razón. 

Le replicaban:

—¡Jamás hemos oído tal nombre!

Preguntó después por la Ciudad de los Judíos, y un comerciante le dijo que estaba en los confines orientales del ecúmene, y añadió: 

—Ven con nosotros este mes a la ciudad de Mizraqán, que se encuentra en la India. Desde ésta seguiremos hacia Jurasán; desde aquí nos dirigiremos a la ciudad de Simaún, y luego al Jwarizm. La Ciudad de los Judíos se encuentra muy cerca de esta región, pues sólo hay un año y tres meses de camino. 

Chansah esperó a que la caravana se pusiese en marcha, se unió a ella y así llegó a Mizraqán. Al entrar en ella empezó a preguntar por la Ciudadela de las Gemas, Takni, pero nadie pudo informarlo. De nuevo se puso en camino la caravana, y él volvió a incorporarse a ella hasta llegar a la India. Entraron en una ciudad y preguntó por la Ciudadela de las Gemas, Takni, pero nadie le supo dar noticia. 

Le contestaron: 

—¡Jamás hemos oído tal nombre!

Tuvo que soportar enormes fatigas durante el viaje. Partieron de la India y viajaron ininterrumpidamente hasta llegar al país del Jurasán. Preguntó por la Ciudad de los Judíos. Le dieron informes y le describieron el camino. Reanudó la marcha noche y día hasta llegar al sitio en que había huido de los monos. Siguió viajando día y noche hasta alcanzar el río en cuya orilla se encontraba la Ciudad de los Judíos. Se sentó al borde del río y esperó a que llegase el sábado y se secase por la voluntad de Dios (¡ensalzado sea!). Entonces lo cruzó y se dirigió al domicilio del judío en cuya casa se había hospedado por primera vez. Saludó a él y a toda la gente de la casa. Se alegraron mucho de volverlo a ver, le dieron de comer y de beber y luego le preguntaron:

—¿Dónde has estado todo este tiempo?

Les contestó: 

—En el reino de Dios (¡ensalzado sea!). 

Pasó la noche en aquella casa, y al día siguiente recorrió la ciudad. Encontró a un pregonero, que gritaba: 

—¡Oh, hombres! ¿Quién de vosotros quiere ganar mil dinares y una hermosa esclava por el trabajo de sólo medio día?

Chansah gritó: 

—¡Yo haré el trabajo!

El pregonero le dijo: 

—¡Sígueme!

Lo siguió hasta llegar a la casa del comerciante judío, el mismo ante quien lo había conducido la primera vez. El pregonero dijo al dueño de la casa: 

—Este muchacho hará el trabajo que deseas. 

El comerciante exclamó: 

—¡Bienvenido!

Lo tomó consigo, lo introdujo en una habitación y le dio de comer y de beber. El príncipe comió y bebió. El comerciante le entregó los mil dinares y la hermosa esclava; y el joven pasó con ésta la noche. Al día siguiente por la mañana tomó la esclava y los dinares y los entregó al judío en cuya casa había pernoctado la primera vez. 

Luego regresó al domicilio de su patrón, montaron ambos a caballo y marcharon hasta llegar al pie de un monte altísimo, que se perdía en los aires. El comerciante sacó una cuerda y un cuchillo y dijo a Chansah: 

—¡Sacrifica ese caballo!

El príncipe tendió al animal, le ató las patas con la cuerda, lo degolló, lo desolló, le cortó las patas y la cabeza y le hendió el vientre conforme le mandaba el comerciante. Después, éste dijo a Chansah: 

—¡Métete en el vientre del caballo para que yo lo cosa y tú quedes en su interior! Dime todo lo que veas dentro. Éste es el trabajo por el cual te he pagado el sueldo. 

El príncipe se introdujo en el vientre del caballo, el comerciante cosió el corte, y luego, alejándose del animal, fue a esconderse. Al cabo de un rato apareció un pájaro enorme, lanzóse en picado, agarró el caballo y se remontó con él hasta las nubes, para posarse en la cima del monte. Una vez se hubo detenido en ella, quiso comerse el caballo.

Cuando Chansah se dio cuenta de ello, abrió el vientre, salió, asustó al pájaro y éste remontó el vuelo, siguiendo su camino. El príncipe se incorporó, miró al comerciante y lo vio allá abajo, al pie del monte, tan pequeño que parecía un gorrión.

Le preguntó: 

—¿Qué quieres, comerciante?

—¡Échame algunas de esas piedras que están a tu alrededor, y te mostraré el camino para que puedas descender!

—¡Tú eres aquel que se portó tan mal conmigo hace cinco años! Sufrí hambre y sed, soporté grandes fatigas y numerosos riesgos. Me has vuelto a traer a este lugar porque buscas mi muerte. ¡Por Dios que nada he de echarte!

A continuación, el príncipe cogió el camino que conducía hasta el jeque Nasr, rey de los pájaros. Anduvo día y noche sin parar, llorando, con el corazón triste. Cuando tenía hambre, comía las plantas de la tierra, y cuando tenía sed bebía el agua de los ríos. Así llegó hasta el alcázar del señor Salomón. 

Encontró al jeque Nasr sentado junto a su puerta. Se acercó a él y le besó las manos. El jeque Nasr le dio la bienvenida y lo saludó. Después le preguntó: 

—¡Hijo mío! ¿Qué es lo que te ha ocurrido para volver a este lugar? Te habías ido de aquí con la señora Samsa, contento y sin preocupaciones. 

El príncipe rompió a llorar y le explicó todo lo que había hecho la señora Samsa en el momento en que despegó.

—Ella dijo ‘Si me amas ven a buscarme a la Ciudadela de las Gemas. Takni’. 

El jeque se admiró de ello y exclamó:

—¡Por Dios, hijo mío, que no sé dónde está! ¡Juro por el señor Salomón que jamás, en mi vida, he oído el nombre de esa ciudadela!

El príncipe inquirió:

—¿Qué he de hacer? Moriré de amor y pasión. 

El jeque Nasr replicó:

—Espera a que vengan los pájaros. Les preguntaremos si saben dónde está Takni, la Ciudadela de las Gemas. Tal vez alguno de ellos lo sepa

El corazón de Chansah se tranquilizó, entró en el palacio y se dirigió a la habitación donde se hallaba el estanque en que había visto a las tres muchachas. Permaneció algún tiempo con el jeque Nasr. Mientras estaba sentado como de costumbre, éste exclamó: 

—¡Hijo mío! Se aproxima la época de la llegada de los pájaros

El príncipe se alegró mucho al oír aquello. Habían transcurrido pocos días cuando las aves hicieron acto de presencia. El jeque Nasr se dirigió al joven y le dijo: 

—¡Hijo mío! ¡Apréndete estos nombres y acude a ver a los pájaros!

Las aves se fueron acercando, especie tras especie, y saludaron a Nasr. El jeque les preguntó por Takni, la Ciudadela de las Gemas. 

Contestaron: 

—¡Jamás, en nuestra vida, hemos oído hablar de ella!

Chansah rompió a llorar; suspiró y cayó desmayado. El jeque llamó a un gran pájaro y le dijo: 

—Conduce a este muchacho al país de Kabul. 

Luego le describió la región y el camino que a ella conducía. El pájaro replicó: 

—¡Oír es obedecer!

El príncipe montó en el dorso del ave y el jeque le dijo: 

—Ten cuidado y procura que el aire no te haga inclinarte, pues serías despedazado por el viento; tápate los oídos para que ni la música de las esferas celestes ni el rugido de los mares los perjudique

Aceptó los consejos de Nasr. El pájaro despegó con él, se remontó por los aires y voló con él día y noche. Luego fue a posarse junto al rey de las fieras, que se llamaba Sah Badri. El pájaro dijo al príncipe: “

—Hemos perdido el camino que conduce a tu país y que nos ha descrito el jeque Nasr. 

Se disponía a reanudar el vuelo, cuando el príncipe le dijo: 

—Vete a tus quehaceres y abandóname en esta tierra para que muera en ella o pueda regresar a mi país. 

El pájaro lo dejó ante el rey de las fieras, Sah Badri, y se fue a sus quehaceres. Éste lo interrogó diciendo: 

—¡Hijo mío! ¿Quién eres? ¿De dónde vienes con este gran pájaro? ¿Cuál es tu historia?

El príncipe se lo refirió todo desde el principio hasta el fin. El rey de las fieras se admiró de su relato y exclamó: 

—¡Juro por el señor Salomón que no conozco dicha Ciudadela, pero honraremos a todo aquel que nos dé informes, y te enviaremos a ella!

El príncipe lloró amargamente y esperó un poco hasta que el rey de las fieras, Sah Badri, se acercó para decirle: “Ven, hijo mío. Coge estas tabletas y aprende lo que contienen. Cuando lleguen las fieras, las interrogaremos sobre esa Ciudadela.

Al cabo de un rato empezaron a llegar las fieras, especie tras especie, y fueron saludando al rey Sah Badri. Éste les preguntó por la Ciudadela de las Gemas, Takni. Le contestaron todas: 

—No sabemos nada de esa Ciudadela ni hemos oído citarla. 

El príncipe rompió a llorar y a arrepentirse por no haberse marchado con el pájaro que lo había traído hasta allí desde la residencia del jeque Nasr. 

El rey de las fieras le dijo: 

—¡Hijo mío! No te apenes. Tengo un hermano mayor, el rey Simaj, que fue prisionero del rey Salomón por haberse sublevado contra éste. Él y el jeque Nasr son más viejos que cualquier genio. Tal vez sepa algo de esa ciudad, pues gobierna a los genios de este país. 

El rey de las fieras hizo montar al príncipe en el lomo de una de ellas y envió con él una carta de recomendación a su hermano. El animal empezó a correr en aquel mismo momento y avanzó durante días y noches, llevando a Chansah, hasta llegar a los dominios del rey Simaj. Entonces se detuvo en un lugar solitario, alejado de donde estaba el rey. 

El príncipe bajó del lomo del animal y siguió a pie hasta llegar ante el rey Simaj. Le besó las manos y le entregó la carta. La leyó, entendió su significado, le dio la bienvenida y le dijo:

—¡Por Dios, hijo mío! ¡No he visto ni oído hablar de esa ciudadela jamás en mi vida! Chansah empezó a llorar y a suspirar. El rey Simaj pidió: 

—Cuéntame tu historia y dime quién eres, de dónde vienes y adónde vas. 

Le explicó todo lo que le había sucedido, desde el principio hasta el fin, y el soberano quedó muy admirado. 

Le dijo: 

—¡Hijo mío! Creo que ni el mismo rey Salomón llegó a ver o a oír hablar de tal ciudadela durante su vida. Sin embargo, conozco a un ermitaño que vive en el monte. Es muy anciano. Su convento se llama “Monasterio del Diamante”. Este monje-mago hace con sus manos cosas prodigiosas. Es brujo, mago, taimado, intrigante, malvado, y se llama Yagmus. 

Es necesario que te envíe a él con un gran pájaro que tiene cuatro alas.

El rey Simaj lo hizo subir a un pájaro enorme que tenía cuatro alas, cada una de las cuales medía treinta codos hachimíes. Tenía patas parecidas a las del elefante, y volaba sólo dos veces al año. En cuanto Chansah se hubo colocado encima, el rey Simaj ordenó al animal que lo condujese ante el monje Yagmus. 

El pájaro lo sujetó en su dorso y emprendió la marcha con él, avanzando días y noches hasta llegar al Monte de las Ciudadelas y del Convento del Diamante. El príncipe se apeó al lado del convento y vio que Yagmus, el monje, estaba en el interior de la iglesia rezando. Se acercó a él, besó el suelo y permaneció erguido. 

El monje le dijo: 

—¡Bienvenido seas, hijo mío!; eres extraño en este país, y tu patria queda lejos. Cuéntame cuál es el motivo de tu venida a este lugar. 

Chansah rompió a llorar y le contó toda su historia, desde el principio hasta el fin. El monje quedó extraordinariamente admirado al oírlo, y le dijo: 

—¡Por Dios, hijo mío! Jamás en mi vida he oído hablar de esa ciudadela ni he conocido a quien de ella haya oído hablar o la haya visto, pese a que yo ya vivía en la época de Noé, el Profeta de Dios, y que desde entonces hasta que el rey Salomón, hijo de David, se hizo cargo del poder, goberné a las fieras, a los pájaros y a los genios. Creo que ni el mismo Salomón ha oído hablar de tal ciudadela. Pero ten paciencia, hijo mío, hasta que acudan los pájaros, las fieras y los genios vasallos. Los interrogaré. Tal vez alguno de ellos pueda informarnos y darnos alguna noticia. Dios (¡ensalzado sea!) te facilitará las cosas.

El príncipe permaneció algún tiempo con el monje. Mientras él estaba allí, acudieron los pájaros, las fieras y los genios en tropel. El príncipe y el monje les preguntaron por la Ciudadela de las Gemas, Takni, pero ninguno dijo: “Yo la he visto” o “Yo he oído hablar de ella”. Todos decían: “No he visto esa ciudadela ni he oído hablar de ella”. Chansah lloraba, sollozaba y suplicaba a Dios (¡ensalzado sea!).

Mientras se encontraba en esta situación, apareció un pájaro que cerraba el grupo de las aves. De color negro y recia contextura, en cuanto descendió de lo más alto de la atmósfera fue a besar la mano del monje. Éste le preguntó por Takni, la Ciudadela de las Gemas. El pájaro contestó: 

—¡Monje! Nosotros vivimos detrás del Monte Qaf, en una montaña de cristal situada en una tierra grande. Yo y mis hermanos éramos polluelos, y mi padre y mi madre salían cada día a

buscar su sustento y el nuestro. En cierta ocasión se marcharon y permanecieron ausentes siete días, durante los cuales padecimos un hambre atroz. Al octavo día regresaron llorando. Les preguntamos: ‘¿Qué es lo que ha motivado vuestra ausencia?’ Contestaron: ‘Nos ha salido al encuentro un marid, que nos ha raptado y conducido a Takni, la Ciudadela de las Gemas, para llevarnos ante el rey, Sahlán. Éste, al vernos, ha querido matarnos. Pero le hemos dicho: ‘Tenemos polluelos pequeños. ¡Sálvanos de la muerte!’ Si mi padre y mi madre estuviesen aún vivos, darían informes, sin duda, de la ciudadela.

Chansah lloró amargamente al oír estas palabras, y dijo al monje: 

—Deseo que ordenes a este pájaro que me conduzca al nido de su padre y de su madre, en el Monte de Cristal, situado detrás del Monte Qaf.

El eremita dijo al pájaro: 

—¡Oh, pájaro! Quiero que obedezcas a este muchacho en todo lo que te mande, 

—¡Oír es hacer caso de lo que tú dices! –replicó el pájaro. 

Éste hizo subir al príncipe en su dorso y remontó el vuelo. Voló sin interrupción días y noches, hasta llegar al Monte de Cristal. Descendió en él, se detuvo un rato y luego, haciéndolo subir de nuevo a su lomo, se remontó por los aires y voló durante dos días sin interrupción, hasta llegar a la tierra en la que se encontraba el nido de sus padres. Descendió en él y dijo:

—¡Chansah! Éste es el nido en que estuvimos. 

El príncipe rompió a llorar amargamente y dijo al pájaro: 

—Quiero que me lleves a la región que recorrían tu padre y tu madre para conseguiros el sustento. 

—¡Oír es obedecer, Chansah! –replicó el pájaro. 

Lo cogió, se remontó con él y cruzó los cielos durante siete noches y ocho días, hasta llegar a un monte muy elevado. Hizo descender al príncipe de su lomo y le dijo: 

—Detrás de este monte no conozco ningún país.

Chansah, vencido por el sueño, durmió en la cima de la montaña. Al despertarse vio un relámpago a lo lejos que iluminaba, con su luz, el horizonte. Este resplandor y el relámpago lo dejaron perplejo, sin darse cuenta de que se trataba de la luz de la fortaleza que él buscaba. Estaba separado de ella por una distancia de dos meses; era de jacinto rojo, y sus casas, de oro amarillo; tenía mil torres de metales preciosos que surgían del Océano de las Tinieblas, y por ello se llamaba la Ciudadela de las Gemas, Takni, puesto que estaba construida con piedras y metales preciosos. Era una gran fortaleza, su rey se llamaba Sahlán, y era el padre de las tres muchachas.

La señora Samsa al huir del lado de Chansah, corrió junto a sus padres y les explicó lo que le había ocurrido con el príncipe; les refirió su historia y los informó de que él había recorrido la Tierra y visto sus maravillas; les dijo que él la amaba y que ella le correspondía, y les contó lo que había sucedido entre ambos. El padre y la madre, al oír estas palabras, le replicaron: 

—Dios no te permite obrar así con él. 

El padre refirió el asunto a sus vasallos, los marid de los genios, y les dijo: 

—¡Aquel de vosotros que vea un hombre, que me lo traiga!

La señora Samsa informó a su madre que Chansah estaba enamorado de ella, y le dijo: 

—No hay más remedio: Él ha de venir, ya que yo, cuando remonté el vuelo desde el techo del castillo de su padre, le dije: ‘Si es que me amas, ven a buscarme a Takni, la Ciudadela de las Gemas

Chansah, al ver aquel relámpago deslumbrador, marchó en aquella dirección para ver de qué se trataba. La señora había enviado a uno de sus servidores a hacer cierto trabajo al Monte Qarmus. Mientras éste se dirigía hacia dicho lugar, vio a lo lejos un hombre. Entonces se acercó y lo saludó. Chansah se asustó ante aquel ser, pero le devolvió el saludo. 

El siervo le preguntó: 

—¿Cuál es tu nombre?

—¡Me llamo Chansah! Soy el prisionero de un hada llamada señora Samsa, pues me he prendado de su belleza y de su hermosura. La amo con locura. Pero ella ha huido de mi lado después de haberla introducido en el alcázar de mi padre.

Le refirió todo lo que le había ocurrido con ella. El príncipe, mientras hablaba al marid, lloraba. El siervo, al ver que Chansah lloraba, se apiadó de él y le dijo: 

—¡No llores! Has conseguido tu deseo. Sabe que ella te quiere muchísimo y que ha contado a su padre y a su madre que tú la amas. Todos los que viven en la ciudadela te aprecian; con que tranquilízate y deja de llorar. 

El marid lo colocó encima de sus hombros y lo condujo hasta la Ciudadela de las Gemas, Takni. Envió un mensajero al rey Sahlán, a la señora Samsa y a la madre de ésta, para informarlos de la llegada de Chansah. Cuando los mensajeros los informaron, todos se alegraron muchísimo. El rey Sahlán mandó a sus servidores que salieran al encuentro de Chansah, y él y todos sus criados, efrits y marids, acudieron a recibir al príncipe.

Cuando el rey Sahlán, padre de la señora Samsa, llegó junto a Chansah, lo abrazó. Éste besó las manos del rey, el cual mandó que diesen al príncipe un traje de Corte, de seda, de distintos colores, bordado en oro y con incrustaciones de joyas. Luego le puso una corona jamás vista por los reyes humanos, y le entregó un enorme caballo, sacado de los cuadros de los genios. 

El príncipe montó en él, y los servidores lo hicieron a su derecha y a su izquierda. Él y el rey avanzaron en el centro de un inmenso cortejo, hasta llegar a la puerta del alcázar. Entonces se apearon el rey y Chansah: se hallaban en un magnífico palacio, cuyas paredes estaban construidas con aljófares, rubíes y las gemas más preciosas. El cristal, la crisolita y las esmeraldas formaban su suelo. 

El príncipe se admiraba de todo y lloraba, mientras el rey y la madre de la señora Samsa secaban sus lágrimas y le decían: 

—Deja de llorar y no te entristezcas. Comprende que has conseguido lo que deseabas. 

Al llegar al centro del palacio salieron a recibirlo hermosas muchachas, esclavos y pajes. Lo hicieron sentar en un bello lugar y se quedaron de pie dispuestos a servirlo. El príncipe se encontraba perplejo ante la belleza de aquel sitio: las paredes se habían construido con toda clase de metales y con las más preciosas gemas. 

El rey Sahlán se dirigió a la sala del trono y ordenó a los esclavos y pajes que llevasen ante él a Chansah para sentarlo a su lado. Fueron por él y lo hicieron entrar. El rey se puso de pie y lo hizo sentar en su estrado, junto a él. A continuación llevaron las mesas, comieron y bebieron y luego se lavaron las manos. Después se presentó la madre de la señora Samsa, saludó al príncipe y le dio la bienvenida diciéndole: 

—Has conseguido tu deseo después de muchas fatigas. Puedes cerrar los ojos al insomnio. ¡Loado sea Dios que te ha salvado!

Inmediatamente después corrió al lado de su hija, la señora Samsa, y la condujo ante Chansah. Al llegar ante éste lo saludó, le besó las dos manos y bajó la cabeza, avergonzada de encontrarse ante él y ante su padre y su madre. Luego acudieron sus hermanas, aquellas que la habían acompañado al alcázar del jeque Nasr; besaron las manos del príncipe y lo saludaron. 

La madre de la señora Samsa le dijo: 

—¡Sé bien venido, hijo mío! Mi hija ha obrado mal contigo, pero no la reprendas por lo que te ha hecho, pues ha sido por lo mucho que nos quiere. 

El príncipe, al oír aquello, exhaló un grito y cayó desmayado. El rey se admiró de lo que ocurría. Le rociaron la cara con agua de rosas, mezclada con almizcle y algalia. Volvió en sí, miró a la señora Samsa y exclamó: 

—¡Loado sea  Dios que me ha hecho conseguir mi deseo, que ha apagado mi fuego hasta el punto de no quedar rescoldos en mi corazón!

La señora Samsa le dijo: 

—Te has salvado del fuego, Chansah. Pero ahora querría que me contases qué es lo que te

ha ocurrido después de mi marcha. ¿Cómo has conseguido llegar hasta aquí a pesar de que la mayoría de los genios no conocen la Ciudadela de las Gemas, Takni? Nosotros no reconocemos a ningún rey, y nadie conoce ni ha oído hablar del camino que conduce a este lugar. 

El príncipe le explicó todo lo que le había ocurrido y cómo había conseguido llegar. Le refirió lo sucedido entre su padre y el rey Kafid, y lo mucho que había sufrido en el camino, los peligros y los prodigios que había visto. Y añadió: 

—Todo esto ha sido por tu causa, señora Samsa.

La madre le contestó: 

—Has conseguido tu deseo, y la señora Samsa es una esclava que te regalamos. 

Al oír esto, el príncipe se alegró mucho.

La reina siguió: 

—Si Dios (¡ensalzado sea!) quiere, el próximo mes celebraremos las fiestas de vuestra boda. Después te marcharás a tu país y te daremos mil marid, de los que son nuestros servidores. Si concedes permiso, al más insignificante de ellos, para que mate al rey Kafid y a sus gentes, lo hará en un abrir y cerrar de ojos. Cada año te mandaremos más gente; bastará con que ordenes a uno de ellos que aniquile a todos tus enemigos, para que así lo haga. Un solo marid aniquilará a todos tus enemigos desde el primero hasta el último.

Luego, el rey Sahlán se sentó en el trono y mandó a los grandes del reino que preparasen una gran fiesta y engalanasen la ciudad durante siete días, con sus noches. 

Contestaron que le iban a obedecer y se marcharon al momento para iniciar los preparativos de las fiestas. Éstas duraron dos meses, al cabo de los cuales se celebró la solemne boda de la señora Samsa con el príncipe. Resultaron unas fiestas como nunca se habían visto otras semejantes. Luego condujeron a Chansah hasta la señora Samsa. Vivió con ella durante dos años en la más feliz y regalada de las vidas, comiendo y bebiendo. 

Luego dijo a la señora Samsa: 

—Tu padre prometió enviarme a mi país, siempre y cuando permanezcamos un año allí y otro aquí. 

—¡Oír es obedecer! –replicó su mujer. 

Al caer la tarde, la joven fue a ver a su padre y le recordó lo que le había dicho Chansah. El rey lo aprobó: 

—¡De acuerdo! Mas espera hasta principios de mes, para que preparemos vuestros servidores. 

La joven refirió al príncipe lo que le había dicho su padre, y aquél esperó el plazo fijado. Cuando se cumplió éste, el rey Sahlán permitió a sus vasallos que se marchasen y sirviesen a la señora Samsa y Chansah hasta llegar al país de éste. 

Uno de los vasallos conocía el país de Kabul, y al verlo mandó que descendiesen en la gran ciudad que se encontraba en él. Era la capital del rey Tigmus, y en ella descendieron llevando a Chansah y a la señora Samsa.

El rey Tigmus había sido derrotado por sus enemigos, y tuvo que huir para refugiarse en su capital, donde quedó estrechamente cercado por el rey Kafid. Había pedido la paz a éste, pero no la había conseguido. 

La señora Samsa, el príncipe, las esclavas y los mamelucos se apearon. Se dieron cuenta de que los habitantes de la ciudad sufrían un terrible asedio y pasaban grandes penalidades. 

El príncipe dijo a la señora Samsa: 

—¡Amada de mi corazón! ¡Mira en qué circunstancias se encuentra mi padre!

Cuando la princesa vio el lamentable estado en que se encontraban su padre y sus súbditos, dijo a los servidores que atacasen

violentamente al ejército de los sitiadores y que los matasen. 

Y añadió: 

—¡Que no quede ni uno solo!

El príncipe mandó a uno de los vasallos, muy fuerte, llamado Qaratas, que le trajese, encadenado, al rey Kafid. Atacaron al rey Kafid y a sus tropas y los aniquilaron. Unos siervos cogían ocho o diez hombres de los que iban montados en los elefantes, remontaban el vuelo por los aires con ellos y los dejaban caer: quedaban despedazados en el aire. Otros destrozaban las tropas con mazas de hierro. El siervo llamado Qaratas se dirigió en un instante a la tienda del rey Kafid, atacó a éste mientras estaba sentado en el lecho, lo raptó y se remontó con él por los aires. El prisionero chillaba de miedo. Voló sin descanso hasta depositarlo en la plataforma, delante del príncipe. Éste mandó a cuatro vasallos que levantasen la plataforma y la tuviesen suspendida en el aire. 

El rey Kafid apenas había tenido tiempo de abrir los ojos cuando se vio suspendido entre el cielo y la tierra. Empezó a abofetearse la cara y a admirarse de lo que le ocurría. La batalla duró dos días, y los vasallos exterminaron hasta el último enemigo.

El rey Tigmus poco faltó para que muriese de alegría al ver a su hijo. Lanzó un grito penetrante y cayó desmayado. Le rociaron el rostro con agua de rosas. Al volver en sí se abrazaron padre e hijo y lloraron copiosamente. 

El rey abrió las puertas de la ciudad, envió mensajeros a todas las comarcas y éstos difundieron en ellas las buenas noticias. Empezaron a llegar presentes y regalos; los emires, las tropas y los príncipes de las distintas regiones acudieron a saludarlo y a felicitarlo por la victoria y por la salvación de su hijo. Este estado de cosas duró cierto tiempo: las gentes acudían a verlo llevando regalos y grandes presentes. Después, el rey mandó que se celebrase por segunda vez la boda solemne de la señora Samsa, ordenó que se engalanase la ciudad, y la esposa fue conducida ante Chansah vistiendo preciosos trajes y joyas. 

El príncipe consumó el matrimonio y regaló a su esposa cien hermosas esclavas para su servicio. Al cabo de algunos días, la señora Samsa fue a visitar al rey Tigmus e intercedió por el rey Kafid. 

Le dijo: 

—Ponlo en libertad para que pueda volver a su país. Si te causa algún daño, mandaré a uno de mis vasallos que lo rapte y te lo traiga. 

—Oír es obedecer –replicó el rey. 

Mandó a Simwal que condujese al rey Kafid ante él. Llegó con cadenas y grillos y besó el suelo ante Tigmus. Éste ordenó que le quitasen los grillos y así lo hicieron. A continuación le

hizo montar en un caballo malformado y le dijo: 

—La reina Samsa ha intercedido por ti. ¡Vete a tu país! Si vuelves a atacarme, ella ordenará a uno de sus vasallos que te traiga aquí de nuevo. 

El rey Kafid volvió a su país en el peor de los estados y Chansah, su padre y la señora Samsa, vivieron en la más dulce, feliz y agradable vida, en la alegría más completa.




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