La promesa

La promesa

La promesa

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

El río se había salido de cauce durante la noche y el pueblo amaneció cubierto de barro. No fue una crecida lenta ni anunciada, fue una irrupción brutal, inesperada, que no dio tiempo a nada. Las casas parecían abiertas a la fuerza, con las paredes vencidas, los muebles desparramados donde el agua y el barro los habían dejado. 

Algunos árboles habían sido arrancados de raíz y depositados en cualquier parte, como si el suelo los hubiera escupido. El aire estaba espeso, cargado de humedad y de un silencio extraño, un silencio que no era calma sino shock, como si todo hubiera quedado suspendido después del golpe.

Tomás caminaba entre los restos con los zapatos empapados, sintiendo el barro frío y mojado colarse en cada paso; eso lo hacía estremecer, o tal vez era la desolación que había a su alrededor lo que le provocaba ese escalofrío que lo recorría por completo.

Regresaba de la mina y estaba exhausto, pero eso fue cambiando a medida que se acercaba al pueblo: al ver lo que el río había dejado, el cansancio se fue convirtiendo en horror. 

En silencio, avanzó sin detenerse, con una dirección clara. Buscaba algo que todavía no sabía cómo nombrar, algo que aún no lograba poner en palabras. Trabajaba de noche y su hija pequeña quedaba sola en la casa, y a medida que se acercaba, su corazón se iba deteniendo lentamente al notar que la casa ya no estaba: no estaba caída ni inclinada, como otras que había visto al pasar; simplemente estaba ausente. El río la había devorado y había dejado un espacio, como si su hogar nunca hubiese existido.

Le hablaron varias voces lejanas; le dijeron que se fuera, que era peligroso, que el terreno seguía cediendo bajo la capa de barro fresco, que no se podía hacer nada hasta que llegaran las máquinas, los equipos, los protocolos. Le hablaron de tiempos, de procedimientos, de seguridad.

Tomás escuchó todo sin discutir, sin asentir, sin responder. No había enojo en él, ni tampoco desesperación visible, solo una quietud tensa, una decisión que ya estaba tomada y no necesitaba defensa.

Miró hacia atrás: su casa era una de las más cercanas al río y toda esa hilera de viviendas había desaparecido bajo el barro. Uno de sus vecinos lo llamó y le dijo que había visto a la niña correr hacia el puente, hacia la zona más alta, aunque no estaba seguro de que lo hubiera logrado. Tomás miró hacia arriba. Cruzando el puente estaba la casa de sus padres. Respiró hondo y corrió como pudo, enterrándose en el barro hasta más arriba de los tobillos.

La casa de sus padres se había venido abajo. El techo se había desplomado y Tomás se detuvo en lo que antes había sido el patio; empezó a remover maderas, muebles, ramas y otras porquerías que el barro había traído de quién sabe dónde. Con las manos desnudas, agotadas tras una noche de trabajo duro y sin descanso, comenzó a quitar también trozos del techo.

El sol había salido como para aliviar la tristeza, pero el barro seguía frío, pesado, hostil. Cada movimiento era torpe y lento, casi ridículo a los ojos de los demás, que también removían cosas, intentando rescatar restos de sus hogares. Pero Tomás iba más allá.

Una vocecita muy suave surgió de debajo de las tablas. Al principio no estuvo seguro de si su desesperación le estaba jugando una broma, pero reunió fuerzas y siguió moviendo el techo por partes.

Un vecino intentó detenerlo, le puso una mano en el hombro y le habló con voz baja, como si así pudiera hacerlo entrar en razón. Tomás no desistió: siguió quitando el techo y, aunque lo que iba apareciendo debajo era escalofriante, no pensó en detenerse; esa idea no cabía en su cabeza. 

El barro había alcanzado la casa y sacudido los pilares que la mantenían elevada del suelo. Las paredes habían cedido y, después, el techo se había desplomado. Sin embargo, lo más aterrador llegó al ver que, bajo el techo, el propio piso había colapsado.

Respiró hondo. Ya no oía la vocecita, pero dentro de él sí la escuchaba: a su pequeña diciendo que tenía miedo de quedarse sola en la noche, y a él prometiéndole que nada le pasaría, que no dejaría que nada le pasara.

Esa palabra había dado paz a su hija. Ella confió en él, y eso había convertido aquella frase de consuelo, dicha casi al pasar, en una promesa formal. Para él era un juramento que pesaba como una deuda; no era una frase para tranquilizar a una niña, sino una promesa que debía cumplir: nada le pasaría, eso había dicho.

Mientras miraba el barro que parecía haber devorado el piso de la casa de sus padres, respiró hondo y llamó a su pequeña. Fue una exhalación cargada de toda la desolación que estaba sintiendo.

—¡Pa! —respondió la niña.

Tomás abrió los ojos. Su hija estaba ahí; lo había escuchado. Sonrió mientras hundía las manos en el lodo frío.

—Yo les dije a los abuelos que tú no dejarías que nada malo nos pasara.

Tomás quiso responder, pero la emoción lo ahogaba. Tenía el brazo enterrado en el barro hasta el codo cuando tocó la madera del suelo; las manos entumecidas, aun así, logró remover el tablón que, al colapsar, había formado una especie de refugio para los ancianos y la niña.

Cuando sacó a su hija, la apretó contra el pecho sin decir una palabra, cubriéndola del frío, del ruido, del mundo entero. Ella sonrió y le dijo que a la abuela le dolía la pierna, y que ella le había contado alguno de los cuentos que él solía contarle.

Cuando por fin llegaron los rescatistas, Tomás ya estaba sentado en el suelo, cubierto de barro de pies a cabeza, con su hija dormida contra el pecho. Sus padres estaban junto a ellos y todos se sorprendían de la tranquilidad de la niña.

Alguien comentó que había tenido suerte. Tomás no respondió. Sabía que no había sido suerte, sino algo más simple y más difícil que cualquier heroicidad: cumplir su palabra.

Autor: Benicio de Seeonee

Únete a la comunidad de Afectos.org

Si estos contenidos te acompañan, puedes unirte a nuestra comunidad para recibir nuevos textos, reflexiones y materiales que seguimos creando cada semana.

Benicio
Últimas entradas de Benicio (ver todo)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *



Descubre más desde Afectos

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Afectos
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.