La carta no leída de Benicio de Seeonee

La carta no leída de Benicio de Seeonee

La carta no leída

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Volvió a la casa de su madre después de muchos años trabajando afuera. 

Había tenido una próspera carrera y logros que jamás había llegado a siquiera a imaginar. No obstante, en lugar de regresar triunfante y airoso, lo hizo con una especie de cansancio hondo, difícil de ubicar. El viaje había sido casi tan largo como la ausencia. Pero a medida que se acercaba su mundo iba acomodándose a sus recuerdos. 

Su madre lo recibió con emoción. Habían pasado tantos años. Y aún si él enviaba dinero y estaba en comunicación permanente con ella, tenerlo de vuelta era para esa madre un regalo del cielo. La conversación con ella fue absolutamente previsible. Le hablaba de vecinos que ya no estaban, de hijos que se habían ido, de otros que habían vuelto derrotados, de reformas mínimas en un barrio que, pese a todo, seguía siendo el mismo. Él asentía, escuchaba a medias. 

La casa le producía una sensación extraña: los muebles seguían en el mismo lugar, el reloj del comedor marcaba el tiempo con idéntica parsimonia, el olor era el mismo de su adolescencia. Todo parecía detenido, como si el tiempo no hubiera pasado en su ausencia, mientras afuera el mundo había cambiado de forma irreversible.

Solo el rostro ajado de su madre le decía sin tapujos lo mucho que se había perdido. Se sentó en la cocina, con una taza entre las manos, y dejó que su madre siguiera hablando. Fue entonces cuando, casi al pasar, ella mencionó su nombre. Lo dijo sin solemnidad, como quien menciona un dato ya asumido por todos. Dijo que había muerto hacía algunos años. Que había sido repentino. Que al final estuvo sola. 

Él no reaccionó de inmediato. La frase tardó en acomodarse dentro suyo, como si no encontrara un lugar lógico donde caer. Repitió el nombre en silencio, y recién entonces comenzó a recordarla: la forma en que caminaba, la risa contenida, la atención que ponía cuando alguien hablaba. Recordó la fascinación silenciosa que había sentido por ella en su adolescencia, esa mezcla de admiración y temor que nunca se animó a nombrar.

Una vez más sentía en su pecho la frustración que había sentido en aquel entonces, por no ser digno de acercarse a esa bella joven, que era en todo lo que hacía la mejor. Todos la admiraban y los chicos querían su atención. Pero ella a todos rechazaba. Incluso rechazó al chico más popular, el más atractivo y el mejor alumno. Recordó cómo latía su corazón cada vez que la veía o ella se acercaba. No pudo evitar ese pellizco que se anudó en su pecho al saber que había muerto.

La madre siguió hablando, ahora con un tono más reflexivo. Dijo que ella había trabajado durante años para la iglesia, ayudando, organizando, sosteniendo a otros. Que después de la muerte de sus padres se había quedado sola en la casa familiar. Que nadie entendía por qué no se había casado, por qué no había formado una familia, siendo tan querida, tan respetada, tan presente en la vida de los demás. 

¿Sola? pensó él. ¿Cómo sería posible? Ella no solo era una bella persona, era también una mujer tan hermosa, que se le hacía difícil pensar que no se hubiera casado, que no hubiera tenido una familia. Escuchaba a su madre con una incomodidad creciente, como si cada palabra agregara peso a algo que todavía no lograba identificar. Hasta que, sin poder evitarlo, le preguntó por qué nunca le había dicho nada. Por qué no lo había llamado, por qué no le había escrito.

La mujer lo miró con sorpresa genuina. Le dijo que había creído que él estaba enojado con ella. Él no comprendía. La madre le recordó que el día en que salió hacia la entrevista en la multinacional ella le dio una carta que la joven le había enviado y que él le había dicho que no tenía tiempo para cartitas. Luego, regresó con la novedad de que había sido aceptado, y la carta desapareció de escena.  

Él negó con la cabeza. No recordaba nada de eso. La idea le resultaba absurda. Preguntó qué carta. La madre le dijo que la muchacha la había traído poco antes que él despertara. El hombre preguntó qué decía, y su madre encogió los hombros y dijo que no lo sabía, que era para él, no para ella. Que la había dejado en su habitación. Que si no se había deshecho de ella entonces, debería seguir ahí.

Casi sin darse cuenta se puso de pie. Subió la escalera con una lentitud que sugería que no quería llegar a destino. Cada escalón parecía cargar años. Entró en su antigua habitación y la encontró casi intacta. Abrió un cajón que no había tocado en décadas y removió las cosas. Allí, en el fondo, debajo de otras porquerías que ya ni sabía lo que eran, estaba el sobre, amarillento, con su nombre escrito de una manera inconfundible. Se sentó en la cama y leyó. Ella le hablaba de su amor, de sus ilusiones. Le decía que estaba orgullosa de él, que sabía que ese trabajo era importante, que le deseaba lo mejor y que siempre lo iba a estar esperando, con paciencia y con cariño. 

Cuando terminó de leer, se quedó sentado, con la carta apoyada sobre las piernas y su mente en un blanco casi insoportable.

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Autor: Benicio de Seeonee


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