Historia de los monjes convertidos al islamismo

Historia de los monjes convertidos al islamismo
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Historia de los monjes convertidos al islamismo

Relato extraído de
Las mil y una Noches 

Abu Bakr b. Muhammad al-Anbarí refiere: «En uno de mis viajes salí de Anbar dirigiéndome a Amuriy ya en el territorio de los griegos. En el camino me aposenté en el Monasterio de las Luces, que se encontraba en un pueblo cercano de Amuriy y a. El prior del monasterio y jefe de los monjes salió a recibirme. Se llamaba Abd al-Masih. Me hizo entrar en el convento y vi que lo habitaban cuarenta monjes. Aquella noche me honraron con la mejor hospitalidad. 

Al día siguiente me marché: les había visto cumplir sus deberes religiosos con una devoción inigualable. Terminados mis asuntos en Amuriy ya regresé a Anbar. Al año siguiente emprendí la peregrinación a la Meca. Mientras yo daba las vueltas rituales en torno del templo descubrí al monje, a Abd al-Masih que, acompañado por cinco frailes de su convento, también las daba. Al convencerme de que era él en persona me acerqué y le dije:

– ¿Eres tú el monje Abd al-Masih?

– ¡No! Yo soy Abd Allah, el deseoso. – Yo empecé a besarle las canas, llorando, y después

le cogí la mano y me lo llevé a un lado del templo diciéndole: 

– ¡Cuéntame el motivo que te ha hecho convertirte! – Me contestó: 

– Ha sido un gran prodigio: un grupo de ascetas musulmanes pasó por el pueblo en que está el convento. Mandaron a un joven que les fuese a comprar la comida. Éste encontró en el zoco a una joven cristiana que vendía el pan; era una de las mujeres más hermosas. El muchacho se enamoró de ella en cuanto la vio y cayó de bruces, desmayado. Al volver en sí regresó al lado de sus compañeros y les explicó lo que le había ocurrido. Añadió: ‘¡Seguid vuestra vía, pues yo ya no os acompaño!’ Sus amigos le reprendieron y le exhortaron, pero no les hizo caso. Le abandonaron. El muchacho entró en la aldea y se sentó en la puerta de la tienda de aquella mujer. Ésta le preguntó qué deseaba y él le explicó que estaba enamorado de ella. La joven no le tomó en serio y el muchacho permaneció en el mismo sitio, sin probar bocado, durante tres días, mirándola constantemente a la cara. La muchacha, al ver que no se iba, fue en busca de sus familiares y les explicó lo que ocurría. Apalearon y lapidaron al joven; le rompieron las costillas y le partieron la cabeza sin conseguir que se marchase. Entonces, los habitantes del pueblo decidieron matarle. Uno de ellos vino a buscarme y me informó de lo que ocurría. Corrí al lado del joven y le encontré tumbado: limpié la sangre que le corría por el rostro, me lo llevé al convento y le curé las heridas. Permaneció a mi lado durante catorce días. Cuando pudo andar salió del convento y fue corriendo a la puerta de la joven, se sentó y empezó a mirarla. Ésta, al verle, se acercó a él y le dijo: 

– ¡Por Dios! Me he apiadado de ti. ¿Quieres entrar en mi religión? Yo me casaré contigo.

– ¡Dios me guarde de abandonar la religión de la unidad para entrar en la del politeísmo!

– Pues acompáñame, ven a mi casa, satisface en mí tu deseo y vete.

– ¡No! No quiero perder doce años de ascetismo por el goce de un solo instante.

– ¡Pues entonces, vete!

– Mi corazón no me lo permite.

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La joven le volvió la espalda. Al cabo de un rato se acercaron a él los mozos del pueblo, le lapidaron y cayó de bruces murmurando: ‘¡Dios es mi protector! ¡Él ha hecho descender el Corán! ¡Él protege a los píos!’ Yo salí del convento, hice que los mozos le soltasen, levanté su cabeza del suelo y le oí decir: ‘¡Dios mío! ¡Reúneme con ella en el Paraíso!’ Le transporté al monasterio, pero murió antes de llegar. Lo saqué del pueblo, cavé una fosa y lo sepulté. Mediada la noche, aquella mujer, que estaba en la cama, dio un grito.

Toda la familia corrió a su lado y la interrogó por lo que le había ocurrido. Ella refirió: ‘Mientras dormía ha entrado el musulmán. Me ha cogido por la mano y me ha conducido al Paraíso. Al llegar ante la puerta el guardián me ha prohibido que entrase diciendo: ‘¡El Paraíso está prohibido a los infieles!’ Yo me he convertido en sus manos y he cruzado la puerta con el joven. He contemplado palacios y árboles que no os puedo describir. Él me ha conducido a un alcázar de pedrería y me ha dicho: ‘Ésta es nuestra morada. Yo no entraré más que contigo. Dentro de cinco días, si Dios (¡ensalzado sea!) quiere, estarás a mi lado’. Después alargó la mano a un árbol que estaba junto a la puerta de dicho alcázar, arrancó dos manzanas y me las dio diciendo: ‘Come ésta y guarda esta otra para mostrarla a los monjes’. Comí una: jamás he probado nada mejor. Luego, tomándome de la mano me ha acompañado hasta casa. Al despertarme he notado que mi boca aún conservaba el sabor de la manzana y me he dado cuenta de que tenía la otra.

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La joven mostró una manzana que resplandecía en medio de las tinieblas nocturnas como si fuese una perla. Trasladaron a la joven y a la manzana al convento: nos narró su sueño y nos ofreció la manzana: jamás habíamos visto ningún fruto de este mundo que pudiera comparársele. Cogí un cuchillo y la corté en tantos pedazos como monjes éramos. Nunca habíamos comido nada más dulce ni de aroma más exquisito. Dijimos: ‘Tal vez ése haya sido un demonio que se le ha aparecido para apartarla de su religión’. Sus familiares la recogieron y se la llevaron. Desde aquel momento la joven se abstuvo de comer y de beber. Cinco noches después se levantó de la cama, salió de su casa y se dirigió a la tumba del musulmán: se arrojó encima de ella y expiró sin que sus familiares sospecharan nada de lo que ocurría. 

Al amanecer llegaron al pueblo dos ancianos musulmanes vestidos con trajes de pelo acompañados por dos mujeres. Dijeron: ‘¡Habitantes de este pueblo! ¡Por Dios! (¡ensalzado sea!). Ha muerto aquí una santa musulmana y a nosotros nos incumbe, y no a vosotros, ocuparnos de ella’. Los villanos buscaron a la muchacha y la hallaron muerta encima de la tumba. Exclamaron: ‘¡Ésta es una de nuestras correligionarias que ha muerto en nuestra religión! ¡Nosotros la enterraremos!’ Los dos jeques replicaron: ‘¡No! Ella ha muerto dentro del Islam y a nosotros nos corresponde el cuidar de sus honras fúnebres’. La discusión y la querella subió de tono, por lo que uno de los jeques dijo: ‘He aquí la prueba de que se ha convertido al Islam: reunid a los cuarenta monjes del convento para que intenten separarla de esa tumba: si pueden levantarla del suelo, eso será indicio de que es cristiana; si no lo consiguen, se acercará uno de nosotros y la levantará; si puede hacerlo será indicio de que es musulmana’. 

Los lugareños aceptaron esta proposición, reunieron a los cuarenta monjes y ayudándose los unos a los otros intentaron levantarla sin conseguirlo; entonces le ataron un

calabrote a la cintura y tiraron de él sin más resultado que el de romperlo sin lograr que se moviese. Los lugareños se acercaron y repitieron la misma operación sin conseguir arrancarla de su sitio. Cuando vieron que eran incapaces de llevársela a pesar de todos sus esfuerzos dijeron a uno de los dos jeques: ‘¡Acércate y cógela!’ Se acercó, la envolvió en su manto y dijo: ‘¡En el nombre de Dios, el Clemente, el Misericordioso! ¡Por la fe del Enviado de Dios! (¡Él le bendiga y le salve!)’. La levantó hasta su pecho y los musulmanes se marcharon con ella a una gruta que estaba en las cercanías. La depositaron en ella y las dos mujeres la lavaron y la amortajaron. Luego los dos jeques rezaron sobre el cadáver y la enterraron junto a la tumba del joven. Después se marcharon. 

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Todos nosotros habíamos presenciado este hecho. Al quedarnos a solas dijimos: ‘La verdad es más digna de ser seguida. La verdad se nos ha mostrado clara y patentemente. No podemos tener una prueba más tajante de la verdad del islamismo que esa que hemos visto con nuestros propios ojos’. 

A continuación yo, todos los monjes del convento y todos los habitantes del pueblo nos convertimos al Islam. A continuación pedimos a los habitantes de la Chazira que nos enviasen un alfaquí para que nos instruyera en los preceptos del Islam y en los dogmas de su religión. 

Vino un piadoso doctor que nos enseñó las prácticas y los dogmas del Islam y hoy todos nosotros nos encontramos en un gran bienestar. ¡Alabado sea Dios! ¡Démosle las Gracias!”»




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