HISTORIA DE JALID B. ABD ALLAH AL-QASRI Y EL JOVEN LADRÓN

HISTORIA DE JALID B. ABD ALLAH AL-QASRI Y EL JOVEN LADRÓN
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HISTORIA DE JALID B. ABD ALLAH AL-QASRI Y EL JOVEN LADRÓN

Este es uno de los cuentos 
de Las Mil y una Noches

Se cuenta que cuando Jalid b. Abd Allah al-Qasri era gobernador de Basora, acudió a él un grupo de personas que llevaban a un joven hermoso, bello, educado, de buen aspecto, muy inteligente, bien vestido, perfumado, tranquilo y digno. Se lo presentaron a Jalid, y éste les preguntó qué ocurría, a lo que ellos respondieron: 

– Es un ladrón. Lo sorprendimos ayer por la noche en nuestra casa – . Jalid lo contempló, le gustó su aspecto y lo limpio que estaba, y ordenó: 

– ¡Soltadlo! – Luego se acercó a él y le preguntó por su vida. Él replicó: 

– Esa gente dice la verdad, y ha ocurrido lo que afirman – . Jalid interrogó: 

– ¿Y qué te ha movido a hacer esto, siendo una persona de buen aspecto y estando bien vestido?

– Me ha impulsado el deseo de poseer los bienes de este mundo, y la voluntad de Dios (¡glorificado y ensalzado sea!)

– ¡Ojalá tu madre te hubiese perdido! La belleza de tu rostro, tu buen entendimiento, tu perfecta educación, ¿no han podido frenar tus deseos?

– No me preguntes más, Emir, y cumple lo que Dios (¡ensalzado sea!) manda para estos casos. Lo que reciba, lo habré ganado con mis manos. Dios no es injusto con sus siervos. – Jalid calló un momento y meditó en el caso del muchacho. Se acercó a él y le dijo: 

– Me confunde tu confesión en presencia de testigos. Yo no creo que seas un ladrón. Debes tener otras razones, pero no precisamente de hurto. ¡Cuéntamelas!

– ¡Oh, Emir! No te empeñes en pensar en algo distinto a lo que he declarado. No tengo nada que contar, salvo que entré en la casa de ésos, robé lo que pude, me sorprendieron, me detuvieron y me han traído ante ti. 

Jalid lo mandó a la cárcel y ordenó que el pregonero anunciase por Basora: “Los que quieran ver el castigo de fulano, el ladrón, y cómo le cortan la mano, que acudan mañana a tal sitio”.

Al quedar el joven en la prisión con los grillos en los pies, suspiró, lloró abundantemente y recitó estos versos:

Jalid me ha amenazado con cortarme la mano 

si no le refiero lo que me ha sucedido con ella.

He contestado: « ¡No seré yo quien cuente el amor que siente mi corazón!»

El tener la mano cortada por lo que he declarado, 

es más soportable para mí que el deshonrarla.

Los carceleros, que lo habían oído, se lo contaron a Jalid. Éste, al hacerse de noche, mandó que le llevasen al preso. Lo interrogó y pudo comprobar que era muy inteligente, culto, instruido y de buen corazón. Mandó servir la cena y comieron. Habló un rato con él, y después le dijo: 

– Me he enterado de que tienes una historia distinta de la del hurto. Por la mañana acudirán las gentes, y el cadí te interrogará sobre el robo. Niégalo, y declara cuanto pueda evitar que te corten la mano. El Enviado de Dios (¡Él lo bendiga y lo salve!) ha dicho: “En los casos dudosos, evitad las penas establecidas”. – Luego lo volvió a mandar a la cárcel, el joven pasó en ella la noche.

Por la mañana acudieron las gentes para ver cómo cortaban la mano del joven; no quedó en toda Basora mujer ni hombre que dejase de acudir a ver el castigo de aquel joven. Jalid, las personas principales de Basora y otros, montaron a caballo; fueron convocados los jueces y se hizo comparecer al joven. Éste se presentó encadenado. Todos cuantos lo veían lloraban por él. Las mujeres prorrumpían en gritos fúnebres. El cadí mandó que callasen y dijo al muchacho: 

– Esa gente asegura que tú entraste en su casa y les robaste. Quizás hayas robado cosas sin valor, que no constituyan delito. 

– No; he robado más de la cuenta.

– Pero a lo mejor eres copropietario de algunas de las cosas.

– No; todo les pertenecía, y yo no tenía derecho alguno sobre ello. 

Jalid, enfurecido, se dirigió hacia el joven y le dio un latigazo con la fusta, mientras recitaba:

– El hombre quiere obtener su deseo, pero Dios sólo concede lo que a Él le place.

Mandaron al verdugo que le cortase la mano. Éste sacó el cuchillo, el muchacho alargó el brazo, y el verdugo puso encima el arma. Entonces, de entre las mujeres arrancó a correr, gritando, una muchacha con los vestidos sucios; se arrojó encima del muchacho, se quitó el velo y apareció una luna. La gente se alborotó, y poco faltó para que estallase un tumulto. La muchacha gritó con su voz más fuerte: 

–  Te conjuro en nombre de Dios, Emir, a que no decidas que le corten la mano antes de leer este memorial. – Le entregó un papel. Jalid lo abrió y lo leyó. 

¡Jalid! Ése es un loco, un esclavo del amor; 

mis ojos lo han herido con los arcos de las cejas.

Lo hirió una flecha de mi mirada, porque es esclavo de la pasión, 

porque es incapaz de curarse de su daño.

Ha confesado lo que no ha hecho, 

pues cree que eso es mejor que deshonrar a la amada.

No castigues al afligido amante, 

que es el más generoso de los hombres y no un ladrón.

Jalid al leer los versos se retiró, se apartó de la gente y ordenó que se acercara la mujer. La interrogó, y ésta le explicó que aquel joven estaba enamorado de ella, y que ella le correspondía. Quiso visitarla y fue a casa de sus padres; tiró una piedra para advertirle de su llegada, mas el padre y sus hermanos oyeron el ruido del golpe y salieron a su encuentro. Él, al oír que llegaban, recogió toda la ropa de la habitación para hacerles creer que se trataba de un ladrón y salvar la honra de su amada. Entonces lo detuvieron, exclamando: “¡Éste es un ladrón!” , y lo trajeron a tu presencia. Él ha confesado el robo y se ha ratificado en la confesión para no deshonrarme. Por eso se ha declarado autor del robo, por su extrema nobleza y generosidad. Jalid exclamó: 

– ¡Es digno de obtener lo que desea! – Mandó llamar al joven, lo besó entre los ojos e hizo comparecer al padre de la muchacha: – ¡Anciano! Estábamos dispuestos a castigar a este joven cortándole la mano, pero Dios, Todopoderoso y Excelso, lo ha salvado de esta pena, y yo he ordenado que le entreguen diez mil dirhemes, porque él daba su mano para salvar tu honor y el de tu hija, para preservaros de la afrenta. He mandado dar a tu hija otros diez mil dirhemes por haberme dicho la verdad, y ahora te pido me permitas que la case con él. – El anciano contestó: 

– ¡Te concedo el permiso, Emir!

Jalid dio gracias a Dios, lo alabó y pronunció un hermoso sermón, le dijo al muchacho: 

– Te caso con la joven aquí presente, con su permiso y con su consentimiento, así como con la conformidad de su padre, y le asigno como dote estos diez mil dirhemes –. El joven dijo: 

– Acepto este matrimonio – A continuación, Jalid mandó llevar el dinero a la casa del joven, en vasos que figuraban en el cortejo nupcial.

La gente se dispersó, satisfecha de lo que había visto en aquel día extraordinario, que había empezado con llantos y penas y terminaba con alegría y fiesta.

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