HISTORIA DE ALADINO Y LA LÁMPARA MARAVILLOSA
Extraído del libro
Las mil y una Noches
En una ciudad de China vivía un pobre sastre. Tenía un hijo, llamado Aladino, el cual, desde pequeño, fue un pilluelo y un tunante. Al cumplir los diez años, su padre quiso enseñarle un oficio, pero como era pobre y no podía gastar dinero para hacerlo instruir en un arte, carrera o profesión, lo llevó a su tienda para enseñarle el oficio de sastre. Mas como el muchacho era un tunante, que únicamente estaba acostumbrado a jugar con los muchachos del barrio, tan pronto como se sentaba en la tienda, esperaba que su padre saliese de ella con cualquier motivo o para ver a un cliente; entonces Aladino corría a los jardines a reunirse con los demás granujillas de su edad. Ésta era su conducta.
El padre cayó enfermo a consecuencia del dolor y la pena que le causaban las picardías de su hijo, y murió. Y Aladino siguió comportándose de la misma manera. Su madre, entonces, al ver que su hijo era un pillastre que nunca serviría de nada, vendió la tienda y todo lo que contenía y se dedicó a hilar algodón, a fin de mantenerse ella y al pillo de su hijo Aladino. Éste, tan pronto como se vio libre de la rígida tutela del padre, se hizo más fresco y granuja, y acudía a su casa únicamente a las horas de comer. La pobre y desdichada madre vivió de lo que sus manos hilaban hasta que Aladino cumplió los quince años.
Cierto día en que el muchacho estaba sentado en el barrio jugando con los amigotes, se acercó un derviche magrebí y se detuvo a contemplar con interés a Aladino, sin preocuparse de sus compañeros. El derviche procedía de los países más remotos de Occidente, y era un mago capaz, con sus artes, de colocar una montaña encima de otra, era astrólogo. Cuando hubo observado a Aladino a su sabor, se dijo: «Este muchacho es el que me interesa. He salido de mi país en su búsqueda».
Llevó aparte a uno de los muchachos y lo interrogó acerca de Aladino: de quién era hijo, y de todas las circunstancias que a él se referían. Luego se acercó a él, se lo llevó aparte y le dijo:
—¡Hijo mío! ¿Eres tú hijo de fulano, el sastre?
—Sí, señor mío. Pero mi padre hace tiempo que murió.
El magrebí, al oír esto, abrazó a Aladino, lo besó, y un mar de lágrimas rodó por sus mejillas. El muchacho se quedó admirado al ver lo que le sucedía al magrebí, y le preguntó:
—¿Qué te hace llorar, señor mío? ¿Dónde conociste a mi padre?
El extranjero, con voz triste y entrecortada, exclamó:
—¡Hijo mío! ¿Cómo me haces tal pregunta después de haberme dicho que tu padre, mi hermano, ha muerto? Porque tu padre era mi hermano. Yo iba de regreso a mi país, después de una larga ausencia, contento porque tenía la esperanza de verlo y hallar consuelo a su lado, y tú me acabas de decir que ha muerto. Pero la sangre no me engaña. Tú eres el hijo de mi hermano, y yo te habría reconocido entre todos los muchachos, aunque tu padre, cuando yo me marché, aún no se había casado. Ahora me falta la alegría y el consuelo que esperaba encontrar, después de mi ausencia, junto a tu padre, al que quería ver antes de morir. La separación me ha abrumado, pero no hay modo de escapar a la realidad ni argucia que exima del Secreto de Dios (¡ensalzado sea!).
Y añadió:
—¡Hijo mío! Tú eres el único consuelo que me queda ahora. Tú sustituyes a tu padre, pues eres su sucesor, y quien tiene un descendiente no ha muerto, hijo mío.
Sacó diez dinares y se los entregó a Aladino:
—¡Hijo mío! ¿Dónde está vuestra casa? ¿Dónde está tu madre, la mujer de mi hermano?
Aladino cogió el dinero y le mostró el camino de su casa. El mago añadió:
—Hijo mío, coge este dinero, dáselo a tu madre, salúdala de mi parte y dile que tu tío ha vuelto de su viaje por el extranjero. Si Dios quiere, mañana iré a vuestra casa para saludarla, ver el lugar en que ha vivido mi hermano y contemplar su tumba.
Aladino besó la mano del magrebí y se fue corriendo, lleno de alegría, a buscar a su madre. Estaba contento y le dijo:
—¡Madre mía! Te traigo la buena noticia de que mi tío ha regresado de su viaje y te manda saludos.
La mujer replicó:
—¡Hijo mío! ¿Es que te burlas de mí? ¿Quién es tu tío? ¿De dónde has sacado un tío con vida?
—¡Cómo, madre! ¿Me dices que no tengo tíos ni parientes vivos? Ese hombre es mi tío. Me ha abrazado, me ha besado llorando y me ha encargado que te lo refiriese.
—Sí, hijo. Sé que tenías un tío, pero murió y no sé que tengas otro.
Al día siguiente, el magrebí salió y empezó a buscar a Aladino, ya que su corazón no estaba dispuesto a dejarlo escapar. Mientras recorría las callejuelas de la ciudad tropezó con el muchacho, que estaba jugando, como era su costumbre, con los demás tunantes. Lo cogió de la mano, lo abrazó, lo besó y, sacando dos dinares de su bolsa, le dijo:
—Ve junto a tu madre, dale estos dos dinares y dile: “Mi tío quiere cenar con nosotros; toma estos dos dinares y haz una buena cena”. Pero, ante todo, muéstrame otra vez el camino de vuestra casa
Aladino contestó:
—De buen grado, tío
Y, andando delante de él, le enseñó el camino que conducía a su domicilio. El magrebí lo dejó y se fue a sus asuntos. Aladino entró en su casa, informó a su madre, le entregó los dos dinares y le dijo:
—Mi tío quiere cenar con nosotros.
La madre del muchacho salió inmediatamente al mercado, compró todo lo necesario, regresó a su domicilio y empezó a preparar la cena. Pidió a sus vecinos que le prestasen los platos y la vajilla que necesitaba. Al llegar la hora de la cena, dijo a Aladino:
—¡Hijo mío! La cena ya está preparada. Es posible que tu tío no conozca el camino de la casa. Ve a recibirlo en la calle.
—De buen grado.
Mientras hablaban llamaron a la puerta. Aladino salió, la abrió y encontró al mago magrebí, acompañado por un criado que llevaba comidas y frutos. Aladino los hizo entrar, pero el criado se marchó a sus quehaceres, y el magrebí corrió a saludar a la madre del muchacho y rompió a llorar. Le preguntó:
—¿En qué sitio acostumbraba sentarse mi hermano?
La madre de Aladino se lo indicó, y el visitante se dirigió a él, se prosternó y empezó a besar el suelo, diciendo:
—¡Ah! ¡Qué desgracia y qué mala suerte he tenido al perderte, hermano mío, arteria de mis ojos!
Siguió llorando y lamentándose, hasta el punto de que la madre de Aladino se convenció de que verdaderamente era su cuñado. El llanto y los sollozos hicieron que se desmayara. La mujer lo levantó del suelo y le dijo:
—De nada sirve el que te mates.
Empezó a consolarlo, lo hizo sentar, y, una vez hubo ocupado ella su sitio, antes de que pusiese la mesa, le refirió un historia que justificara su ausencia de tantos años.
Cuando vio llorar a la madre de Aladino, el magrebí se volvió hacia el muchacho para darle ocasión de que olvidase a su esposo y tener motivo de consolarla y llevar a buen término su plan. Le dijo:
—¡Hijo mío, Aladino! ¿Qué oficio has aprendido? ¿En qué te ocupas? ¿Haces algo que os permita vivir a ti y a tu madre?
Aladino, lleno de vergüenza, enrojeció y bajó la cabeza. La madre replicó:
—¿De qué? No sabe nada. ¡Jamás he visto a un muchacho tan fresco como éste! Se pasa todo el día jugando con los muchachos desocupados del barrio que son iguales a él. Su padre (¡oh, qué pena!) murió por su causa. Y yo, desgraciada de mí, me fatigo noche y día hilando algodón para poder conseguir dos mendrugos de pan para ambos. A veces me dan intenciones de cerrarle la puerta, no abrírsela más y dejar que se gane el sustento y viva por su cuenta. Yo ya soy vieja y no tengo fuerzas para ganar el sustento de un joven así. ¡Dios mío! Tengo que trabajar para vivir cuando necesito quien me sustente.
El magrebí dijo al muchacho:
—¡Sobrino! ¿Por qué te portas así? ¡Esto es una vergüenza, impropia de hombres de tu temple! Tienes entendimiento, hijo mío, y eres hijo de gentes de bien. Es humillante que tu anciana madre tenga que sustentarte.
Al ver que Aladino callaba, comprendió que no le gustaba ningún oficio, salvo el de ser un vago. Añadió:
—¡Hijo de mi hermano! Si no quieres aprender un oficio, te abriré una tienda de comerciante de telas preciosas; te enseñaré a conocer a la gente, tomarás y darás, venderás y comprarás y serás célebre en toda la ciudad.
Aladino se alegró mucho al oír que su tío quería hacer de él un comerciante, ya que estaba convencido de que todos los comerciantes visten trajes bonitos y elegantes. Miró a su tío, se echó a reír e inclinó la cabeza; con este lenguaje de circunstancias quería significar que aceptaba. El magrebí lo entendió así: que deseaba ser comerciante. Le dijo:
—Al aceptar que te haga comerciante y te abra una tienda, demuestras ser un hombre. Si Dios quiere, mañana te llevaré al zoco y te compraré un hermoso vestido de comerciante; después te buscaré una tienda y cumpliré la promesa que te he hecho
La madre de Aladino seguía teniendo algunas dudas acerca de que el magrebí fuese su cuñado; pero cuando le oyó prometer a su hijo que le abriría una tienda de comerciante con telas, capital y demás, convencióse de que en realidad lo era, pues un extraño no haría tal cosa con su hijo.
En efecto, al día siguiente, llamó a la puerta, y la madre del joven le abrió. No quiso entrar; se limitó a preguntar por Aladino para llevárselo al mercado. Salió el muchacho, dio los buenos días al tío y le besó la mano. Éste lo cogió, se marchó con él al mercado, entró en una tienda de telas y pidió un vestido completo de comerciante, de los más caros. El mercader le mostró varios. El muchacho se alegró mucho al ver que su tío lo dejaba escoger, eligió uno, y el magrebí pagó su importe. Luego llevó al baño a Aladino. Se bañaron, bebieron un jarabe, el muchacho se puso el traje nuevo y, muy alegre y satisfecho, se acercó a su tío, le dio las gracias, le besó la mano y le agradeció su generosidad.
Al salir del baño, el tío lo condujo al zoco de los comerciantes y le dijo que viese cómo se compraba y vendía. Después de comer y beber, y habiendo llegado la noche, llevó al joven a casa de la madre. La pobre mujer, cuando vio que su hijo parecía un comerciante, perdió la razón de alegría y empezó a dar las gracias al magrebí por su generosidad.
El magrebí se marchó, pasó la noche en su domicilio, y al día siguiente fue a casa del sastre y llamó a la puerta. Aladino estaba muy contento con el vestido que llevaba y por los favores que había recibido el día anterior: baño, comida, bebida y trato con la gente. En cuanto oyó que llamaban a la puerta, salió corriendo como una centella y la abrió; era su tío, que lo abrazó, lo besó, lo cogió de la mano y se marcharon juntos.
Aladino, que jamás en su vida había salido de la puerta de la ciudad y nunca había andado tanto, dijo al magrebí:
—¡Tío! ¿Adónde nos dirigimos? Hemos dejado atrás todos los jardines, y delante tenemos un monte. Si falta mucho camino no tendré fuerzas para andar, pues me caigo de fatiga. Delante de nosotros ya no hay jardines. Dejémoslo y volvamos a la ciudad.
—Hijo mío: éste es el camino. Los jardines aún no se han terminado, ya que nosotros vamos a ver un jardín como no lo tienen ni los mismos reyes. Todos los jardines que hemos visto no son nada en comparación con éste. Reúne todas tus fuerzas para andar, pues gracias a Dios eres un hombre.
Cuando hubieron llegado, el magrebí dijo:
—¡Hijo de mi hermano! Siéntate y descansa, pues éste es el lugar al que veníamos. Ahora, y si Dios quiere, te haré ver cosas tan prodigiosas como no las ha visto persona alguna en el mundo; nadie ha contemplado lo que tú vas a ver. Ahora descansa, busca unos leños y unas astillas secos para poder encender el fuego. Te mostraré algo, sobrino, que no te costará nada.
Aladino ardió en deseos de ver lo que iba a hacer su tío. Olvidó la fatiga, se levantó en el acto y empezó a reunir pequeños leños y madera seca, hasta que el magrebí le dijo:
—Ya basta, sobrino.
Entonces sacó del bolsillo una caja, la abrió y cogió de ella el incienso que necesitaba: lo encendió, lo difundió, y pronunció exorcismos y palabras ininteligibles. Tinieblas, sacudidas y convulsiones de la tierra precedieron a la aparición de una hendidura en la misma. Aladino, asustado, trató de huir. El brujo magrebí, al ver que quería escapar, se puso rojo de ira, pues todos sus esfuerzos quedarían frustrados si Aladino se iba. Ambicionaba obtener un tesoro que sólo podía abrir este muchacho.
Al ver que se disponía a huir, se incorporó, levantó la mano y le dio un golpe en la cabeza que casi le hizo saltar los dientes. Aladino cayó sin sentido en el suelo, mas a poco volvió en sí, gracias a las artes mágicas del magrebí, y rompió a llorar, diciendo:
—¡Tío! ¿Qué es lo que he hecho para merecer este golpe?
El magrebí, con el deseo de atraérselo,le dijo:
—¡Hijo mío! Yo quiero hacer de ti un hombre. No me desobedezcas, pues soy tu tío y es como si fuese tu padre. Haz lo que te diga, y dentro de poco olvidarás dolores y fatigas al ver cosas prodigiosas.
La tierra, que se había abierto delante del mago, mostraba en su interior una losa de mármol con una anilla de cobre fundido. El magrebí se volvió a Aladino y le dijo:
—Si haces lo que te voy a decir, serás más rico que todos los reyes juntos. Por esto, hijo mío, es por lo que te he pegado; aquí se encuentra un tesoro consignado a tu nombre, y tú, en cambio, querías despreciarlo y huir. Ahora presta atención, mira como he abierto la tierra con mis exorcismos y mis conjuros. Debajo de la piedra que tiene la anilla está el tesoro del que te he hablado. Pon tu mano en el aro y levanta la losa, ya que ningún hombre, aparte de ti, puede abrirla; nadie puede poner el pie en el interior del tesoro, pues está reservado para ti. Pero es necesario que oigas atentamente lo que te voy a enseñar y que no dejes escapar ni una sola letra de mis palabras. Todo esto, hijo mío, es por tu bien, ya que el tesoro es enorme. Los reyes de la tierra no tienen nada parecido, y este tesoro nos pertenece a los dos
El pobre Aladino olvidó la fatiga, el golpe y el llanto, y quedó estupefacto ante las palabras del magrebí. Se alegró al pensar que iba a ser tan rico, que los reyes serían unos pobres al lado de él.
—Tío —contestó—, mándame todo lo que quieras, pues obedeceré tus órdenes.
—No me desobedezcas en nada. Coge esa anilla y levántala tal como te he dicho. Nadie más que tú puede tocarla. En el momento de tocarla pronuncia tu nombre, el de tu padre y el de tu madre, y en seguida se levantará sin que notes el peso.
El muchacho se animó, hizo lo que le había dicho el magrebí y levantó la losa con toda facilidad; en cuanto hubo pronunciado los nombres de su padre y de su madre, tal como le había dicho el brujo, la losa se levantó y la echó a un lado… Apareció un subterráneo con una puerta, a la que se llegaba por una escalera de unos doce peldaños. El magrebí le dijo:
—¡Aladino! Fíjate y haz exactamente todo lo que te voy a decir; no te olvides de nada. Baja con mucho cuidado al fondo del subterráneo; una vez abajo encontrarás un lugar dividido en cuatro partes: en cada una de ellas verás cuatro jarrones de oro y otros objetos de oro y plata; no los toques ni cojas nada de ellos; sigue adelante hasta llegar al cuarto compartimiento, y procura que tu ropa no toque los jarrones ni las paredes; no te detengas ni un momento, pues si lo hicieras, inmediatamente te metamorfosearías y te transformarías en una piedra negra. Al llegar al cuarto compartimiento verás una puerta: ábrela, y pronuncia los nombres que has dicho al levantar la losa. Entra: te encontrarás en un jardín, adornado con árboles y frutos. Avanza cincuenta codos por el camino que tengas delante: llegarás a un salón, del cual arranca una escalera de unos treinta peldaños. Fíjate en el techo verás que de él cuelga una lámpara. Cógela, vuelca el aceite que contiene y colócala en tu seno sin preocuparte por tus vestidos, ya que no tiene verdadero aceite. Al regresar puedes cortar de los árboles lo que te apetezca, pues serán de tu propiedad mientras conserves la lámpara en la mano.
Al terminar de hablar, el magrebí se sacó un anillo del dedo y lo colocó en uno de los dedos de Aladino. Le dijo:
—¡Hijo mío! Este anillo te salvará de todo peligro o miedo que pudiera sorprenderte, siempre que cumplas todo lo que te he dicho. Vamos, baja, ten valor, sé resuelto y no temas, pues ya eres un hombre y no un niño. Dentro de poco tendrás tal fortuna, que serás la persona más rica del mundo.
Aladino decidióse al fin: bajó al subterráneo y encontró las cuatro salas, en cada una de las cuales había cuatro jarrones de oro. Las cruzó, tal como le había indicado el magrebí, con todo cuidado y diligencia, y se internó en el jardín. Avanzó hasta llegar al pabellón, subió por la escalera, entró en la sala, encontró la lámpara, la apagó, vertió el aceite que contenía y la guardó en su seno. Luego bajó al jardín, y empezó a admirar los árboles, poblados de pájaros, que ensalzaban con sus trinos al Creador, el Grande, y que no había visto a la ida. Los árboles daban como frutos valiosísimas piedras preciosas, de todas las formas y colores: verdes, blancas, amarillas, rojas, etc. Brillaban más que los rayos del sol al mediodía. Eran indescriptibles, y ni en el tesoro del rey más rico de la Tierra se habría encontrado ni una sola que se pudiese comparar con aquéllas.
Como el muchacho no había visto jamás en su vida estas cosas, y aún no tenía la edad suficiente para reconocer el valor de aquellas pedrerías, creyó que eran de vidrio o de cristal. Llenó de ellas sus bolsillos y empezó a buscar uvas, higos u otros frutos, fuesen comestibles o no. Al parecer, todos eran de vidrio, y empezó a meterse en el bolsillo todas las variedades de frutos que daban los árboles, incapaz de reconocer su precio. Como no conseguía realizar su deseo de comer, se dijo:
—Recogeré todos estos objetos de vidrio y jugaré con ellos en casa.
Fue cortándolos y guardándoselos en los bolsillos y en el seno hasta que no le cupieron más; siguió cortando y los sujetó en el cinturón, y mientras lo hacía dijo que los pondría en su casa como adorno, pues creía que eran de vidrio, según se ha dicho.
Después apresuró la marcha por el temor que le inspiraba su tío el magrebí.
Cruzó las cuatro estancias, recorrió el subterráneo, sin preocuparse de los jarrones de oro, a pesar de que habría podido coger al regreso lo que hubiese querido. Llegó a la escalera, subió por ella, y cuando ya le faltaba poco —el último peldaño, que era más alto que los demás restantes y que no podía subir solo por lo cargado que iba—, dijo al magrebí:
—¡Tío! Dame la mano y ayúdame a subir
—¡Hijo mío! Dame la lámpara, y al quitarte ese lastre, quedarás más ligero.
—Tío, la lámpara no me pesa en absoluto. Dame la mano, y cuando haya subido te entregaré la lámpara.
El brujo magrebí, a quien sólo le interesaba la lámpara, insistió al muchacho para que se la diera, mas él se negó, pues como se la había colocado en el fondo del vestido y tenía encima las bolsas de piedras preciosas, no llegaba con la mano. El mago seguía insistiendo, pero el muchacho no podía, por lo cual el magrebí se enfadó, sin que Aladino pudiera complacerlo. El mago se cegó al ver que no conseguía su deseo, pese a que el muchacho le decía sinceramente que se la entregaría en cuanto saliese del subterráneo. El magrebí, creyendo que Aladino no quería darle la lámpara, se enfureció más, perdió la esperanza de obtenerla y, haciendo conjuros y exorcismos, arrojó incienso en el fuego. La losa se levantó por sí sola y cerró la salida por la fuerza de la magia. El suelo quedó cubierto por la lápida como antes, y Aladino se quedó debajo sin poder salir.
Aquel mago era extranjero, y no era pariente de Aladino, como había dicho; fingió serlo con el único fin de obtener la lámpara por medio del muchacho, única persona que podía sacarla a la luz. El maldito magrebí cerró el suelo sobre Aladino y lo abandonó para que muriese de hambre. Aquel hombre era un hechicero de África, del más lejano Occidente. Desde pequeño había sido aficionado a la magia y a todas las ciencias ocultas, pues la ciudad de Ifriqiy ya era célebre por el cultivo de estas ciencias, y en dicha ciudad estuvo estudiando desde su más tierna edad. Había llegado a dominar todas las ciencias ocultas, y
gracias a los grandes conocimientos adquiridos tras cuarenta años de exorcismos y conjuros, había llegado a descubrir, cierto día, que al fin de las ciudades de China había una, llamada Al-Qalas, en la cual se conservaba un tesoro tan fabuloso como no podría soñar ninguno de los reyes del mundo. Lo más maravilloso era que en dicho tesoro había una lámpara prodigiosa, y que aquel que la poseyera no tendría en la Tierra rival, ni en riqueza ni en poder. El rey más poderoso de la Tierra no tendría ni siquiera una fracción del poder o de la riqueza que implicaban la posesión de tal lámpara.
Al descubrir esto el magrebí gracias a su ciencia, y comprobar que dicho tesoro sólo podía ser sacado a la luz por un muchacho llamado Aladino, de pobre origen y que vivía en dicha ciudad, hizo inmediatamente los preparativos para el viaje a China, conforme hemos explicado, y siguió tal conducta con Aladino porque pensó que gracias al muchacho llegaría a poseer la lámpara. Pero sus esfuerzos resultaron vanos, y perdió la esperanza de conseguirla. Entonces se propuso matar a Aladino, y gracias a su magia cerró la tierra encima del muchacho. ¡Pero no hay quien mate al Eterno! Con esto quería también evitar que Aladino saliese de allí con la lámpara. Inmediatamente emprendió el camino de regreso a su país, lleno de tristeza, pues había perdido toda esperanza de conseguir su deseo. Esto es lo que se refiere al hechicero.
Tan pronto como se hubo cerrado el suelo, Aladino empezó a llamar a gritos a su supuesto tío para que le diese la mano y poder así salir de allí. Mas al ver que no le contestaba nadie, comprendió que aquel hombre le había tendido una trampa y que no era su tío, sino un embustero y un brujo. Aladino empezó a llorar y a sollozar por lo que le había ocurrido. Se sentó en los peldaños de la escalera del subterráneo por los cuales había entrado. Mientras estaba sentado, sollozando y llorando, empezó a retorcerse las manos, tal como es costumbre en el afligido. En uno de estos movimientos frotó el anillo, e inmediatamente se irguió ante él un esclavo, que le dijo:
—Heme aquí. Tu esclavo está delante. Pide todo lo que desees, pues yo sirvo a quien tiene en la mano el anillo, el anillo de mi señor
Aladino quedó estupefacto contemplándolo. Parecía uno de los genios de nuestro señor Salomón, y estaba de pie ante él. Su aspecto terrorífico lo asustó, pero cuando oyó lo que dijo el esclavo, recuperó el aliento y meditó en las palabras que le había dicho el magrebí al entregarle el anillo. Se alegró mucho, animóse y le dijo:
—¡Esclavo del señor del anillo! Quiero que me saques a la superficie.
Tan pronto como acabó de pronunciar estas palabras, abrióse la tierra, y Aladino se encontró junto a la puerta del tesoro, fuera, en la superficie del mundo. Veíase de nuevo al aire libre, después de haber permanecido tres días bajo tierra, sentado en el tesoro, en medio de tinieblas. La luz del día y los rayos del sol le dieron en el rostro y le fue imposible abrir los ojos: tuvo que abrirlos un poco y volverlos a cerrar hasta que pudieron soportar la luz y desprenderse de las tinieblas.
Se alegró mucho, y quedó maravillado al comprobar que estaba sobre la puerta del tesoro, al cual había descendido al abrirla el hechicero magrebí. Esta puerta ajustaba exactamente, y la tierra estaba tan nivelada a su alrededor, que era imposible descubrir que hubiese allí alguna puerta. Su admiración iba en aumento, y llegó a creer que se encontraba en un lugar distinto, pues no pudo reconocer que estaba en el mismo sitio hasta haber encontrado el lugar en que encendieron el fuego con la leña y las astillas, el sitio en que el brujo magrebí había incensado y exorcizado. Aladino miró a derecha e izquierda y vio los jardines a lo lejos.
Observó el camino, reconoció que era el mismo de la ida y dio gracias a Dios (¡ensalzado sea!), que lo había sacado de aquel subterráneo y librado de la muerte cuando ya había perdido la esperanza de salvarse. Se incorporó, empezó a seguir el camino de la ciudad, que ya conocía, entró en la misma, se dirigió a su casa y se presentó a su madre. Al verla, fue tal su alegría por encontrarse a salvo, que cayó al suelo desmayado por el miedo y la fatiga sufridos, por la gran satisfacción que experimentaba y por el hambre.
Su madre estaba triste desde el momento en que él la dejó, y lloraba y sollozaba. Cuando lo vio entrar se alegró mucho, pero al ver que caía desmayado en el suelo se entristeció de nuevo; mas esto no le impidió correr hacia él, rociarle el rostro con agua y pedir a sus vecinos algunos perfumes, que le dio a oler. Al cabo de poco volvió en sí. Le pidió que le diese algo de comer, y le dijo:
—¡Madre! Hace tres días que no como nada.
La mujer le preparó algo con lo que tenía y se lo sirvió:
—¡Hijo mío! Come y reponte. Cuando hayas descansado me contarás qué te ha sucedido. No te lo pregunto ahora, pues estás fatigado.
Aladino comió y bebió, y cuando hubo descansado y recuperado el aliento dijo:
—¡Ah, madre! Tendría perfecto derecho a quejarme de ti por haberme entregado a ese hombre maldito, que quería perderme y matarme. Si no hubiese sido por Dios (¡ensalzado sea!), que me ha salvado de sus manos, tú y yo, madre, habríamos sido sus víctimas.
Aladino le refirió toda la historia hasta terminar y empezó a injuriar indignado y furioso al magrebí diciendo:
—¡Ah! ¡Maldito mago! ¡Sucio, malvado, cruel, inhumano, artero,hipócrita, impío!
La madre añadió:
—Sí, hijo mío. Es un descreído e hipócrita, que aniquila a las gentes con su magia. Pero demos gracias a Dios (¡ensalzado sea!) por haberte salvado de los engaños y de las añagazas de ese maldito hechicero, del que llegué a creer que era en verdad tu tío.
Como el muchacho llevaba tres días sin pegar un ojo, se fue a la cama y durmió. Lo mismo hizo su madre. Aladino estuvo durmiendo hasta el día siguiente a mediodía. Al despertarse pidió algo de comer, pues estaba hambriento. Su madre le dijo:
—¡Hijo mío! No tengo nada que darte, pues todo lo que tenía te lo comiste ayer. Aguarda un poco, pues tengo algunos hilados; iré a venderlos al zoco, y con lo que me den compraré algo de comer.
—¡Madre! Guarda los hilados, no los vendas. Dame la lámpara que traje; la venderé, y con lo que me den compraré para los dos. Creo que la lámpara vale más que los hilados.
La madre le llevó la lámpara, pero al ver que estaba muy sucia le dijo:
—Aquí está la lámpara, hijo mío; pero está sucia. Si la lavamos y le sacamos brillo, podremos venderla a mejor precio.
Cogió un poco de arena y empezó a frotar la lámpara. Apenas había dado una pasada cuando apareció un genio de aspecto horripilante, de una estatura tan enorme que parecía un gigante. Le dijo:
—¡Di lo que quieres de mí! Soy tu esclavo; soy el esclavo de quien tiene en la mano esta lámpara; mas no soy el único, pues la lámpara maravillosa que ves en tu mano tiene muchos esclavos.
La madre de Aladino, al ver aquella horrorosa figura fue presa del miedo, se le trabó la lengua y no pudo hablar, ya que no estaba acostumbrada a ver espectros semejantes. Cayó desmayada. Aladino, que estaba de pie algo alejado y que ya había visto al genio del anillo en el subterráneo, en cuanto oyó las palabras que el genio dirigía a su madre, corrió a coger la lámpara que ésta tenía en la mano y dijo:
—¡Esclavo de la lámpara! Tengo hambre. Quiero que me traigas guisos tan exquisitos que estén por encima de la imaginación.
El genio estuvo ausente un abrir y cerrar de ojos, y volvió con una preciosa mesa, grande, de plata purísima; en ella había doce platos con guisos variados, todos de excelente calidad, dos copas de plata y dos botellas de auténtico vino añejo, y, además, pan blanco como la nieve. La colocó delante de Aladino y se marchó. El muchacho roció con agua de rosas el rostro de su madre y le dio a oler los mejores perfumes hasta que volvió en sí, y le dijo:
—Madre, incorpórate, pues vamos a comer estos alimentos que Dios (¡ensalzado sea!) nos ha facilitado.
Al ver una mesa de plata tan grande, la mujer quedó maravillada preguntó a su hijo:
—¡Hijo mío! ¿Quién ha sido la generosa persona que ha acudido a remediar nuestra hambre y nuestra pobreza? Le debemos un gran beneficio. Está claro que el sultán, enterado de nuestra situación, nos ha enviado esto.
—Madre, no es éste el momento de hacer preguntas. Ven, vamos a comer, pues tenemos hambre.
Se sentaron a la mesa y comieron. La madre de Aladino comió cosas que en su vida había probado. Comieron con excelente apetito, pues estaban hambrientos, y aquellos manjares eran propios de reyes. Además, ignoraban su precio, pues nunca habían visto cosas semejantes. Después de hartarse, aún les sobró para la cena y para el día siguiente. Luego se lavaron las manos y se sentaron a hablar.
La madre de Aladino preguntó:
—¡Hijo mío! Explícame ahora lo que ha ocurrido con el esclavo-genio.
Aladino le refirió todo lo que le había sucedido con el esclavo desde el momento en que ella cayó desmayada de terror. La mujer se maravilló mucho y le dijo:
—¡Luego, es cierto que los genios se muestran a los hombres! Yo, hijo mío, jamás en mi vida había visto uno. Creo que éste es el mismo que te salvó cuando estabas en el tesoro.
—No era éste, madre. El esclavo que se te ha aparecido es siervo de la lámpara.
—¿Cómo es eso, hijo mío?
—Este esclavo no tiene la misma forma que el del anillo; el que has visto, es siervo de la lámpara.
—Hijo mío, por la leche que te he dado de mamar, te ruego que te deshagas de la lámpara y del anillo, y a que causan un miedo enorme. Yo no podría soportar verlos de nuevo. Además, se ha prohibido a los hombres tener tratos con ellos, pues el Profeta (¡Dios lo bendiga y lo salve!) nos ha puesto en guardia contra los genios.
—Madre, tus palabras son órdenes para mí, pero las que acabas de pronunciar, no. Me es imposible desprenderme de la lámpara o del anillo. Tú has visto el favor que nos han hecho cuando estábamos hambrientos. Madre, necesitamos guardar y conservar con cuidado esta lámpara, ya que constituye nuestro medio de vida y nuestra riqueza. No podemos mostrársela a nadie. Lo mismo ocurre con el anillo; si no hubiera sido por él, no me habrías vuelto a ver con vida. Mas, por complacerte, esconderé la lámpara y no volverás a verla jamás.
La madre consideró que su hijo tenía razón.
Con ello fueron enriqueciéndose, pero no dejaron de vivir modestamente, sin grandes dispendios. El muchacho dejó de ser un gandul y de tratar con los jovenzuelos, y empezó a frecuentar a los hombres de bien. Cada día iba al zoco de los mercaderes, trataba con los mayoristas y detallistas y se informaba de la situación de los negocios, de los precios de las mercancías y de otras muchas cosas. Iba también al mercado de los orfebres y al de los joyeros, y en éste se entretenía contemplando las piedras preciosas. Entonces pudo comprobar que el contenido de las dos bolsas que había llenado con los frutos de los árboles durante su visita al tesoro no eran ni de vidrio ni de cristal, sino que se trataba de piedras preciosas; se percató de que poseía unas riquezas tales como nunca las tendría el más poderoso de los reyes.

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