Harún Al-Rasid y Zubayda

Harún Al-Rasid y Zubayda

Harún Al-Rasid y Zubayda

Relato extraído de
Las mil y una Noches

Se cuenta que el Califa Harún al-Rasid amaba profundamente a la señora Zubayda, a la que había hecho construir un jardín de recreo en el que había un lago de agua rodeado por un cinturón de árboles a través del cual llegaba el agua desde todas partes. Los árboles entrelazaban sus ramas hasta el punto de que si alguien iba a bañarse en dicho estanque nadie podía verle por la frondosidad del follaje. 

Un día la señora Zubayda se dirigió al jardín, fue a la alberca observó su belleza, se maravilló de su esplendor y de la imagen de los árboles reflejados en ella. Era un día muy caluroso. Se desnudó y se metió en el estanque que no llegaba a cubrirla y empezó a echarse agua con un aguamanil de plata: el líquido corría por encima de su piel. 

El Califa se enteró de lo que hacía y salió del palacio para verla desde detrás de las hojas de los árboles: la vio desnuda, mostrando lo que debía estar oculto. Zubayda, al notar que el Emir de los creyentes estaba escondido detrás de las hojas de los árboles y al darse cuenta de que la veía desnuda, se volvió, le miró y se avergonzó tapando sus partes con las manos, pero sin llegar a ocultarlo todo de tan grande y grueso como era.

El Califa, admirado de lo que había visto, se marchó al momento recitando estos versos: Mis ojos han visto lo que me apena y mi angustia crece por la separación. Pero no pudo continuar el verso por lo que mandó a buscar a Abu Nuwás, el poeta. Cuando le tuvo ante él le dijo: 

– Recítame un poema que empiece: Mis ojos han visto lo que me apena y mi angustia crece por la separación. – Abu Nuwás contestó: 

– ¡Oír es obedecer! – y en un abrir y cerrar de ojos improvisó y recitó estos versos:

Mis ojos han visto lo que me apena y mi angustia crece por la separación

de la gacela que me ha seducido bajo la sombra de dos árboles de loto.

Se echaba el agua por encima con aguamaniles de plata.

Ella me vio y ocultó con las manos sus partes, pero no las cubrió del todo.

¡Ojalá pudiera estar encima una o dos horas!

El Emir de los creyentes sonrió, le hizo un regalo y se marchó satisfecho.

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Benicio
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