El tiempo del grano

El tiempo del grano

El tiempo del grano

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Durante años, el campo fue el mismo. La misma parcela, la misma tierra trabajada por las mismas manos. Cada temporada, los tallos crecían parejos, las hojas se abrían al sol, y las espigas se formaban firmes, alineadas, casi idénticas entre sí. Desde lejos, el cultivo parecía una sola cosa, un cuerpo uniforme y previsible.

Sin embargo, quien se detenía a observar con paciencia podía notar diferencias. Algunas espigas eran más densas, otras más livianas. Algunas protegían el grano con fuerza, como si temieran perderlo. Otras se abrían antes de tiempo, dejando que el viento hiciera lo suyo.

El viejo sembrador solía decir que el error más común era creer que la espiga era el destino. Decía también que muchos confundían el lugar donde algo madura con el lugar donde debe quedarse.

El grano, mientras crece, necesita abrigo. Necesita sostén, tiempo, cierta forma de protección. Pero llega un momento —si la vida es auténtica— en que quedarse es una manera de estancarse. La espiga cumple su función y luego se rompe. No por fracaso, sino por fidelidad a lo que fue creada para hacer.

Cuando llega la cosecha, no hay violencia en el desprendimiento. Hay fin de ciclo. El grano cae, separado, expuesto. Ya no forma parte de un conjunto cómodo ni protegido. Ahora está solo frente a la tierra. Algunos creen que perder la forma conocida es perder la identidad. Pero el sembrador sabía muy bien que solo el grano que se anima a hundirse en el surco puede volver a vivir. Mientras que el que se aferra a la espiga seca termina siendo recuerdo; el que acepta el silencio de la tierra empieza una nueva etapa de su historia.

Bajo la superficie no hay aplausos ni certezas. Hay oscuridad, espera, descomposición aparente. Y sin embargo, allí ocurre lo esencial. Cada grano germina a su manera, con su ritmo, con su fuerza particular. 

No hay dos plantas iguales, aunque compartan el mismo campo. Con el tiempo, el sembrado vuelve a levantarse. Desde lejos parece un maizal uniforme, pero no lo es. Es una comunidad de vidas singulares, cada una irremplazable, cada una sosteniendo al conjunto sin perder su forma propia.

El viejo sembrador repetía, casi como un resumen de toda una vida: no es el campo el que le da valor a cada planta. Es la vida auténtica de cada planta la que vuelve fértil al campo.

Y lo mismo ocurre con las personas. Ninguna sociedad vuelve valiosa a una vida que no se hace cargo de sí misma. Es cada persona, cuando asume su verdad y su responsabilidad, la que mejora el lugar que habita. 

Y cuando muchas lo hacen, entonces sí, el paisaje cambia.

Autor: Benicio de Seeonee

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