El Sabio de la montaña
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
En uno de los picos más altos de la cordillera vivía un viejo sabio. Llevaba muchos años de reclusión y muy pocos habían llegado hasta él. No obstante, el hombre escribía sus consejos y enseñanzas y sus escritos permitieron que en todos los rincones conocieran al sabio de la montaña.
En cada pueblo había un templo que difundía su sabiduría y reproducía sus escritos. Los templos eran habitados por jóvenes que veían en el Sabio un ejemplo, un modelo a seguir y una fuente de conocimiento inagotable. Todos en algún momento habían acunado la idea de embarcarse en la peregrinación hasta la cumbre solo para tener el privilegio de escucharlo.
Pero era sabido que no era un camino sencillo y que los que lo habían intentado nunca habían regresado.
Comenzó a circular entre los aldeanos el rumor de que el Sabio de la montaña bajaría a recorrer todos los pueblos, pero nadie sabía exactamente cuándo pasaría el maestro por cada pueblo. Se decía que caminaba sin apuro, que no anunciaba su llegada y que hablaba sólo con quienes estuvieran dispuestos a escuchar sin pedir nada a cambio.
Así fue que un joven aprendiz, al enterarse de que el Sabio pasaría por un pueblo cercano, decidió seguirle el rastro. Había crecido leyendo sus escritos, y sentía que escuchar al maestro al menos una vez era un privilegio que quizás nunca más podría aspirar a obtener.
Aún no amanecía cuando saltó de su cama y se preparó. Salió ligero, convencido de que bastaba con avanzar rápido y no distraerse. Si apretaba el paso, seguramente alcanzaría al maestro antes de que llegase al pueblo. Estaba muy emocionado.
De pronto, el llanto de un niño lo sacó de su ensimismamiento. Un poco más adelante vio un carro volcado en el camino; una de las ruedas estaba rota. Recordó entonces haber leído en alguno de los libros del Sabio una forma de salir del paso ante una eventualidad así. Sin dudarlo, y con todo su entusiasmo, ayudó a enderezar el carro y a que pudieran llegar hasta el pueblo para cambiar la rueda.
Mientras los veía alejarse, notó que había perdido toda la mañana. Sonrió: no importaba. No podría cruzarse con el maestro en el camino, pero seguramente por la tarde lo encontraría en el pueblo. Y siguió adelante, con paso firme, sin prisa pero sin pausa.
Al llegar al pueblo encontró que la posadera estaba enferma. La mujer le indicó que el maestro ya había partido hacia el otro pueblo. El joven al verla volando de fiebre y sola, pensó que podría alcanzar al Sabio al día siguiente, ¿qué tan rápido podría caminar un anciano? Y sin dudar se quedó cuidando de la mujer.
Sabía que había que poner paños fríos y luego de varias horas la fiebre comenzó a bajar. Al amanecer el muchacho salió raudo hacia el pueblo en busca del maestro.
Mientras caminaba imaginaba al Sabio diciendo aquellas palabras que él sabía casi de memoria de tantas veces que lo había leído: poemas, técnicas, historia, naturaleza, relaciones con los demás, geografía, el bien y el mal, el camino correcto, todo lo que sabía provenía del maestro.
En verdad estaba emocionado ante la idea de poder verlo y escucharlo.
Pero a lo largo del camino se fue encontrando con diferentes obstáculos: una señora y su hija que tenían el campo sin levantar, y ayudarlas le llevó varias semanas; un anciano que no podía cruzar el río solo, para quien construyó una balsa y a cuya casa lo llevó de regreso, donde permaneció también un par de semanas.
Si bien sabía que hacía lo que sentía que debía hacer, una leve irritación se movía dentro de él, y retomó el camino repitiéndose que la próxima vez no se desviaría. Cada vez pensaba lo mismo: “Después. Cuando lo vea, después ayudaré a todos, como el maestro enseñó.”
Sin embargo, cada vez, sin decirlo en voz alta, se quedaba. Y así fueron pasando los años. El joven aprendiz iba detrás del Sabio escribiendo su propio nombre con sus acciones. En cada aldea todos sabían quién era el aprendiz del Sabio de la montaña, mientras el maestro siempre parecía estar un día por delante: nunca demasiado lejos y nunca lo suficientemente cerca. El aprendiz envejecía, acumulando buenas acciones sobre una frustración que no sabía explicar.
Hasta que un invierno, cansado y con las manos agrietadas, decidió que ya estaba bien. Que había llegado el momento de elegir. Esta vez no se detendría. Esta vez no. No sabía cuántos pueblos había recorrido, ni cuántos le quedaban por recorrer, pero no quería terminar sus días sin ver a su maestro.
Esa noche encontró a un hombre temblando bajo un puente, sin fuerzas para ponerse de pie. Lo miró largo rato; pensó en seguir, pensó en llegar, pensó en no perder, por fin, aquello que había buscado durante media vida.
Finalmente se sentó junto a él. Encendió un fuego pequeño, compartió el pan que llevaba en su bolsa y escuchó una historia que no necesitaba solución, solo ser escuchada. Cuando el hombre se durmió, el aprendiz apoyó la espalda contra la piedra y sintió, por primera vez en años, que no tenía apuro.
—Te ves cansado —dijo una voz tranquila detrás suyo.
El aprendiz se dio vuelta sobresaltado. El hombre al que había estado cuidando ya no estaba y en su lugar había un anciano de cabello blanco y muy largo. ¡Era el mismísimo Sabio de la montaña!
Nunca antes lo había visto, pero sabía que era él. El aprendiz estaba enmudecido: por supuesto que había esperado alcanzarlo, verlo y escucharlo, pero tenerlo frente a él, hablándole solo a él… eso era algo que nunca había imaginado.
—Llevo años siguiendo tus pasos, Maestro, y nunca logré alcanzarte —dijo el aprendiz, con una mezcla de vergüenza y emoción.
El Sabio sonrió apenas.
—¿Eso es lo que crees?
El aprendiz no supo cómo responder.
—Tal vez me buscabas en el lugar equivocado —continuó—. Yo no estoy delante de nadie. Estoy donde alguien se detiene por otro.
El aprendiz bajó la cabeza, con una sensación de alivio y humildad.
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