EL PRISIONERO MUSULMÁN Y LA CRISTIANA
Extraído del libro
Las mil y una Noches
Se refiere que el Emir de los creyentes, Umar b. al-Jattab (¡Dios esté satisfecho de él!), preparó un ejército de musulmanes al que despachó contra el enemigo. Avanzó sobre Siria y sitió con rigor una de sus fortalezas. Entre los musulmanes había dos hermanos a los que Dios había hecho resueltos y valientes frente al enemigo.
El jefe de la fortaleza había dicho a sus lugartenientes y a los paladines que tenía con él:
—Si esos dos musulmanes fuesen hechos prisioneros con algún engaño o muertos, vosotros bastaríais para hacer frente a los demás.
No cesaron de preparar emboscadas, de idear añagazas, de idear trampas y celadas hasta que uno de los dos hermanos fue hecho prisionero y el otro murió mártir. El musulmán prisionero fue llevado ante el comandante de la fortaleza. Éste, al verle, dijo:
—Matarlo sería una desgracia; devolverlo a los musulmanes, me molesta. Desearía que entrase en la religión cristiana; así sería un auxiliar y un colaborador.
—¡Comandante! — dijo uno de los patricios — Yo le expondré a las tentaciones hasta que reniegue de su religión. Será así porque los árabes aprecian mucho a las mujeres y yo tengo una hija hermosa y bella. En cuanto la vea se enamorará.
—¡Tuyo es el musulmán! ¡Llévatelo!
Le condujo a su domicilio. Vistió a su hija con unos vestidos muy hermosos que hacían descollar su hermosura natural. Hizo entrar al musulmán y mandó servir la comida. La muchacha cristiana se quedó plantada ante él, como si fuese una criada obediente a su señor que espera órdenes y está dispuesta a cumplirlas.
El musulmán, al darse cuenta de la situación en que se encontraba, se confió a Dios (¡ensalzado sea!), bajó la vista y se dedicó a adorar a su Señor y a leer el Corán. Tenía una hermosa voz y su canturreo hacía mella en el alma: la joven cristiana se enamoró apasionadamente y le amó con delirio. Esta situación se prolongó durante siete días hasta que empezó a decir:
—¡Ojalá que él acepte que yo me haga musulmana! — Cuando se hubo agotado su paciencia, con el corazón oprimido, la joven se arrojó en sus brazos y dijo:
—¡Te conjuro, por tu religión, a que escuches mis palabras!
—¿Qué palabras?
—¡Expónme el Islam! —El musulmán le expuso su fe y ella se convirtió; después cumplió la purificación y él le explicó cómo se reza. Una vez lo hubo hecho, la muchacha dijo:
— ¡Hermano mío! Tú has sido la causa de mi conversión al Islam y deseo vivir en tu compañía.
—El Islam prohíbe el matrimonio a menos de que hay a dos testigos jurados, el pago de una dote, y un procurador que represente a la mujer: y o no veo ni los testigos, ni la dote ni el procurador. Pero si tú te las ingenias para que podamos salir de este lugar, espero poder alcanzar el territorio musulmán y te prometo que no tendré más mujer que tú.
— Ya me las ingeniaré — contestó la chica. Llamó a su padre y a su madre y les dijo:
—El corazón de este musulmán se ha enternecido y quiere entrar en nuestra religión. Yo me he ofrecido a él pero me ha replicado: “No está bien que yo me case en el pueblo en que ha sido muerto mi hermano. Si pudiese irme de él mi corazón se tranquilizaría y haría lo que se pide de mí”. No hay inconveniente en que me dejéis ir con él a otra ciudad. Yo salgo fiadora ante vosotros dos y el rey de que hará lo que deseáis.
El padre corrió a ver al Emir y le informó de lo que ocurría. Éste se alegró mucho y le mandó que se marchase con la muchacha al pueblo que ésta había indicado. Salieron, llegaron al pueblo y permanecieron en él todo el día. Al caer la noche reemprendieron el viaje y corrieron camino adelante
Viajaron durante toda la noche. El joven montaba en el corcel y llevaba en la grupa a la muchacha. No pararon de andar hasta que se hizo inminente la aparición de la aurora; entonces se alejó del camino, hizo que se apease la joven, hicieron las abluciones y rezaron la oración de la mañana. Mientras estaban en este lugar oyeron el ruido de las armas, el tintineo de las riendas, voces humanas y el repicar de los cascos de los caballos. Le dijo:
—¡Fulana! Éstos son los cristianos que nos persiguen; nos han alcanzado y no tenemos medio de rehuirles, pues el caballo está cansado y agotado hasta el punto de que no puede dar ni un paso.
—¡Ay de ti! ¿Tienes miedo?
— Sí.
— ¿Y dónde está el poder de tu Señor y el auxilio que presta a quienes le imploran y que tú me has explicado? ¡Vamos! ¡Humíllate ante Él e implórale! Tal vez venga en nuestro auxilio y nos socorra con su gracia. ¡Gloriado y ensalzado sea!
—¡Por Dios que voy a hacer lo que dices! — Ambos se humillaron ante Dios (¡ensalzado sea!). Mientras él rezaba la joven iba diciendo «amén» a sus invocaciones.
El galope de los caballos se iba acercando. El joven oyó la voz de su hermano, el que había muerto mártir, que le decía:
—¡Hermano mío! ¡No temas! La comitiva que viene es una comitiva de Dios: os envía sus ángeles para que sean testigos de vuestra boda. Dios (¡ensalzado sea!) os ha equiparado con los ángeles y os ha concedido una recompensa propia de los bienaventurados y de los mártires. Ha encogido la tierra para vosotros y al amanecer te encontrarás en los montes de
Medina. Cuando te reúnas con Umar b. al-Jattab (¡Dios esté satisfecho de Él!) salúdale en mi nombre y dile: “Que Dios te recompense el bien que has hecho al Islam: has sido prudente y esforzado”.
Los ángeles levantaron en aquel instante la voz y saludaron a él y a su mujer diciendo:
— Dios (¡ensalzado sea!) te había casado con ella dos mil años antes de la creación de vuestro primer padre, Adán (¡sobre él sea la paz!).
Los dos esposos desbordaron de alegría, satisfacción, paz y seguridad; su fe creció y aquellos seres temerosos de Dios se cercioraron de que estaban en la buena senda. Al despuntar la aurora rezaron la plegaria de la mañana. Umar b. al-Jattab (¡Dios esté satisfecho de él!) la rezaba cuando aún era oscuro; a veces acudía al mihrab seguido únicamente por dos hombres y empezaba la oración por la azora de « Los rebaños» o de « Las mujeres» [222] y así despertaba al que aún dormía, hacía las abluciones quien tenía que hacerlas y acudía el que estaba lejos, con lo cual cuando terminaba la primera arraca la mezquita ya estaba llena de gente; la segunda arraca la rezaba con una azora corta, breve.
Aquel día hizo la primera arraca con una azora breve, sucinta; lo mismo hizo con la segunda. Cuando hubo pronunciado la salutación que da fin al rezo unió a sus compañeros y dijo:
—¡Acompañadnos al encuentro de los esposos!
Sus compañeros se quedaron estupefactos y no comprendieron sus palabras. Seguido por éstos Umar llegó hasta la puerta de la ciudad. El muchacho, que había distinguido las banderas de la ciudad en cuanto había aclarado la luz, se acercó hacia la puerta seguido de su esposa. Umar y los musulmanes le salieron al encuentro. Una vez en el interior de Medina, Umar (¡Dios esté satisfecho de él!) mandó preparar un banquete. Los musulmanes se sentaron a la mesa y comieron. El joven consumó el matrimonio y Dios (¡ensalzado sea!) le concedió hijos que combatieron en la senda de Dios y que conservaron, para su vanagloria, el recuerdo de su genealogía. Ambos esposos vivieron la más cómoda de las vidas en la mayor felicidad hasta que les alcanzó el destructor de las dulzuras y el separador de las compañías.

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