El Príncipe Chansah y los monos
Extraído del libro
Las mil y una Noches
Cierto día, el rey Tigmus ordenó a sus soldados que montasen a caballo para salir de caza y de pesca. Le obedecieron, y el rey y su hijo Chansah montaron en sus corceles y empezaron a recorrer campiñas y desiertos dedicados a su deporte favorito, hasta que, al atardecer del tercer día, el príncipe se lanzó en pos de una gacela de color admirable, que corría delante de él. Al ver que la gacela huía, se empeñó en seguirla y aceleró la marcha en pos de la presa, acompañado por siete esclavos de Tigmus, quienes, al ver a su señor lanzado detrás del animal, espolearon a sus corceles de carrera y lo siguieron.
Corrieron sin descanso hasta llegar junto al mar, y entonces todos se precipitaron sobre la gacela para cogerla. El animal, para escapar, se arrojó al agua.
Había una embarcación de pescadores, y la gacela saltó a su interior. Chansah y los esclavos se apearon de los corceles, subieron a la barca y se apoderaron de la gacela. Al disponerse a volver a la costa, el príncipe descubrió una gran isla y dijo a los mamelucos que le acompañaban:
—Desearía llegar hasta la isla.
—Oír es obedecer –replicaron.
Se dirigieron con la barca hacia aquel lugar. Al llegar, desembarcaron y la recorrieron. Después regresaron a la barca, subieron a ella y, llevando siempre consigo la gacela, se dirigieron hacia la tierra de la que habían salido. Pero cayó la tarde, se extraviaron en el mar, y el viento, que empezó a soplar, arrastró la nave hacia el interior del océano.
Durmieron hasta el amanecer, y al despertarse no reconocieron el sitio en que se encontraban, y siguieron navegando.
El rey Tigmus, padre de Chansah. Al no ver a su hijo y creer que lo había perdido, ordenó a los soldados que se dividieran en grupos y que cada uno siguiese un camino distinto. Emprendieron la búsqueda del hijo del rey, y una sección llegó a la orilla del mar y encontró al mameluco que se había quedado al cuidado de los caballos. Se acercaron a él y le preguntaron por su dueño y por los otros seis mamelucos. Les refirió lo que había sucedido. Tomando con ellos al mameluco y el caballo, regresaron junto al rey y le explicaron todo.
El soberano, al oír tales palabras, rompió a llorar amargamente y, arrojando la corona que llevaba en la cabeza, se mordió las manos de arrepentimiento. En seguida escribió numerosas cartas y las envió a todas las islas del mar; reunió cien navíos, embarcó en ellos su ejército y mandó que recorrieran el mar en busca de su hijo Chansah. Luego, tomando consigo el resto del ejército y de las tropas, regresó a su ciudad muy apenado. La madre, al
enterarse de lo ocurrido, se abofeteó la cara e inició el duelo.
Chansah y los mamelucos que lo acompañaban siguieron perdidos por el mar, y quienes los buscaban recorrieron aquellas aguas durante diez días sin encontrarlos. Entonces regresaron ante el rey y le explicaron lo sucedido. Entretanto, un viento huracanado arrastró la embarcación hasta una isla, Chansah y los seis mamelucos desembarcaron y recorrieron aquel lugar hasta llegar a una fuente de agua corriente, situada en su centro. Cerca de ésta divisaron un hombre que estaba sentado.
Se acercaron a él, lo saludaron, y el hombre les devolvió el saludo. Luego les habló en una lengua que se parecía al gorjeo de los pájaros. Chansah se admiró mucho al oír tal lenguaje. Aquel hombre se volvió a derecha e izquierda, y mientras ellos seguían boquiabiertos, se partió en dos mitades, y cada una de ellas se fue en una dirección distinta. Mientras ellos permanecían inmóviles, se les acercaron hombres de todas clases en innumerable cantidad: aparecían por todas las laderas del monte, y al llegar a la fuente, cada uno de ellos se partía en dos y se acercaba a Chansah y a los mamelucos para devorarlos. El príncipe, al ver que aquellos hombres se disponían a comérselos, huyó, junto con sus mamelucos, perseguido por aquellos hombres, que lograron devorar a tres de sus acompañantes.
Los otros tres, con Chansah, consiguieron subir a la barca y empujar ésta hacia el centro del mar. Navegaron noche y día sin saber adónde los llevaba la nave: habían matado a la gacela, y de ella se alimentaban. Los vientos los empujaron a otra isla que tenía árboles, ríos, frutos y jardines; los frutos eran de todas clases, y los ríos corrían al pie de los árboles: parecía que la isla era un paraíso.
Chansah se admiró al ver aquella isla, y preguntó a los mamelucos:
—¿Cuál de vosotros desembarcará para darnos noticia de cómo es?
Uno de los mamelucos se ofreció:
—Yo iré a ver de qué se trata y os traeré informes.
Chansah replicó:
—Eso no puede ser. Desembarcad los tres y averiguad qué hay en la isla, mientras yo espero vuestro regreso en la barca.
Chansah hizo desembarcar a los tres esclavos para que fuesen de descubierta. Saltaron a tierra, la recorrieron por Levante y Poniente y no encontraron a nadie. Después avanzaron hacia el centro y hallaron una ciudadela de mármol blanco, cuyos edificios eran de cristal purísimo. En el centro había un jardín con toda clase de frutos secos y frescos, y que es imposible describir; también había aromas de todas clases. La fortaleza encerraba árboles frondosos y frutales; en sus ramas cantaban los pájaros. En el centro de los árboles se encontraba una gran alberca, a cuya orilla se erguía un magnífico pabellón, repleto de sillas, que rodeaban un trono de oro rojo con incrustaciones de gemas y jacintos. Los mamelucos, al ver la belleza de la ciudadela y del jardín, los recorrieron de derecha a izquierda, pero no encontraron a nadie. Salieron de la ciudadela y regresaron junto a Chansah, al que informaron de lo que habían visto. Cuando Chansah, el hijo del rey, hubo oído el informe, les dijo:
—He de ver personalmente tal ciudadela.
El príncipe desembarcó y se marchó con los tres mamelucos. Llegaron a la ciudadela y entraron en ella. Chansah se quedó admirado de la belleza del lugar. Recorrieron el jardín, comieron sus frutos y no descansaron. Al atardecer se dirigieron a las sillas, y Chansah se sentó en el trono colocado en el centro, y a cuyos lados estaban dispuestas las sillas. Una vez sentado, el príncipe empezó a meditar y a llorar, por hallarse separado del solio de su padre, alejado de su país, de sus conciudadanos y de sus parientes. A su lado lloraban los tres mamelucos.
Mientras así estaban, se oyó un enorme tumulto que procedía del mar; se volvieron en aquella dirección y vieron más monos que langostas hay en una de sus nubes. La isla y la ciudadela pertenecían a las monas, las cuales, al ver la barca en que había llegado Chansah, la habían hundido junto a la orilla del mar y habían marchado al encuentro del príncipe, que se encontraba sentado en su ciudadela.
El príncipe se había sentado en el trono, mientras sus esclavos permanecían a derecha e izquierda. La llegada de estos animales los llenó de terror. Una multitud de monas se adelantó, se acercó al trono en que estaba sentado el príncipe y besó el suelo ante él; luego, poniendo la mano en el pecho permanecieron un instante inmóviles. En seguida llegó otro grupo, que llevaba dos gacelas: las sacrificaron, las llevaron a la fortaleza, las desollaron, las hicieron pedazos y las asaron hasta que estuvieron a punto para ser comidas.
Entonces las colocaron en bandejas de oro y plata, extendieron los manteles e hicieron señas a Chansah y a sus compañeros para que comiesen. El príncipe bajó del trono y cenó en compañía de las monas y de los mamelucos, hasta que quedó harto. Luego las monas quitaron los manteles y sirvieron las frutas. Comieron éstas y dieron gracias a Dios (¡ensalzado sea!).
Chansah preguntó a las monas más viejas:
—¿Quiénes sois? ¿A quién pertenece este lugar?
Le contestaron por señas:
—Sabe que este lugar pertenecía a nuestro señor Salomón, hijo de David (¡sobre ambos sea la paz!). Venía aquí una vez al año para contemplarlo, y después se marchaba. Sabe, ¡oh rey!, que tú eres desde ahora nuestro sultán, que nosotras estamos a tu servicio. Come y bebe, pues haremos todo lo que nos mandes.
Las monas se levantaron, besaron el suelo ante él, y cada una de ellas se marchó a sus quehaceres. Chansah durmió en el trono, y los mamelucos pasaron la noche en las sillas que había a su alrededor. Al día siguiente llegaron los cuatro ministros principales de los monos, acompañados por su séquito: fueron llenando la sala, disponiéndose en ella hilera tras hilera. Los ministros se acercaron e indicaron a Chansah que los rigiese con justicia. Después mandaron a los demás monos que se retirasen, y sólo quedaron los que estaban asignados al servicio del rey. Luego aparecieron otros monos trayendo perros que parecían
caballos, con las cabezas sujetas por cadenas. El príncipe quedó admirado del tamaño de los perros. Los ministros de los monos le hicieron señal de que montase y los siguiese. Chansah y sus tres mamelucos montaron en los perros, y, rodeados por el ejército de los monos, se pusieron en camino.
Parecían una nube de langostas: unos iban a pie, y otros montados en los perros; el príncipe estaba boquiabierto ante lo que veía. Pasaron por la orilla del mar, y Chansah, al darse cuenta de que su barca había sido hundida, se volvió a los ministros de los monos y les preguntó:
—¿Dónde está la barca que había aquí?
Le contestaron:
—Sabe, ¡oh rey !, que en cuanto llegaste a nuestra isla, supimos que ibas a ser nuestro sultán, y temiendo que quisieras escaparte cuando nos presentáramos ante ti, hundimos la barca.
Chansah, al oír tales palabras, se volvió a los mamelucos y les dijo:
—Ya no tenemos medio que nos impulse a escapar de estos monos. Tendremos paciencia, puesto que así lo ha decretado Dios (¡ensalzado sea!).
Siguieron caminando hasta llegar a la orilla de un río, junto al cual se encontraba un monte muy elevado. El príncipe lo observó y vio que en él había numerosísimos ogros.
Volviéndose a los monos, les preguntó:
—¿Quiénes son esos ogros?
Le contestaron:
—Sabe, ¡oh, rey !, que esos ogros son nuestros enemigos y que venimos a combatirlos.
Chansah se admiró de ellos y del gran tamaño que tenían: montaban en caballos, y unos tenían cabezas de toro, y otros, de camellos. Los ogros, al ver el ejército de los monos, se lanzaron al ataque hasta llegar a la orilla del río, y empezaron a arrojar piedras tan grandes como columnas, con lo que hicieron una gran mortandad. El príncipe, al ver que los ogros vencían a los monos, gritó a sus mamelucos:
—¡Sacad los arcos y las flechas! ¡Lanzad dardos hasta que los matéis y los alejéis de nosotros!
Hicieron lo que les mandaba su señor, y una gran calamidad cayó sobre los monstruos, pues mataron a muchos y los derrotaron; los vencidos se dieron a la fuga. Los monos, al ver lo que había hecho Chansah, se metieron en el río y, guiados por éste, persiguieron a los ogros hasta que los perdieron de vista, después de infligirles un duro castigo. Siguieron en pos de ellos, hasta llegar a un monte muy elevado. Chansah lo contempló y vio una lápida de mármol, en la que estaba escrito: “Sabe, ¡oh, tú, que has llegado a esta tierra!, que eres sultán de esos monos, que no puedes escaparte de ellos a menos que pases al lado oriental de este monte, lo cual representa una marcha de tres meses, durante los cuales cruzarás entre fieras, ogros, marids y efrits. Después llegarás al océano que circunda al ecúmene; si pasas por el lado occidental, lo cual representa una marcha de cuatro meses, irás a parar al principio del Valle de las Hormigas, y penetrarás en él. No estarás a salvo de dichos animales hasta que alcances un monte elevado, que arde como el fuego y que mide diez días de marcha.” Chansah siguió leyendo en la lápida: “Llegarás entonces a un gran río, cuya corriente es tan veloz que deslumbra la vista. Dicho río se seca todos los sábados. A su orilla hay una ciudad cuyos habitantes son todos judíos, que niegan la fe de Mahoma; entre ellos no hay ningún musulmán. En todo su país no hay más ciudades. Mientras tú permanezcas con los monos, éstos vencerán a los ogros. Sabe que esta lápida la ha escrito Salomón, hijo de David (¡sobre ambos sea la paz!).”
Después de leer aquello, el príncipe rompió a llorar amargamente y, volviéndose hacia sus mamelucos, les explicó lo que en ella había escrito. Montó de nuevo, y el ejército de los monos cerró filas a su alrededor y se pusieron en marcha, muy contentos por la victoria que habían obtenido sobre sus enemigos, y regresaron a su ciudadela. Chansah permaneció en ésta, como sultán de los monos, durante un año y medio. Al cabo de este tiempo ordenó a sus soldados que se dispusieran para salir de caza y de pesca. Montaron a caballo el príncipe, los mamelucos y los monos, y recorrieron campiñas y desiertos y no pararon de ir de lugar en lugar hasta que Chansah reconoció el Valle de las Hormigas, que señalaba la lápida de mármol.
Al verlo, ordenó echar pie en tierra en aquel lugar. Descabalgaron los monos y permanecieron allí, comiendo y bebiendo durante diez días. Una noche, el príncipe llamó aparte a sus mamelucos y les dijo:
—Vamos a huir. Cruzaremos el Valle de las Hormigas y nos dirigiremos a la Ciudad de los Judíos. Tal vez Dios nos libre de estos monos y podamos seguir nuestro camino.
Le contestaron:
—Oír es obedecer.
Esperaron a que hubiese transcurrido parte de la noche, y entonces el príncipe y los mamelucos se incorporaron, tomaron sus armas —espadas, puñales y demás útiles de guerra— y se pusieron a andar desde las primeras horas de la noche hasta la aurora. Los monos, al despertarse, no encontraron a Chansah ni a sus mamelucos y se dieron cuenta de que se les habían escapado.
Un grupo montó a caballo y emprendió el camino oriental, mientras que otro grupo, también montado, se internaba por el Valle de las Hormigas. Éste descubrió al príncipe y a sus mamelucos, que se internaban en el Valle, por lo cual aceleraron la marcha. Chansah y sus mamelucos los descubrieron a su vez, y apretaron la marcha.
Apenas había transcurrido una hora cuando ya los monos los atacaban e intentaban darles muerte. Pero de repente aparecieron las hormigas, que salieron de debajo del suelo como una nube de langosta; cada una de ellas tenía el tamaño de un perro.
Al ver a los monos se lanzaron contra ellos y se comieron unos cuantos; los monos mataron gran cantidad de hormigas, pero la victoria fue de éstas; una sola hormiga podía lanzarse contra un mono, atenazarlo con las mandíbulas y partirle en dos mitades, mientras que sólo un grupo de diez monos podía montarse en una hormiga, dominaría y partirla en dos. El combate, encarnizadísimo por ambos bandos, duró hasta la caída de la tarde; al oscurecer, Chansah y sus mamelucos escapaban por el fondo del Valle.
Al amanecer, los monos volvieron a dar alcance al príncipe. Éste, al verlos, gritó a sus mamelucos:
—¡Atacadlos con las espadas!
Desenvainaron y cargaron contra los monos, que se acercaban a derecha e izquierda. Un mono gigantesco, con unos caninos que parecían los colmillos de un elefante, arremetió contra uno de los mamelucos y, de un mordisco, lo partió en dos. Los monos cargaron en tromba contra Chansah, pero éste consiguió huir hacia el fondo del Valle, en el cual distinguió un gran río, en cuya orilla había una cantidad enorme de hormigas. Éstas, al ver que el príncipe se acercaba, lo rodearon.
Un mameluco, con la espada, partió una hormiga en dos. El ejército de las hormigas, al ver esto, cerró filas en torno al mameluco y lo mató. Mientras ocurría esto, los monos descendían de la cima del monte y volvían a cercar a Chansah, el cual al ver la obstinación con que lo perseguían, se desnudó y se arrojó al río. Lo mismo hizo el último esclavo que le quedaba. Nadaron hasta llegar al centro de la corriente. Chansah distinguió un árbol en la orilla opuesta, extendió la mano hacia una de sus ramas, la agarró, tiró de ella y subió a la orilla. En cambio, la corriente pudo más que el mameluco y lo arrastró hacia el monte, contra el cual quedó destrozado. El príncipe se quedó solo en tierra firme: escurrió sus vestidos y los secó al sol, mientras entre monos y hormigas se desarrollaba un encarnizado
combate. Después, los monos se retiraron hacia su país.
Chansah. Lloró hasta la llegada de la tarde. Entonces entró en una cueva y se instaló en ella, lleno de terror y desesperado por la pérdida de sus esclavos. Pasó la noche en ella, hasta la llegada de la aurora. Entonces se puso en marcha y anduvo noches y días comiendo únicamente yerbas. Así llegó a un monte, que ardía como si fuese de fuego. Cruzó por él hasta llegar a un río que se secaba todos los sábados. Se dio cuenta de que era un río muy grande en cuya orilla había una populosa ciudad: la ciudad de los judíos, aquella que estaba descrita en la lápida.

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