El Príncipe Chansah y el Rey de los Pájaros
Extraído del libro
Las mil y una Noches
El Príncipe Chansah recorrió el monte durante dos meses comiendo hierbas. Anduvo sin interrupción hasta llegar a sus estribaciones. Una vez en su falda, descubrió a lo lejos un valle repleto de árboles, frutos y pájaros. Loó a Dios, el Único, el Todopoderoso, y se alegró muchísimo al reconocer dicho valle. Se dirigió hacia él, andando sin descanso durante una hora, hasta llegar a una hondonada por la que corría un torrente; siguiendo el curso de éste, llegó al valle que había visto y lo examinó a derecha e izquierda. Sin dejar de mirar a todas partes, llegó a un palacio muy alto, que se remontaba por los aires.
Se acercó, y al llegar a la puerta encontró a un anciano de buen aspecto, cuyo rostro irradiaba luz. Tenía en la mano un bastón de jacinto y permanecía junto a la puerta del palacio. El príncipe se acercó a él y lo saludó. El anciano le devolvió el saludo, le dio la bienvenida y le dijo:
—¡Siéntate, hijo mío! –Chansah se sentó junto a la puerta.
El jeque le preguntó:
—¿Por dónde has llegado a esta tierra, que jamás ha pisado un hijo de Adán? ¿Adónde vas?
El príncipe rompió a llorar amargamente al oír las palabras del anciano, pues recordó lo mucho que había sufrido; el llanto lo ahogaba.
El jeque lo consoló:
—¡Hijo mío! Deja de llorar, pues laceras mi corazón.
Fue a buscar algo de comer, se lo puso delante y lo invitó:
—Come.
Chansah comió hasta quedar harto y dio gracias a Dios (¡ensalzado sea!). Luego el jeque insistió:
—¡Hijo mío! Quiero que me cuentes tu historia y me refieras lo que te ha ocurrido.
El príncipe se echó a llorar y le contó todo lo que le había sucedido, desde el principio de sus aventuras hasta su llegada allí. El viejo se admiró muchísimo al oír el relato. Chansah le preguntó:
—Quiero que me informes de quién es el dueño de este valle y a quién pertenece este magnífico palacio.
—Sabe, hijo mío –replicó el viejo– que el valle y todo lo que contiene, así como este palacio y sus dependencias, pertenecen a Salomón, hijo de David (¡sobre ambos sea la paz!). Yo me llamo el jeque Nasr, rey de los pájaros. Sabe que el señor Salomón me ha confiado este palacio, me ha enseñado el lenguaje de los pájaros y me ha nombrado gobernador de todos los que hay en el mundo. Una vez al año vienen los pájaros a este alcázar. Yo les paso revista y después se van. Ésta es la causa de que yo viva aquí.
Chansah lloró amargamente al oír las palabras del jeque Nasr. Le dijo:
—¡Padre mío! ¿De qué medio me valdré para regresar a mi país?
—Sabe, ¡oh, hijo mío!, que estás en las inmediaciones del Monte Qaf y que no puedes marcharte hasta que lleguen los pájaros. Yo te confiaré a uno de ellos, que te conducirá a tu país. Quédate conmigo en este alcázar, come, bebe y distráete en estos lugares, hasta que lleguen los pájaros.
El príncipe se quedó con el anciano y se dedicó a recorrer el valle, a comer sus frutos, a distraerse, reírse y jugar. Vivió en la más muelle de las vidas hasta que llegaron los pájaros, procedentes de sus domicilios, para rendir visita al jeque Nasr. Éste, cuando supo que llegaban las aves se puso de pie y dijo al príncipe:
—¡Chansah! Coge estas llaves y abre las habitaciones del alcázar. Puedes ver lo que contienen, excepción hecha de tal departamento: guárdate de abrirlo. Si me desobedeces, lo abres y entras, jamás conseguirás ningún bien.
Hizo esta recomendación al príncipe, insistió en ella y se marchó a recibir a los pájaros. Éstos, al ver al jeque Nasr, se acercaron a él y le fueron besando las manos, especie tras especie. Chansah se puso en pie, empezó a recorrer el alcázar y visitó todas las habitaciones hasta llegar a aquella que el jeque Nasr le había prohibido abrir. Miró la puerta de la habitación y quedó admirado, puesto que tenía una cerradura de oro. Se dijo: “Esta habitación es más hermosa que todas las otras. ¡Ojalá supiera qué hay en ella y qué ha impulsado al jeque a prohibirme la entrada! He de entrar y ver qué es lo que contiene. Lo que está destinado al siervo, debe cumplirse”.
Alargó la mano, abrió la puerta de la habitación y entró. Vio que tenía un gran estanque, y que al lado de éste había un pabellón pequeño, construido de oro, plata y cristal; las ventanas eran de rubí; el suelo, de berilo verde; esmeraldas y gemas engarzadas en él, hacían las veces del mármol. En el centro se levantaba un surtidor de oro, lleno de agua, y
alrededor de él, figuras de animales y pájaros, de oro y plata; el agua salía de su interior. Al soplar el viento y penetrar por sus oídos, cada una de estas figuras cantaba con la voz propia de la especie que representaba. Al lado del surtidor había un gran salón, en el cual se encontraba un enorme trono de rubíes, con perlas y gemas incrustadas. Encima había un palio de seda verde, cuajado de aljófares y piedras valiosísimas: tenía unas cincuenta brazas de anchura, y debajo del mismo había una sala en la que se guardaba el tapete que había pertenecido a Salomón (¡sobre él sea la paz!).
Chansah vio que aquel alcázar estaba rodeado por un gran jardín que tenía árboles, frutas y riachuelos. En torno al mismo había sembrados de rosas de color, mirtos, rosas blancas y toda clase de olorosas flores. Cuando soplaba el céfiro, los árboles cimbreaban sus ramas. El príncipe comprobó que en aquel jardín había árboles de todas las especies y frutos secos y frescos, y que todo ello estaba contenido en aquel departamento. Al comprobarlo, quedó maravillado y empezó a recorrer el jardín y el pabellón, admirando todos los prodigios que contenían. Miró la alberca y descubrió que sus guijarros eran piedras preciosas, aljófares de gran valor, gemas incomparables.
En el departamento vio gran cantidad de cosas, entró en el pabellón y subió al trono, que estaba colocado sobre una plataforma situada en el lado del surtidor; pasó al gabinete que había encima y durmió un rato en él. Al despertarse empezó a andar, salió por la puerta de la habitación y se sentó en una silla que había delante de la misma. Estaba admirado de lo hermoso del lugar.
Entonces llegaron tres pájaros, que parecían palomos; se posaron al lado del estanque, jugaron un rato, se quitaron las plumas que llevaban puestas y se transformaron en tres muchachas que parecían lunas: en todo el mundo no había otras iguales. Se metieron en la alberca, nadaron, jugaron y se rieron. Al verlas, Chansah quedó pasmado de su hermosura, de su belleza, de la perfección de sus proporciones. Salieron del agua y empezaron a recorrer y contemplar el jardín.
El príncipe, al verlas salir, casi perdió el conocimiento: se puso de pie y avanzó para alcanzarlas. Al llegar cerca, las saludó y ellas le devolvieron el saludo.
Las interrogó:
—¿Quiénes sois, hermosas señoras? ¿De dónde venís?
La pequeña replicó:
—Venimos de los reinos de Dios (¡ensalzado sea!) para distraernos en este lugar.
El príncipe, pasmado de su belleza, dijo a la pequeña:
—Ten compasión de mí, sé indulgente conmigo e interésate por mi estado y por lo que me ha ocurrido en mi vida
—¡No importunes y sigue tu camino!
Chansah lloró desconsoladamente al oír aquellas palabras, exhaló profundos suspiros, las jóvenes se rieron, jugaron, cantaron y se entretuvieron. El joven les llevó algunos frutos: comieron, bebieron y pasaron la noche en compañía de Chansah.
Al día siguiente, por la mañana, se pusieron los vestidos de plumas, tomaron el aspecto de aves y levantaron el vuelo para dirigirse a sus ocupaciones. El príncipe estuvo a punto de perder el conocimiento al ver que se transformaban en pájaros y que desaparecían de su vista; lanzó un grito terrible y cayó desmayado.
Así permaneció durante todo el día. Mientras él estaba tumbado en el suelo, el jeque Nasr, que había vuelto de su reunión con los pájaros, empezó a buscar a Chansah para confiárselo a las aves y devolverlo así a su país. Al no encontrarlo, sospechó en seguida que había entrado en la habitación prohibida.
El jeque había dicho a los pájaros:
—Tengo conmigo un joven al que los hados han traído a esta tierra desde un país lejano. Quiero que lo toméis con vosotros y lo conduzcáis a su patria.
Le habían contestado:
—Oír es obedecer.
El jeque Nasr buscó sin descanso a Chansah hasta llegar a la puerta de la habitación que le había prohibido abrir. La halló abierta. Entró y vio al príncipe desmayado, tendido al pie de un árbol. Le llevó un poco de agua perfumada, le roció la cara, recuperó el conocimiento y miró a derecha e izquierda. Al ver que sólo estaba el anciano a su lado, aumentó su pesar
—¡Hijo mío! ¿No te había dicho que no abrieses la puerta de la habitación y que no entrases? ¡Cuéntame qué es lo que has visto! Refiéreme tu historia y dame a conocer lo que te ha ocurrido.
El príncipe se lo contó todo y le informó de lo que le había ocurrido con las tres muchachas mientras él había estado allí. El jeque, al oír sus palabras, le dijo:
—Sabe, hijo mío, que esas muchachas son hijas de genios. Cada año vienen a este lugar, juegan y se divierten hasta la caída de la tarde, y después regresan a su país.
—¿Dónde está su país? –preguntó Chansah.
—En verdad, hijo mío, no lo sé. Pero ven conmigo, ten valor y yo te enviaré a tu país con los pájaros. ¡Aleja de ti ese amor!
El príncipe dio un grito al oír aquellas palabras y cayó desmayado.
Al volver en sí, replicó:
—¡Padre mío! Yo no puedo regresar a mi país hasta que me haya desposado con esas muchachas. Sabe, padre mío, que no volveré a acordarme de mi familia aunque tenga que morir a tu lado. –Lloró y añadió– Yo me contento con ver la cara de la que amo, aunque sólo sea una vez al año.
El príncipe se arrojó a los pies del jeque Nasr, se los besó y le dijo:
—¡Ten misericordia de mí, y Dios la tendrá de ti! ¡Ayúdame en mis dificultades, y Él te ayudará!
El jeque replicó:
—¡Hijo mío! ¡Por Dios! No conozco a esas muchachas y no sé cuál es su país. Si te has enamorado de una de ellas, quédate conmigo para volver a verlas dentro de un año, pues volverán en este mismo día del próximo año. Cuando esté próxima su llegada, te esconderás en el jardín, debajo de un árbol. Al posarse junto a la alberca, se pondrán a nadar, a jugar y se alejarán de sus vestidos. Coge entonces el que pertenezca a aquella a la que amas. Cuando lo vean, saltarán a tierra para vestirse. Aquella a la que quites el vestido, te dirá con palabras dulces, y sonriendo amablemente: ‘Dame el vestido, hermano mío, para que pueda vestirme y taparme’. Si escuchas sus palabras y se lo entregas, jamás llegarás a conseguir tu deseo, puesto que se lo pondrá, se marchará al lado de sus familiares y no volverás a verla nunca más. Pero si te apoderas del vestido y lo conservas en tu poder, colocándotelo debajo del brazo, y no se lo entregas hasta que yo regrese de la reunión de los pájaros, os pondré de acuerdo y te mandaré a tu país en su compañía. Esto es lo único que puedo hacer por ti, hijo mío.
El corazón del príncipe se tranquilizó al oír las palabras del anciano, y permaneció con éste otro año, durante el cual contaba los días transcurridos en espera del regreso de los pájaros. Próxima ya la fecha, el jeque Nasr dijo a Chansah:
—Obra según te he recomendado con los vestidos de las muchachas: yo voy a recibir a los pájaros.
—¡Oír es obedecer, padre mío! –replicó el príncipe.
El jeque salió al encuentro de los pájaros. Una vez se hubo marchado, Chansah entró en el jardín y se escondió debajo de un árbol, en dónde no podían verlo. Permaneció así el primero, el segundo y el tercer días, sin que apareciesen las muchachas. Estaba intranquilo, lloraba, y los gemidos brotaban de su corazón entristecido. No paró de llorar hasta perder el conocimiento.
Al cabo de un rato volvió en sí y empezó a mirar el cielo, la tierra y el estanque. Su corazón palpitaba violentamente. En esto aparecieron en los aires tres pájaros que parecían palomos, aunque del tamaño de águilas. Se posaron junto al estanque, se volvieron a derecha e izquierda, y, no viendo a ningún ser humano ni a ningún genio se quitaron los vestidos, se metieron en el estanque y empezaron a jugar, a reírse y a solazarse desnudas, de tal modo que parecían lingotes de plata.
La mayor de ellas dijo:
—Temo, hermanas mías, que haya alguien oculto en ese pabellón.
La mediana replicó:
—¡Hermana! ¿No sabes que es de la época de Salomón y que no han entrado en él genios ni hombres?
La pequeña intervino, riendo:
—¡Por Dios, hermanas! Si hay alguien oculto en ese lugar, es sólo para raptarme a mí.
Jugaron y rieron mientras el corazón de Chansah palpitaba por el exceso de pasión; oculto debajo del árbol, las veía sin ser visto por ellas. Nadaron hasta llegar al centro del estanque, con lo que se alejaron de sus vestidos. El príncipe se puso de pie, corrió velozmente y cogió el vestido de la pequeña, aquella de la cual se había enamorado su corazón y que se llamaba Samsa. Las muchachas se volvieron y vieron a Chansah. El corazón les latió desacompasadamente, se metieron bajo el agua y se acercaron a la orilla. Comprobaron que el rostro del príncipe era como el de la luna en una noche de plenilunio.
Le preguntaron:
—¿Quién eres? ¿Cómo has llegado hasta este lugar para robar el vestido de la señora Samsa?
—Acercaos a mí y os contaré lo que me ha ocurrido.
La señora Samsa interrogó:
—¿Cuál es tu historia? ¿Por qué has cogido mis ropas? ¿Cómo es que me has reconocido entre mis hermanas?
—¡Luz de mis ojos! Sal del agua para que te cuente mi historia. Te referiré todo lo que me ha ocurrido y te explicaré cómo te conozco.
—¡Señor mío! ¡Luz de mis ojos y fruto de mi corazón! Dame el vestido para que me pueda tapar e iré junto a ti.
—¡Hermosa señora! No puedo darte el vestido, pues el amor me mataría. No te lo entregaré hasta que llegue el jeque Nasr, rey de los pájaros.
La señora Samsa, al oír estas palabras, replicó al príncipe:
—Si no me quieres dar el vestido, aléjate un poco para que puedan salir mis hermanas a la orilla, vestirse y darme algo con que taparme.
—Oír es obedecer –replicó Chansah.
Se dirigió hacia el pabellón y entró. La hermana mayor de la señora Samsa dio a ésta un pedazo de su vestido, con el cual no podía levantar el vuelo, y se lo puso. La señora Samsa
se mostró como si fuera la luna cuando sale o una gacela cuando retoza, y echó a andar hasta llegar al lado del príncipe. Lo halló sentado en el trono. Lo saludó, se sentó cerca de él y le dijo:
—¡Rostro hermoso! Tú eres aquel que me ha matado y que se ha matado a sí mismo. Pero cuéntanos lo que te ha ocurrido para que sepamos tu historia.
Chansah rompió a llorar al oír estas palabras de la señora Samsa, y las lágrimas calaron sus vestidos. La joven, al darse cuenta de que estaba enamorado de ella, se puso de pie, lo cogió de la mano, lo hizo sentar a su lado y le secó las lágrimas con su propia manga, diciendo:
—¡Rostro hermoso! Deja de llorar y refiéreme qué es lo que te ha ocurrido.
El príncipe le explicó lo que le había sucedido y lo que había visto. La señora Samsa, al oír sus palabras, suspiró y le dijo:
—¡Señor mío! Si estás enamorado de mí, devuélveme mis vestidos para que me los ponga. Iré, con mis hermanas, a ver a mi familia y le explicaré que te has enamorado de mí. Después regresaré a tu lado y te llevaré a mi país.
El príncipe lloró a lágrima viva al oír estas palabras, y replicó:
—¿Es que Dios te permite darme muerte injustamente?
—¡Señor mío! ¿A causa de qué he de matarte?
—En cuanto te pongas el traje, te irás de mi lado y yo moriré al instante.
La señora Samsa y sus hermanas rompieron a reír al oír estas palabras. La joven dijo:
—¡Tranquilízate! ¡Alegra tus ojos, pues he de casarme contigo!
Se inclinó hacia él, le abrazó, le estrechó contra el pecho y le besó entre los ojos y en la mejilla; permanecieron abrazados una hora. Después se separaron y se sentaron en el trono. La hermana mayor salió del pabellón y se dirigió al jardín: cogió algunos frutos y plantas olorosas y se los llevó. Comieron, bebieron, disfrutaron, rieron y jugaron. El príncipe era muy bello, esbelto y bien proporcionado.
La señora Samsa le dijo:
—¡Amigo mío! Te juro por Dios que te quiero con un gran amor y que jamás me separaré de ti.
El joven se tranquilizó al oír sus palabras, se echó a reír y siguieron jugando. En esto apareció el jeque Nasr, que regresaba de su reunión con los pájaros. Cuando llegó, todos se pusieron de pie, lo saludaron y le besaron las manos. El jeque les dio la bienvenida. Después los invitó a sentarse, y así lo hicieron.
Nasr dijo a la señora Samsa:
—Este joven te ama apasionadamente. Trátalo bien en nombre de Dios, pues es un personaje importante, hijo de rey es; su padre gobierna el país de Kabul y posee un vasto imperio.
La señora Samsa, al oír estas palabras, replicó:
—Oír tu orden es obedecerla.
Luego besó la mano del jeque Nasr y permaneció de pie delante de él.
El jeque le dijo:
—Si lo que dices es verdad, júrame en nombre de Dios que no lo traicionarás jamás en la vida.
La muchacha prestó juramento solemne de no traicionarlo jamás y de casarse con él. Luego añadió:
—Sabe, jeque Nasr, que no me apartaré jamás de su lado.
Una vez la señora Samsa hubo jurado, el jeque dijo a Chansah:
—¡Loado sea Dios, que os ha puesto de acuerdo!
El príncipe se alegró muchísimo. Él y la señora Samsa se quedaron tres meses con el jeque Nasr comiendo, bebiendo, jugando y riendo. Transcurrido este tiempo, la señora Samsa dijo:
—Quiero que nos marchemos a tu país y que te cases conmigo. Viviremos allí.
—¡Oír es obedecer! –contestó el príncipe.
Éste pidió consejo al jeque Nasr, diciendo:
—Queremos ir a mi país
Y le explicó todo lo que le había dicho la señora Samsa. El jeque le contestó:
—Idos, pues, y cuida de ella.
—Oír es obedecer –concluyó el príncipe.
La joven pidió su vestido, diciendo al jeque:
—Dile que me entregue mi vestido para que pueda ponérmelo.
El jeque intervino:
—¡Dale el vestido!
El príncipe replicó:
—¡Oír es obedecer!
Y fue corriendo al pabellón, regresó con el vestido y se lo entregó a la joven. Ella lo cogió y se lo puso. Luego dijo a Chansah:
—Súbete en mi espalda, cierra los ojos y tápate los oídos para que no oigas la música de las esferas que giran mientras vamos volando. Cógete bien a las plumas de mi vestido y procura no caerte.
El príncipe se subió a horcajadas. Estaba ya a punto de remontar el vuelo, cuando el anciano dijo a la muchacha:
—¡Espera! Voy a describirte el país de Kabul, pues temo que os equivoquéis de camino.
Ella permaneció quieta mientras le describía el país y le recomendaba a Chansah. Ambos se despidieron de él, y Samsa saludó a sus hermanas y les dijo:
—Volved junto a la familia y explicadle lo que me ha ocurrido con el príncipe.
Levantó el vuelo en seguida, veloz como los vientos o el relámpago, mientras sus hermanas se elevaban con otro rumbo, para informar a su familia de lo que había sucedido a la señora Samsa con Chansah.

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