El Príncipe Chansah en la ciudad de los Judíos.

El Príncipe Chansah en la ciudad de los Judíos.

El Príncipe Chansah en la ciudad de los Judíos.

Extraído del libro
Las mil y una Noches

El Príncipe Chansah andaba sin rumbo. Encontró una cueva y se instaló en ella, lleno de terror y desesperado porque estaba solo. Pasó la noche en ella, hasta la llegada de la aurora. Entonces se puso en marcha y anduvo noches y días comiendo únicamente yerbas. Así llegó a un monte, que ardía como si fuese de fuego. Cruzó por él hasta llegar a un río que se secaba todos los sábados. Se dio cuenta de que era un río muy grande en cuya orilla había una populosa ciudad: la ciudad de los judíos, aquella que estaba descrita en la lápida. 

Permaneció en el lugar en que se encontraba, hasta la llegada del sábado, hasta que el río se secó. Lo cruzó y llegó a la ciudad, en la que no vio a nadie. La recorrió hasta llegar a la puerta de una casa. La abrió y entró: sus ocupantes permanecían mudos. 

Les dijo: 

—Soy un extranjero hambriento. 

Le dijeron por señas: 

—Come y bebe, pero no hables. 

Se sentó con ellos, comió, bebió y durmió allí aquella noche. Al anochecer, el dueño de la casa lo saludó, le dio la bienvenida y le preguntó: 

—¿De dónde vienes? ¿Adónde vas?

Chansah rompió a llorar al oír las palabras del judío, le refirió su historia y le habló de la ciudad de su padre. El judío quedó admirado y le replicó: 

—Jamás hemos oído hablar de esa ciudad. Sólo hemos oído decir a las caravanas de comerciantes, que hay un país llamado el Yemen. 

El príncipe le dijo: 

—Ese país del que te han hablado los comerciantes, ¿está lejos de aquí?

—Los caravaneros aseguran que desde su país hasta aquí tardan dos años y tres meses. —¿Cuándo llega la caravana?

—El año próximo.

Al oír estas palabras, el príncipe rompió a llorar amargamente y se entristeció por lo que les había ocurrido a él y a sus mamelucos, por encontrarse separado de su padre y de su madre y por todo lo sucedido en el curso del viaje. 

El judío lo animó: 

—¡No llores, muchacho! ¡Quédate con nosotros hasta que llegue la caravana, y te enviaremos con ella hacia tu país!

El príncipe aceptó y se quedó con el judío dos meses; todos los días recorría las callejas de la ciudad. En cierta ocasión en que, como de costumbre, paseaba de un lado para otro, oyó a un pregonero que decía: 

—¿Quién quiere ganar mil dinares y una esclava hermosa, de portentosa belleza, trabajando para mí desde la mañana hasta el mediodía?

Nadie le contestó. Chansah, al oír las palabras del pregonero, se dijo: “Si el trabajo no fuera peligroso, el anunciante no ofrecería mil dinares y una esclava hermosa por un trabajo que sólo dura desde la mañana hasta el mediodía”. 

El príncipe se acercó al pregonero y le dijo:

—Yo haré ese trabajo. 

Al oírlo, lo tomó consigo y lo condujo a una casa magnífica. Entraron los dos, y el príncipe se dio cuenta de que se encontraba en un hogar de persona acomodada. Había allí un comerciante judío, sentado en una silla de ébano. El pregonero se quedó en pie delante de él y le dijo:

—¡Comerciante! Hace ya tres meses que pregono en la ciudad y sólo me ha contestado este joven. 

El comerciante, al oír las palabras del pregonero, dio la bienvenida a Chansah, lo tomó consigo, lo hizo entrar en una magnífica habitación y ordenó a los esclavos que le diesen de comer. Extendieron los manteles y sirvieron toda suerte de guisos. El comerciante y el príncipe comieron y se lavaron las manos. Después sirvieron los sorbetes y bebieron. Luego el comerciante se incorporó, entregó a Chansah una bolsa con mil dinares e hizo entrar una esclava preciosa, guapísima. 

Le dijo: 

—Coge esta esclava y el dinero, a cambio del trabajo que harás. 

El príncipe lo cogió e hizo sentarse a la esclava a su lado. 

El comerciante le dijo: 

—Mañana harás el trabajo. 

Después se marchó de la habitación, y Chansah pasó aquella noche con la joven. Al día siguiente, por la mañana, se marchó al baño. El comerciante mandó a sus esclavos que le llevasen una túnica de seda. Le entregaron un magnífico manto, lo esperaron a que saliera del baño, le pusieron el manto y lo acompañaron de nuevo a la casa. El comerciante ordenó a sus esclavos que le llevasen el arpa, el laúd y los sorbetes, y así lo hicieron. Pusiéronse a beber, a jugar y a divertirse, hasta que hubo transcurrido la mitad de la noche. 

Entonces el comerciante se retiró a su habitación, y Chansah estuvo con la esclava hasta el amanecer. Fue al baño, y al regresar de éste, se le acercó el comerciante, el cual le dijo:

—Quiero que me hagas el trabajo. 

—¡Oír es obedecer! –replicó el príncipe. 

El comerciante mandó a los esclavos que le llevasen dos mulas. Así lo hicieron. Montó en una de ellas y ordenó a Chansah que hiciera lo mismo con la otra. Le obedeció. El príncipe y el comerciante cabalgaron hasta el mediodía, hora a la cual llegaron a un monte muy alto, cuya cima se perdía en las nubes. El comerciante descabalgó y ordenó a Chansah que hiciese lo mismo. Dio a éste un cuchillo y una cuerda, y le dijo: 

—Quiero que sacrifiques esta mula. 

El príncipe se remangó los vestidos, se acercó a la mula, le ató las cuatro patas con la cuerda y la tumbó en el suelo; cogió el cuchillo, la degolló y le cortó las cuatro patas y la cabeza, con lo cual quedó transformada en un montón de carne. 

El comerciante dijo entonces: 

—Te mando que le abras el vientre y te introduzcas en él. Yo lo coseré y tú te quedarás dentro. Permanecerás en él una hora y me irás explicando todo lo que veas en su interior. Chansah abrió el vientre del animal, se metió en él y el comerciante lo cosió, lo abandonó y se alejó ocultándose en un recoveco del monte. Al cabo de un rato cayó sobre la mula un pájaro enorme, la agarró y remontó el vuelo hasta la cima del monte. Quiso comérselo, mas el príncipe, al darse cuenta de las intenciones del animal, abrió el vientre de la mula y salió. El pájaro se asustó al verlo, levantó el vuelo y se marchó. Chansah se puso en pie, empezó a mirar a derecha e izquierda y no vio a nadie: sólo había allí cadáveres de hombres que se habían secado al sol. 

Al descubrirlos, se dijo: “¡No hay fuerza ni poder sino en Dios, el Altísimo, el Grande!” Miró hacia el pie del monte y descubrió al comerciante, que lo estaba observando. 

Al verlo, le gritó: 

—¡Échame las piedras que están a tu alrededor y te indicaré el camino para bajar!

Chansah le arrojó cerca de doscientas piedras: eran jacintos, crisolitas y piedras preciosas. Luego el príncipe le dijo: 

—¡Muéstrame el camino y volveré a echarte piedras otra vez!

El comerciante recogió las piedras, las cargó en la mula que había montado y se marchó sin contestarle.




Unete a nuestros canales para no perderte nada

Luna
Sígueme
Últimas entradas de Luna (ver todo)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *



Descubre más desde Afectos

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Afectos
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.