EL PRÍNCIPE ASCETA – Las mil y una Noches

EL PRÍNCIPE ASCETA – Las mil y una Noches
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EL PRÍNCIPE ASCETA

Extraído del libro
Las mil y una Noches

Se cuenta que el Emir de los creyentes, Harún al-Rasid, tuvo un hijo que a la edad de dieciséis años se retiró del mundo y aceptó la regla de los ascetas y devotos. Acostumbraba a visitar los cementerios y decía: 

– ¡Erais los dueños del mundo, pero eso no os ha salvado puesto que habéis bajado a la tumba! ¡Ojalá supiera qué es lo que habéis dicho y qué es lo que se os ha dicho! – Lloraba de un modo terrible y desgarrador y recitaba las palabras del poeta: – Los entierros me asustan en cualquier momento y el llanto de las plañideras me entristece.

Cierto día el Califa pasó por su lado rodeado de su séquito: le escoltaban los ministros, los grandes del reino y los magnates del Imperio. Se dieron cuenta de que el hijo del Emir de los creyentes llevaba una aljuba de lana encima del cuerpo y que le ceñía la cabeza una cinta del mismo material. Se decían los unos a los otros: 

–  Este crío constituye la vergüenza del Emir de los creyentes ante los demás reyes. Si éste le riñese abandonaría la vida que lleva. – El Emir de los creyentes oyó estas palabras y le dijo: 

– ¡Hijo mío! Tú me avergüenzas con la vida que llevas. – El joven le miró y no le contestó. A continuación miró a un pájaro que estaba en una de las almenas del palacio y le dijo: 

– ¡Pájaro! ¡Por el poder de tu Creador baja a posarte en mi mano! – El animal se colocó en la mano del joven. Éste añadió: – ¡Vuelve al lugar que ocupabas! – El pájaro regresó. Después dijo: – ¡Pósate en la mano del Emir de los creyentes! – El ave no quiso descender. El joven dijo a su padre: 

– ¡Emir de los creyentes! ¡Tú eres quien me avergüenza ante los santos por el mucho cariño que tienes a los bienes mundanales! He decidido separarme de ti y no regresaré a tu lado si no es en la otra vida.

El joven se marchó a Basora y empezó a trabajar como alfarero ganando cada día un dirhem y un daniq. El daniq le servía para alimentarse y daba el dirhem de limosna. Abu Amir al-Basrí refiere: 

– Una pared de mi casa se derrumbó y me dirigí al lugar en que se estacionaban los obreros para contratar a un hombre que me la levantase. Mi vista cayó en un hermoso joven que tenía un rostro radiante. Le saludé y le dije: “¡Amigo mío!: ¿querrías trabajar?”Sí.” “Acompáñame y levantarás una pared.” “Antes te he de imponer una condición.” “¿Cuál es, amigo mío?”, le pregunté. Me respondió: “Mi jornal será de un dirhem y un daniq y cuando el almuédano llame a la oración me permitirás que acuda a rezar con la comunidad”. “Acepto”, le repliqué. Le tomé conmigo y le llevé a mi casa. Trabajó de una manera tal como nunca había visto con anterioridad. Le recordé que había llegado la hora de la comida y me dijo: “¡No importa!” Entonces me di cuenta de que estaba ayunando. Al oír el llamamiento a la plegaria me dijo: “Ya sabes la condición”. “”, le contesté. Se quitó la túnica, y realizó las abluciones de manera tan hermosa como yo no había visto nunca. Después se marchó a la oración y rezó con la comunidad. Regresó, en seguida, al trabajo y cuando oyó la llamada del asr hizo las abluciones y corrió a rezar; después regresó al trabajo. Yo le dije: “¡Amigo mío! Ya ha terminado la jornada de trabajo, pues para los obreros termina con la oración del

asr”. Contestó: “¡Gloria a Dios! Mi jornada dura hasta la noche”. Trabajó hasta la caída de la tarde y yo le di dos dirhemes. Me preguntó: “¿Qué significa esto?” Le dije: “¡Por Dios! Éste es el salario que te mereces por lo que te has esforzado en servirme”. Me tiró los dos dirhemes exclamando: “No deseo propinas sobre lo que hemos acordado entre nosotros”. No pude convencerle, le di el dirhem y el daniq y se marchó. Al día siguiente fui, muy de mañana, al mismo lugar pero no le encontré. Pregunté por él y se me contestó: “Aquí sólo viene los sábados”. 

Al sábado siguiente me dirigí al mismo lugar y le encontré. Le dije: “¡En el nombre de Dios! ¡Favoréceme con tu trabajo!” “¡Con la condición que sabes!” “¡Naturalmente!” Le llevé a mi casa y empecé a observarle sin que él me viese: cogía un puñado de barro, lo colocaba en la pared y las piedras corrían a colocarse unas encima de otras. Yo exclamé: “¡Así obran los santos de Dios!” Trabajó todo el día con mayor rendimiento que el anterior. Al llegar la noche le di su salario: lo cogió y se marchó. El tercer sábado acudí al mismo lugar, pero no le encontré. Pregunté por él y se me contestó: “Está enfermo y yace en la tienda de Fulana”. Era ésta una vieja mujer bien conocida por su piedad; tenía una choza de cañas en el cementerio. Corrí a la cabaña, entré y le encontré tumbado en el suelo, sin nada debajo; apoyaba la cabeza en un ladrillo y su rostro estaba circundado de resplandor. Le saludé y me devolvió el saludo. Me senté junto a su cabeza y empecé a llorar por lo joven que era, porque estaba solo y por lo mucho que se esforzaba en servir al Señor. Le pregunté: “¿Tienes algún deseo?” “¡Sí!” “¿Cuál?” “Vuelve mañana a primera hora: me encontrarás muerto. Lávame, cava mi tumba sin decir nada a nadie y amortájame en esta aljuba que llevo puesta después de descoserla y haber buscado lo que hay en el bolsillo: sacarás lo que éste contiene y lo guardarás. Cuando hayas rezado por mí y me hayas tapado con el polvo irás a Bagdad y esperarás a que el Califa Harún al-Rasid salga de palacio: le entregarás lo que hayas encontrado en mi bolsillo y le darás saludos de mi parte.” A continuación pronunció la profesión de fe, loó a su Señor con las palabras más elocuentes y agregó: “Haz llegar a al-Rasid el depósito de aquél a quien ha llegado la muerte: al hacerlo tendrás tu recompensa. Dile: Un extranjero, que deseaba verte, te ha invocado desde lejos con profundo amor. Ni el odio ni la desgana le alejaron de ti y a que, para él, el besar tu mano, era un acto pío. Pero de ti le separaba, padre mío, el deseo de abstenerse de los bienes de tu mundo”.

Después de esto el muchacho pidió perdón a Dios e imploró la bendición y la paz del Señor de los puros. Recitó algunos versículos del Corán y musitó estos versos: “¡Padre mío! ¡No te dejes extraviar por las satisfacciones del mundo! La vida tiene un fin y los placeres se agotan. Cuando te enteres de los males de un pueblo has de darte cuenta de que tú eres el responsable. Cuando acompañes a un entierro a la tumba, has de saber que tú, después de él, has de ser transportado.

Abu Amir de Basora refiere: 

– Cuando el muchacho hubo terminado de manifestar su última voluntad y de recitar estos versos me marché y me dirigí a mi casa. Al día siguiente, a primeras horas de la mañana, corrí a su lado: lo encontré muerto (¡Dios tenga misericordia de él!). Lo lavé, descosí su aljuba y en el interior encontré un jacinto que debía valer miles de dinares. Me dije: “¡Por Dios! ¡Este muchacho ha practicado en el mundo el más perfecto ascetismo!” Después, una vez que le hube enterrado me marché a Bagdad, me acerqué hasta las inmediaciones del palacio del Califa y me puse a esperar a al-Rasid hasta que salió. Corrí a su encuentro y le entregué el jacinto. Al verlo lo reconoció y cayó desmayado. Sus criados me detuvieron. Al volver en sí ordenó a éstos: “¡Soltadle! ¡Conducidle con los mayores miramientos al alcázar!” Hicieron lo que les había mandado. Cuando hubo regresado a palacio me mandó llamar y me introdujeron ante él. Me preguntó: “¿Qué se ha hecho del dueño de este jacinto?” Le contesté: “¡Ha muerto!” Le conté lo sucedido. Se puso a llorar diciendo: “¡Qué aprovechado ha sido el muchacho! ¡Qué pérdida para el padre!” A continuación gritó: “¡Fulana!” Se presentó una mujer que al verme quiso volver atrás, pero él le dijo: “¡Ven! ¡No te preocupes de éste!” Se acercó y saludó. El Califa le arrojó el jacinto. Al verlo dio un grito terrible y cayó desmayada. Al volver en sí dijo: “¡Emir de los creyentes! ¿Qué ha hecho Dios

de mi hijo?” El Califa me dijo: “¡Cuéntale lo ocurrido!” El soberano empezó a llorar y yo informé a la mujer de lo sucedido. Ella rompió a sollozar diciendo con voz débil: “¡Cuánto deseaba verte de nuevo, regocijo de mis ojos! ¡Ojalá te hubiese podido escanciar de beber cuando no encontrabas a nadie que lo hiciese! ¡Ojalá hubiese sido tu contertulio cuando no tenías con quien hablar!” Derramó abundantes lágrimas y dijo: “Lloro por alguien que ha muerto en el extranjero, solo, sin un amigo al que confiar su pasión. Después de haber sido honrado, de haber tenido numerosa compañía, se ha encontrado solo, aislado, sin nadie. Los hombres pueden darse cuenta de lo que el transcurso de los días encierra: la muerte jamás ha exceptuado a ninguno de nosotros. ¡Oh, ausente! Mi Señor había dispuesto que te marchases, después de haber permanecido a mi lado te alejaste. La muerte me arrebata la esperanza de encontrarte, hijo mío, pero nos veremos mañana, en el día del juicio.

Yo pregunté: “¡Emir de los creyentes! ¿Era tu hijo?” Me contestó: “Sí; antes de hacerme cargo del Califato frecuentaba a los sabios y trataba a las personas pías. Al subir yo al trono se alejó de mí, se marchó de mi lado. Entonces dije a su madre: ‘Este muchacho ha abandonado el mundo para consagrarse a Dios (¡ensalzado sea!); es posible que sufra fatigas y pruebas. Dale ese jacinto para que pueda utilizarlo en un momento de necesidad’. Ella se lo entregó conjurándole a que lo cogiera y la obedeció. Después nos dejó en nuestra vida profana, se alejó de nosotros y ha vivido solo hasta encontrar, puro y temeroso, a Dios, excelso y todopoderoso”. Después añadió: “Muéstrame su tumba”. Salí con él y le acompañé para enseñarle la fosa. Rompió a llorar y a sollozar hasta caer desmayado. Al volver en sí pidió perdón a Dios y exclamó: “¡Nosotros somos de Dios y a Él volvemos!” Rezó por él y después me rogó que me quedase a su lado. Le dije: “¡Emir de los creyentes! El ejemplo de tu hijo es para mí la mayor de las amonestaciones”. Recité estos versos:

Soy extranjero pero no busco refugio junto a nadie:
sería extranjero aunque permaneciese en mi patria.
Soy extranjero: no tengo familia ni hijos;
no tengo a nadie en quien pueda refugiarme.
Busco refugio en las mezquitas y en ellas vivo:
mi corazón jamás se separará de ellas.
¡Loado sea Dios, Señor de los mundos,
por el favor que hace de dejar el espíritu en el cuerpo!»

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