El precio de lo urgente y el valor de lo importante
Aquella mañana, Tomás salió de su casa como todos los días: apurado, con el café a medio terminar y los pensamientos cargados de listas y pendientes. Tenía una agenda apretada, un jefe que no perdonaba llegadas tarde y un celular que no dejaba de vibrar. Mientras bajaba por el ascensor, se percató de que se había olvidado los auriculares. Dudó. Subir a buscarlos le costaría tres minutos. Decidió no hacerlo. Lo urgente no se lo permitía.
Tomás vivía bajo el yugo de la inmediatez. Los correos, los mensajes, las reuniones, los encargos, las alarmas. Todo era para ya. Su vida se había convertido en una carrera de obstáculos, pero sin línea de llegada.
Esa tarde, entre reunión y reunión, recibió un mensaje de su hermana: “Papá está en la clínica. Le dio un dolor fuerte en el pecho. Ya lo están viendo.”
Sintió un puñal en el estómago. Intentó llamar, pero nadie atendía. Pensó en salir corriendo, pero tenía otra llamada en cinco minutos. Mandó un mensaje corto: “Avisame si sabés algo más. Estoy hasta las manos.”
Esa noche, ya en su casa, se enteró de que su padre estaba fuera de peligro. Había sido un susto. Sin duda eso era un gran alivio. Pero, lo que sentía no se parecía al alivio. No lo había acompañado. No lo había abrazado. No había estado.
A la mañana siguiente, frente al espejo, mientras se acomodaba el nudo de la corbata, pensó: ¿Qué estoy haciendo con mi vida?. Se tomó el día. Fue a ver a su padre. Compró medialunas, esas que le gustaban de chico, y se sentaron a charlar largo rato. Hablaron de nada, y de todo. Rieron. Hubo silencio cómodo. Al despedirse, su papá que lo había notado algo afligido por no haber estado en la clínica, le dijo algo que no olvidaría nunca:
—Eres importante, hijo. No necesitas llegar corriendo para que yo sepa que me quieres. Lo mejor que me diste hoy fue venir con tiempo… y quedarte este rato conmigo.Desde entonces, Tomás empezó a distinguir entre lo que lo apuraba y lo que realmente valía. A veces seguía corriendo, sí. Pero ya no a costa de lo esencial. Había entendido que lo urgente grita para imponerse, pero lo importante, aunque espera en silencio, siempre es lo más valioso, es aquello que en lugar de imponerse, se ofrece. Y no siempre podemos recuperarlo una vez que lo perdimos.

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