El pastor y las cabras montesas de Benicio de Seeonee

El pastor y las cabras montesas de Benicio de Seeonee

El pastor y las cabras montesas

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

La tormenta había golpeado toda la noche. El viento bajaba de las montañas con un aullido seco, y la lluvia, espesa, había desbordado los arroyos. Cuando finalmente clareó, el pastor salió a revisar su rebaño. El cielo todavía cargaba nubes abiertas como heridas, y el barro le llegaba hasta los tobillos.

Fue entonces cuando vio, cerca del viejo abedul, a un grupo de cabras montesas empapadas y exhaustas. Se habían separado de su manada durante el temporal. Temblaban, con los flancos hundidos y la mirada alerta, listas para huir si él daba un paso en falso.

El pastor, movido por un impulso de orgullo y un deseo rápido de quedar bien con ellas, decidió tratarlas con especial cuidado. Les ofreció el mejor heno, el más seco, el que guardaba para el invierno. Las llevó al establo principal, desplazando a sus propias cabras hacia un cobertizo improvisado. Les habló con voz suave, casi suplicante, como si buscara su aprobación.

Su rebaño, fiel y acostumbrado a él desde siempre, lo observó en silencio. Pero el pastor estaba completamente dedicado a las cabras extraviadas..

Pasaron tres días. 

Las montesas recuperaron fuerzas. Volvieron a erguir la cabeza con ese orgullo clásico de los animales que pertenecen a la montaña. En cuanto el suelo dejó de ser barro y la luz cortó las nubes, se escabulleron entre los árboles y desaparecieron sin despedirse.

El pastor quedó mirando la ladera vacía, masticando su enojo. ¿Dónde estaba la gratitud? ¿Cómo podían irse después de tanto cuidado?

Una de las cabras, la más vieja, se detuvo apenas unos segundos antes de perderse en la quebrada. Lo miró fijamente.

—Has tratado mejor a unas desconocidas que recién llegan, que a quienes te acompañan desde siempre —dijo—, ¿quién nos asegura que mañana no harías lo mismo con nosotras?

Y se fue.

El pastor regresó a su rebaño. Sus cabras lo recibieron sin reproches, pero él sintió el peso de lo que había hecho: había olvidado quién estaba con él desde el primer día.

Moraleja: Los vínculos de siempre merecen prioridad. No se abandona a quienes han estado allí desde el principio.

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Autor: Benicio de Seeonee

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