El mito de Eco y Narciso

El mito de Eco y Narciso
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El mito de Eco y Narciso

Las ninfas son, deidades menores, seres mágicos de la naturaleza, que por lo general habitan en los lugares más bellos y están dotados de gran inteligencia y talento para cuidar de las plantas y animales que los rodean. Eco era una ninfa del bosque, alegre, juguetona y charlatana. Su voz y su conversación eran tan entretenidas que muchos sentían que podían pasar horas y horas escuchándola.

Narciso, hijo de una ninfa, era un joven que había nacido con una belleza deslumbrante pero con una mala estrella: Tiresias, el adivino, le dijo a la madre de Narciso que el pequeño viviría una larga vida sólo si no veía su imagen en el espejo. Entonces la madre se aseguró de remover todos los espejos de la casa y cualquier objeto en el que pudiera reflejarse, asegurando que su hijo tendría una larga y próspera vida. Porque lo cierto es que su belleza no pasaba desapercibida para nadie. Hombres y mujeres por igual quedaban absolutamente fascinados al verlo. Y, aún si él todavía no se había visto en un espejo, esas reacciones de los demás lo habían vuelto arrogante y vanidoso; tanto así, que consideraba que nadie estaba a su altura y rechazaba a todos los que le manifestaron su amor.

La diosa Hera solía ser una de las que más disfrutaba de charlar con Eco y pasaba mucho tiempo en conversación con ella. Tiempo que su marido, Zeus, aprovechaba para sus aventuras amorosas. Cuando Hera finalmente descubrió que estos momentos con la ninfa cubrían las andanzas de Zeus, se enfureció y la condenó a no hablar más que para repetir la última palabra que escuchara. Asustada y maldecida, la deidad se ocultó en los confines del bosque en una cueva cerca de un río.

Narciso solía internarse en el bosque donde encontraba paz lejos de la mirada de la gente. Eco no salía de su cueva, sin embargo luego de mucho tiempo, sintió la necesidad de retornar a pasear entre las flores y los animales, y aún entristecida por su desventura, se propuso disfrutar de su reencuentro con su mundo.

En la caminata Eco vio no muy lejos de ella un joven caminando. Se acercó con sigilo y al verlo de cerca no pudo evitar enamorarse perdidamente de él. Notó que a diario el muchacho recorría el mismo sendero y ella lo seguía. Una tarde en que, siguiéndolo, sintió que su corazón se desbordaba de amor, y la imposibilidad de hablarle comenzaba a desesperarla; no se dio cuenta y pisó una rama que al quebrarse hizo un ruido que llegó a los oídos de Narciso. El muchacho volteó y al verla se acercó a ella. Intentó hablarle, pero ella solo pudo repetir las últimas palabras que él le decía. Él le seguía preguntando, y ella seguía reiterando la última palabra, su pecho estallaba de amor por el joven, y no lograba decir lo que quería decir.

Cuando finalmente ella pudo expresar sus sentimientos, Narciso, al escuchar sus palabras de amor estalló en una carcajada que se clavó en el corazón de Eco partiéndolo en pedazos. La ninfa entristecida regresó a su cueva llorando y, mientras repetía las palabras de Narciso “qué tonta…tonta”, poco a poco su vida se fue apagando hasta que se volvió roca y parte de la cueva… y desde ese día, de Eco sólo su voz quedó repitiendo las últimas palabras de quienes hablan dentro de una cueva.

Narciso continuó su camino aún riendo por la gracia que le provocaron las palabras de la ninfa. Pero ese hecho no quedó en el olvido, y al llegar a oídos de la diosa Némesis, ésta, a sabiendas de la predicción de Tiresias, provocó en el joven una sed casi incontrolable que lo condujo directo a su perdición.

El muchacho se dirigió hacia el río y se inclinó a beber. Al hacerlo observó en el agua su propio reflejo, ese que él aún no conocía, y se maravilló. Es que no podía creer que hubiera bajo el agua alguien tan bello. Se acercó aún más, olvidando su sed, olvidando comer, olvidándolo todo. Lo único que importaba en ese momento era esa persona que lo había cautivado. Se acercó más y casi podía tocarlo, sin embargo cuando sus dedos, su rostro se acercaba al agua, la imagen desaparecía. 

Se acercó aún más y ya no podía sostenerse en la orilla, pero no importaba porque lo único que importaba era alcanzar esa belleza que lo atraía de esa forma tan intensa. Finalmente, Narciso cayó en el río y se ahogó. En el lugar en que él murió nació una flor muy bella que se conoce con el nombre de Narciso.




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