El león y el ratón
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
El sol del mediodía partía la sabana en dos: un mundo ardiente arriba, otro quieto y polvoriento abajo. Bajo la sombra abierta de un baobab, un león dormía la siesta con la confianza de quien sabe que nada en muchos kilómetros se atrevería a molestarlo. Su respiración profunda hacía vibrar la tierra cercana.
En una de esas curvas caprichosas del destino, un ratón que huía de un halcón encontró refugio entre las raíces del mismo árbol. Corrió sin mirar, buscando cualquier hueco, y en ese desbande terminó trepando por el lomo del león como si fuera una roca más del paisaje.
El rugido que siguió rompió la quietud del mediodía. El ratón quedó paralizado entre dos zarpas enormes, incapaz de otra cosa que no fuera temblar. El león lo miró con fastidio, con esa mezcla de molestia y soberbia de quien se sabe dueño del terreno. Durante un segundo amenazó con cerrarle el paso al aire… pero la desgana pesó más que la furia.
—Vete ya —gruñó, apenas moviendo la cabeza, como si apartara a un insecto.
El ratón escapó a los tumbos, aún sin entender por qué seguía vivo.
Pasaron algunos días.
Una noche de luna floja, unos cazadores colocaron redes entre los matorrales, tensas y bien escondidas. Al amanecer, el león cayó en una de ellas. Se revolcó con toda su fuerza, hizo crujir los troncos cercanos, rugió hasta dejar la garganta ardiendo. Nada cedió. Cada tirón lo atrapaba más.
El ratón, que buscaba semillas no muy lejos, escuchó ese rugido diferente: no era amenaza, era pedido. Llegó hasta la red, vio al gigante atrapado y no dudó. Se metió entre las cuerdas, encontró un nudo, y empezó a roer. Uno, dos, diez mordiscos. Cuerda tras cuerda fue cediendo, hasta que un trozo grande se abrió y el león pudo levantarse.
El rey de la selva quedó de pie, exhausto, con el pecho subiendo y bajando. Miró al ratón. No encontraba palabras. El pequeño animal levantó apenas la cabeza, con una dignidad que parecía demasiada para su tamaño.
—Te debía una —dijo el ratón, antes de perderse otra vez entre las hierbas.
Desde ese día, el león no volvió a subestimar a nadie cuyo tamaño pudiera engañar a primera vista.
Moraleja: La ayuda puede llegar de quien menos se espera. Subestimar a los demás es una forma de quedarse solo cuando más se necesita.
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