El Juez Israelita y su Mujer

El Juez Israelita y su Mujer

EL JUEZ ISRAELITA Y SU MUJER

Extraído del libro
Las mil y una Noches

Se cuenta que un juez israelita tenía una mujer muy hermosa, casta, paciente y de buen carácter. El juez quiso realizar la peregrinación a Jerusalén. Dejó encomendadas sus funciones a su hermano y le confió la esposa. 

El hermano había oído hablar de la belleza y de la hermosura de su cuñada y se había enamorado de ella. Una vez se hubo marchado el juez, corrió a verla y le hizo proposiciones. La mujer se negó y se propuso defender su virtud. Multiplicó las solicitudes, pero ella siguió resistiéndose. Al desesperar de obtenerla pensó que tal vez ella informase a su esposo de sus solicitudes. Entonces mandó llamar falsos testimonios para que la acusasen de adulterio. 

El caso fue elevado al rey de aquel tiempo quien mandó lapidarla. Cavaron una fosa, la metieron en ella y le tiraron piedras hasta cubrirla. El cuñado dijo: 

— ¡Que esta fosa constituya su tumba! 

Llegada la noche, la víctima empezó a exhalar gemidos por lo mucho que sufría. Un hombre que se dirigía al pueblo oyó sus lamentos, se acercó a la fosa, la sacó y se la llevó a su mujer para que ésta la curase. Así lo hizo hasta que se repuso. 

Aquella mujer tenía un niño que confió a su huésped. Ésta lo cuidaba y dormía con él en una habitación. Un malvado la vio, ansió poseerla y mandó que le hiciesen proposiciones deshonestas. Ella se negó y el pretendiente decidió asesinarla. Llegada la noche entró en la habitación mientras dormía y blandiendo un cuchillo se acercó a ella y apuñaló, sin darse cuenta, al chiquillo. Al ver lo que había hecho se llenó de miedo, salió corriendo de la casa y Dios, así, la salvó de sus manos. Al día siguiente la mujer del juez encontró al niño asesinado a su lado. Al entrar la madre le dijo: 

— ¡Tú le has asesinado! — La apaleó de modo muy doloroso y quiso matarla. En aquel momento apareció el padre del niño e impidió que lo hiciese exclamando: 

— ¡Por Dios! ¡No lo harás!

La mujer del juez huyó sin saber adónde dirigirse. Tenía algunos dirhemes. Cruzó un pueblo en el que sus habitantes estaban reunidos en torno de un hombre crucificado en un tronco y que aún vivía. Preguntó: 

— ¡Gentes! ¿Qué le ha sucedido?  

— Ha cometido un delito que se paga con la muerte o con una multa de tantos dirhemes — Le contestaron

— ¡Tomad los dirhemes y libertadlo!

El reo se arrepintió en sus manos e hizo votos de servirla, hasta que le llegara la muerte, por amor de Dios. Le construyó una ermita, la instaló en ella y empezó a hacer leña y a llevarle alimentos. La mujer se consagró al ascetismo; todos los enfermos y delicados que acudían a ella sanaban inmediatamente por su intercesión.

Por la voluntad de Dios (¡ensalzado sea!) ocurrió que su cuñado, el que la había hecho lapidar, se puso enfermo con una llaga en la cara; la mujer que le había apaleado, se volvió leprosa, y el malvado que la había pretendido, se quedó paralítico. El juez, el marido, regresó de la peregrinación y preguntó a su hermano por la esposa. 

— Ha muerto. — Le contestó.

El marido se entristeció y estuvo cierto de que se encontraba junto a Dios. Entretanto se extendía la fama de la mujer pía y las gentes de las regiones más alejadas de la tierra, en todo lo largo y ancho de su superficie, acudían a su ermita. El juez dijo a su hermano: 

— ¿Por qué no vas a ver a esa asceta? Tal vez Dios te conceda la cura por su intercesión

— ¡Hermano mío! ¡Llévame ante ella!

El marido de la mujer leprosa también oyó hablar y llevó a su esposa; lo mismo ocurrió con la familia del malvado que vivía paralítico. Llevaron a éste a su presencia. Todos coincidieron a la puerta de su choza. La asceta podía ver desde el interior de la misma a todos los que acudían sin que la viesen. 

Los visitantes esperaron que llegase su siervo; rogaron a éste que los permitiese pasar y así lo hizo. La mujer, de pie al lado de la puerta, con el velo puesto y cubierta contempló a su marido, al ladrón y a la mujer; los reconoció sin que ellos la reconociesen y les dijo: 

— ¡Oh éstos! No os curaréis de los males que os afligen hasta que hayáis confesado vuestros pecados. Si la criatura confiesa su culpa y se arrepiente ante Dios (¡ensalzado sea!), Éste le concede lo que pide. 

— ¡Hermano mío! ¡Arrepiéntete ante Dios y no te emperres en tu rebelión! Esto será lo mejor para tu curación — Le dijo el juez a su hermano: . 

Entonces una voz invisible pronunció estos versos:

Hoy están reunidos el oprimido y el opresor y Dios desvela un secreto que estaba oculto.

En este lugar los pecadores quedan humillados  y Dios exalta a quienes le han obedecido.

Nuestro Señor y Dueño descubre aquí la verdad  aunque el rebelde se enfade o moleste.

¡Ay de aquel que desafía o encoleriza al Señor  como si no supiese que Dios castiga!

¡Oh tú que buscas el poder! 

El poder —¡ay de ti!— se encuentra en el temor de Dios. ¡Confía en Dios!

Entonces el hermano del juez exclamó: 

— Ahora diré la verdad: he hecho con tu mujer esto y esto; tal es mi culpa. 

La leprosa dijo: 

— Yo tenía en mi casa una mujer; la he acusado sin saber si era verdad; la apaleé con toda la intención; tal es mi culpa. 

El paralítico dijo: 

— Yo me acerqué a esa mujer para matarla después de haberle hecho proposiciones deshonestas, porque no quería prostituirse, y maté a un niño que estaba a su lado. Ésta es mi culpa. 

— ¡Dios mío! ¡Igual como les has mostrado la vileza del pecado muéstrales el poder de la obediencia! ¡Tú eres todopoderoso sobre todas las cosas! — Exclamó la mujer del juez.

Dios, Todopoderoso y Excelso, los curó. El juez se fijó en ella, la contempló y la examinó atentamente. La asceta le interrogó: 

— ¿Cuál es la causa de estas miradas?

—Yo tenía una mujer. Si no hubiese muerto diría que eras tú. — La asceta se dio a conocer y ambos loaron a Dios, Todopoderoso y Excelso, por el favor que les había hecho al reunirlos de nuevo. 

El hermano del juez, el ladrón y la mujer empezaron a pedirle perdón; los perdonó. Todos se consagraron a adorar a Dios en aquel lugar y a servir a la asceta hasta que los separó la muerte.




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