EL ISRAELITA PÍO
Extraído del libro
Las mil y una Noches
Se cuenta que uno de los mejores hijos de Israel era muy rico y tenía un hijo bueno, afortunado. Llegó el momento de la muerte de aquel hombre. Su hijo acudió a sentarse en su cabecera.
—¡Señor mío! ¡Confíame tu última voluntad!
—¡Hijo mío! ¡No jures en el nombre de Dios, sea de verdad, sea en falso!
Aquél hombre murió y el hijo sobrevivió al padre. Se divulgó lo que éste le había recomendado entre los hijos de Israel. Un desaprensivo acudía ante el hijo y le decía:
— Tu padre tenía tal y tal cosa mía y tú lo sabes: dame lo que me pertenece o presta juramento.
El muchacho, ateniéndose a la última recomendación de su padre, le daba todo lo que le pedía. Los desaprensivos no dejaron de hacer esto hasta que agotaron sus bienes y la pobreza le agobió. El muchacho tenía una mujer piadosa y afortunada y dos hijos pequeños. Le dijo:
—Las gentes han multiplicado sus peticiones; mientras tenía algo he ido pagando pero ahora ya no nos queda nada; si vuelven a pedirme algo ni y o ni tú podremos darlo. Lo mejor sería ponernos a salvo e irnos a un lugar en que nadie nos conozca; nos ganaremos el sustento como la otra gente.
El matrimonio se embarcó con sus dos hijos sin que él supiese adonde dirigirse. El buque naufragó y aquel hombre se salvó sobre un madero; la mujer sobre otro y cada uno de los hijos en otro. Las olas los separaron. La mujer llegó a un país; uno de los hijos a otro país y el segundo fue recogido por la tripulación de una nave en alta mar. Las olas arrojaron al padre a una isla apartada. Puso pie en tierra, hizo las abluciones con el agua del mar, entonó la llamada a la oración y rezó la plegaria.
Inmediatamente surgieron del mar seres de distintas figuras que rezaron con él. Cuando terminó se dirigió a un árbol que había en la isla y comió sus frutos los cuales le quitaron el hambre; más tarde encontró una fuente de agua, bebió de ella, y dio gracias a Dios, todopoderoso y excelso. Pasó así tres días rezando; los seres marinos surgían para rezar con él. Al cabo de los tres días oyó que un pregonero gritaba:
—¡Hombre pío que has respetado la voluntad de tu padre, que has observado la voluntad divina: no te entristezcas! Dios (¡gloriado y ensalzado sea!) te devuelve lo que salió de tus manos. En esta isla hay grandes tesoros, riquezas y bienes: Dios quiere que tú los heredes. Se encuentran en tal y tal sitio de la isla. Ve a buscarlos, pues nosotros te enviaremos naves. Haz bien a los hombres y atráelos hacia ti: Dios, todopoderoso y grande, inclinará sus corazones hacia ti.
Se dirigió al lugar de la isla indicado y Dios le descubrió los tesoros. Los navegantes empezaron a frecuentarla y les hizo grandes beneficios. Les decía:
—Si vosotros enviáis a las gentes hacia mí yo les daré tal y tal cosa y les daré esto y esto.
La gente de los países y de las regiones acudieron allí y al cabo de diez años la isla estaba ya poblada y el joven había pasado a ser el rey; todo aquel que acudía en busca de refugio recibía algún favor. Su renombre se extendió por todo lo largo y ancho de la tierra.
Su hijo mayor había ido a parar a un hombre que le educó y le instruyó; el menor había caído en manos de otro que le crió, le educó con esmero y le enseñó el comercio. La mujer había pasado a depender de un comerciante quien le confió sus bienes y le prometió no molestarla y ayudarla a servir a Dios, todopoderoso y excelso. Viajaba en un buque por los distintos países y la acompañaba adondequiera que fuese. El hijo mayor oyó hablar de aquel rey y se dirigió en su busca sin saber quién era. El rey, apenas llegó, le concedió enseguida su confianza y le nombró su secretario.
El otro hijo oyó hablar de aquel rey justo y pío. Fue a reunirse con éste y realizó el viaje sin saber de quién se trataba. En cuanto se presentó ante el soberano éste le invistió con el cargo de administrador de sus asuntos. Así pasaron cierto tiempo a su servicio sin que ninguno de ellos supiese quién era el otro.
El comerciante junto al cual estaba la mujer oyó hablar de aquel rey como hombre bondadoso y generoso con todo el mundo. Tomó consigo un lote de telas preciosas y objetos de regalo propios de su país y se embarcó acompañado por aquella mujer hasta llegar a la costa de la isla. Desembarcó, se presentó ante el rey y le ofreció los regalos. El soberano los contempló, se alegró mucho con ellos y mandó dar una gran recompensa al visitante.
Entre los regalos se encontraban fármacos y el rey quiso que el comerciante le diese a conocer sus nombres y le explicase sus propiedades. El soberano rogó:
—Permanece esta noche en nuestro domicilio.
—Tengo en la nave una persona bajo mi custodia. Le he prometido que yo me ocuparía personalmente de ella; es una mujer piadosa, cuyas plegarias son escuchadas y sus consejos me han dado siempre buenos resultados.
El rey dijo:
—Mandaré personas de confianza para que pasen con ella la noche y custodien todo lo que
posee.
El comerciante aceptó la propuesta y se quedó junto al rey. Éste envió a su secretario y a su intendente diciéndoles:
—Id y guardad durante la noche, si Dios lo quiere, el barco de este hombre.
Se marcharon, subieron al buque y él uno se sentó en la proa y el otro en la popa. Ambos rezaron a Dios, todopoderoso y excelso, durante una parte de la noche. Después uno de ellos dijo al otro:
—¡Fulano! El rey nos ha mandado estar de guardia y hemos de procurar no dormirnos. Ven aquí y hablaremos de las alternativas de la suerte, de los favores que hemos recibido y de las pruebas que hemos pasado.
El otro explicó:
—¡Hermano mío! Entre las muchas pruebas que he sufrido está la de que él Destino me separó de mis padres y de un hermano que se llamaba igual que tú. El motivo de ello fue él haber embarcado mis padres en tal y tal sitio; los vientos nos fueron contrarios, nuestro buque se fue a pique y Dios nos separó ‘a unos de otros.
—¿Y cómo se llamaba tu madre?
—¡Fulana!
—¿Y tu padre?
— Mengano.
Un hermano se echó en brazos del otro exclamando:
—¡Por Dios! ¡Tú eres realmente mi hermano!
El uno explicó al otro lo que le había ocurrido desde la niñez. La madre oía lo que decían pero ocultó sus sentimientos y esperó. Al llegar la aurora uno dijo al otro:
—-Ven, hermano mío, lo contaremos en mi casa.
— Sí.
Ambos se marcharon. Llegó aquel hombre y encontró a la mujer muy descompuesta. Le preguntó:
—-¿Qué te ha ocurrido? ¿Qué desgracia te ha alcanzado?
—-Esta noche me has enviado a quienes me querían mal; ambos me han turbado de esta manera.
El comerciante se enfadó, se marchó a ver al rey y le informó de lo que habían hecho sus dos hombres de confianza. El rey, a pesar de que los amaba, pues estaba seguro de su fidelidad y devoción, les mandó comparecer inmediatamente e hizo acudir a la mujer para que declarase la trastada que le habían hecho. Se la llevaron. El soberano le preguntó:
— ¡Mujer! ¿Qué te ha pasado con estos dos hombres de confianza?
—¡Oh, rey ! ¡Te pido por Dios, el Grande, él Señor del Trono magnífico, que les mandes que repitan lo que hablaban ayer!
—Decid de lo que hablabais y no ocultéis nada.
Repitieron sus palabras. El rey se incorporó encima de su estrado, dio un grito enorme, se arrojó a su encuentro y los abrazó exclamando:
—¡Por Dios! ¡Vosotros sois mis dos hijos!
La mujer se destapó el rostro y dijo:
—¡Y yo, por Dios, soy su madre!
Así se reunieron y vivieron en la más dulce y regalada de las vidas hasta que la muerte les llamó. ¡Gloria a Aquel que conduce a la criatura hacia su salvación y que no defrauda sus esperanzas y deseos! ¡Qué hermoso es lo que se dijo en este sentido!:
Cada cosa tiene su tiempo;
Dios ordena, ¡oh hermano!,
concederla o negarla.
No te aflijas por las desgracias que te abruman
pues el desahogo nos llega tras las dificultades.
¡Cuántas veces el afligido ve aparecer dificultades
que en su interior le reservan alegrías!
¡Cuántas veces una persona es vil a los ojos de la gente
y acaba colmado por los bienes de Dios!
Éste, al que la amargura y el daño hirieron,
al que el tiempo cargó de calamidades,
al que el destino separó de los seres que amaba y todos ellos,
después de haber convivido se separaron,
a éste, pues, Dios le ha devuelto sus bienes,
le ha reunido con su familia.
En todas las cosas hay indicios del Señor.
¡Gloria a Aquel cuyo poder engloba a todos los seres,
cuya omnipresencia denotan todos los signos!
Él es el Vecino, pero ninguna mente puede comprenderlo
y a pesar de su cercanía es imposible llegar a él por los caminos.

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