Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
El hombre correcto
En el pueblo nadie dudaba de él, porque jamás había dado un motivo para desconfiar. Era prolijo en los gestos, cuidadoso en las palabras, previsible en las decisiones. De esos hombres que nunca llegan tarde, nunca se exceden, nunca prometen más de lo que pueden cumplir. Vivía convencido de que la vida era una suma de elecciones pequeñas y que el secreto estaba en no equivocarse en ninguna.
Desde joven había aprendido a observar antes de actuar. Cuando sus amigos se lanzaban a amores torpes o negocios dudosos, él prefería esperar. Cuando otros se permitían una noche de exceso, él regresaba temprano a casa. Algunos habrían pensado que era por miedo, pero en realidad, él sostenía que era por sensatez.
Se repetía que todo sacrificio tenía sentido si al final había una recompensa. Y aunque a veces sentía una incomodidad difícil de nombrar —una especie de sequedad—, la disimulaba bajo la tranquilidad de saberse “en regla”.
No fue un hombre infeliz. Su vida transcurrió sin grandes sobresaltos, sin caídas estruendosas, sin momentos que merecieran ser contados demasiadas veces. Cuando murió, lo hizo del mismo modo en que había vivido: sin alboroto, sin escándalo, sin dejar cuentas pendientes.
Al abrir los ojos, se encontró en un lugar amplio, casi anodino. No se parecía en nada a lo que había imaginado, sin juicio ni filas interminables. Tampoco música celestial ni llamas. Lo que sí había era gente. Mucha. Personas de todo tipo, conversando con una soltura que le resultó extraña. Algunos reían con una risa profunda, otros hablaban con una calma que él nunca había conocido. No parecían preocupados. No parecían evaluados.
Caminó entre ellos con la misma prudencia de siempre, esperando que en algún momento alguien lo detuviera. Que le pidieran explicaciones o, mejor aún, que reconocieran su trayectoria. Había vivido bien. Había hecho lo correcto. Eso debía significar algo.
Finalmente se animó a preguntar. Quería saber si existía algún sitio distinto para quienes habían cumplido con todo. Para quienes habían vivido sin desviarse.
La respuesta fue breve y desarmante:
—Aquí no se separa a nadie por haber sido correcto. Aquí se deja de cargar con eso.
El hombre se quedó quieto. Miró otra vez a su alrededor. Vio rostros que en vida había observado con cierto desdén silencioso: los impulsivos, los desordenados, los que se habían equivocado muchas veces. Todos parecían livianos. Ninguno daba la impresión de estar pagando nada.
Por primera vez sintió algo parecido a una fisura. Una cierta sensación de injusticia. Había pasado la vida cuidándose de cometer errores. También había evitado el riesgo, el deseo, el desborde mínimo que, a veces, vuelve memorables a los días. Había vivido como quien atraviesa un terreno frágil sin dejar huellas.
Sonrió apenas. Era irónico. Pensó, sin decirlo en voz alta: “Si lo hubiera sabido… me hubiera permitido disfrutar un poco más.”
Y por primera vez, esa idea no le pareció peligrosa.
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