La mesa del ventanal de Benicio de Seeonee

La mesa del ventanal de Benicio de Seeonee

La mesa del ventanal

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Ariel solía llegar primero al café. Elegía siempre la mesa del ventanal, la que daba a la calle ancha donde los autos pasaban despacio y la gente caminaba sin prisa. Era un hombre metódico: pedía un cortado, encendía el celular, revisaba dos o tres correos de trabajo y esperaba. No porque ella fuera impuntual; simplemente, a él le gustaba ese instante previo, ese silencio en el que podía ordenarse antes de que empezara la conversación cotidiana que lo sostenía desde hacía años. La relación tenía su propio ritmo, sin sobresaltos, hecha de costumbres que parecían sólidas. Hasta que dejaron de serlo.

Ella llegaba con la bufanda mal acomodada y el cabello algo revuelto por el viento. Sonreía siempre al verlo, pero últimamente esa sonrisa tenía una curva tenue, un gesto leve donde él encontraba algo que no sabía descifrar. Se sentaba frente a él, pedía un té, dejaba la cartera en el piso y suspiraba. Charlaban sobre lo habitual: el trabajo de ella, que cada vez la exigía más; la oficina de él, que ya no le despertaba ninguna ambición; la vida en común, que avanzaba con la misma inercia con la que uno cambia de mes en el almanaque.

No hubo una discusión. 

Tampoco un secreto inesperado o un tercero en discordia. El desgaste llegó como llega lo inevitable: sin hacer ruido. Ella empezó a guardar silencios donde antes había entusiasmo. Él empezó a notar que cada pregunta que hacía se quedaba flotando unos segundos más de lo habitual, como si ella necesitara decidir si valía la pena contestar. Se seguían queriendo, sí, pero era un afecto sin impulso, sin proyecto. Una especie de cariño que ya no tiraba de nada.

Una tarde cualquiera ella llegó al café con un gesto firme. Se sentó y apoyó ambas manos sobre la mesa, como quien acomoda un libro que sabe que está por cerrar. Él reconoció la señal antes de que ella pronunciara palabra. Lo supo por la postura de los hombros, por la manera en que lo miró sin intentar sonreír, por esa calma dolorosa que tienen quienes ya tomaron una decisión.

Le dijo que no era culpa de nadie, que el amor existía, pero que se había vuelto estrecho. Que necesitaba espacio para respirar, para encontrarse, para pensar si esa versión de sí misma —la que vivía con él, la que compartía cafés y feriados— era realmente la que quería seguir siendo. Él escuchó sin interrumpir. Y porque también sabía, en lo más hondo, que esa sensación de estrechez él la había sentido, aunque nunca se animara a nombrarla.

La despedida fue simple y devastadora. Ella tomó su cartera, se levantó con suavidad y apoyó una mano en su mejilla antes de irse. 

No lloró. 

Él tampoco. 

Las lágrimas aparecieron después, cuando lavaban los platos o apagaban la luz del dormitorio y se encontraron con una cama que quedó demasiado grande. 

Ariel seguía yendo al café y continuaba sentándose en la mesa del ventanal mirando hacia la calle, donde la gente aún caminaba sin prisa, ajena a la soledad de esos ojos que observaban. La taza todavía tenía algo de café. Lo bebió despacio, como si ese último sorbo le confirmara que la vida seguía, pero con otro peso.

Una noche más, en la que al volver a su departamento, notó el eco de sus pasos reverberando en el vacío. Pero el peso no era físico; era emocional. Guardó dos o tres cosas que le recordaban a ella para poder respirar. Se acostó tarde, mirando el techo, preguntando si de verdad había sido amor. ¿Cómo pudo terminar así? ¿Podrían haberlo salvado? ¿Cómo era posible que se disolviera, callado, en la misma mesa donde durante años uno creyó que todo estaba bien?

Y aun así, mientras apagaba la luz, sintió una tristeza absoluta. Dolorosa, sí, un hueco en el centro de su alma que parecía estar absorviéndolo poco a poco. Era como si alguien, así de improviso, le hubiera cerrado un libro que él quería seguir leyendo un poco más.

Autor: Benicio de Seeonee

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