El Fuego Bajo la Nieve –  Las cosas que dejamos atrás

El Fuego Bajo la Nieve –  Las cosas que dejamos atrás

El Fuego Bajo la Nieve

 Las cosas que dejamos atrás

El autobús se detuvo con un quejido largo y metálico. Erik fue el único en bajar.

El aire era más seco de lo que recordaba, y el frío parecía calar incluso en los huesos que uno no quiere reconocer. Frente a él, el pueblo se extendía en formas de diferentes tonos de grises, casas de tejados bajos, ventanas cerradas, chimeneas humeantes. El silencio, algo inquietante, era de esos en los que uno se siente observado.

Mientras arrastraba su maleta por el suelo helado, una mujer lo miró desde detrás de una cortina. Un hombre en la esquina dejó de barrer la entrada de su tienda. Nadie lo saludó. Nadie se acercó. En verdad, Erik ya no esperaba otra cosa.

Hacía menos de un año, daba clases de Literatura en un instituto de prestigio. Tenía una biblioteca ordenada por géneros, una planta de hojas brillantes que regaba todos los domingos, y un café con nombre propio en la cafetería de la esquina. Su vida era tranquila, modesta, y podría decirse que hasta predecible… hasta que dejó de serlo.

El alumno era brillante, lo admiraba, lo seguía, le escribía notas, y Erik las respondía con distancia cordial. Pero bastó una denuncia, una frase ambigua y un padre con contactos, para que el escándalo se desatara como una cerilla en un pozo de gasolina.

La prensa lo llamó “inapropiado”, la dirección del instituto, “peligroso” y la policía, “no imputable por falta de pruebas”… pero el daño estaba hecho.

La llave de la cabaña crujió al girar en la cerradura. Nadie la había usado en meses, o quizá años.

Con una mirada rápida se podía percibir que, dentro, el polvo olía a madera húmeda. No había más que una cama de hierro, una estufa de leña y una mesa con una sola silla. Realmente no necesitaba más: estaba solo, y se sentía a salvo.
Eso era lo que se repetía.

Encendió la estufa con manos torpes, colgó su abrigo junto a la puerta y abrió la ventana. Un bosque se extendía más allá del sendero: abedules delgados y nieve sin huellas.

Y entonces lo vio: un zorro blanco, inmóvil entre los troncos. Le estaba observando sin ningún atisbo de temor, sin interés por huir, parecía que en verdad lo podía reconocer y sabía algo de él que él mismo ya había olvidado.

Aquella noche, Erik durmió vestido, con el cuerpo agotado y la mente en llamas.

En sueños, oyó de nuevo las risas apagadas en el pasillo del instituto, los flashes de los móviles y la carta de despido. La mirada rota de su madre, cuando él negó las acusaciones sin saber cómo convencerla de que decía la verdad.

Se despertó al amanecer, empapado en sudor y con los dedos crispados, aferrado a la manta con ansia y murmurando para sí, casi sin darse cuenta:

—No he venido a empezar de nuevo. He venido a que me dejen en paz.

El zorro seguía allí, al otro lado del cristal.

 El hombre de la leña

El humo de la estufa ya salía con cierta regularidad cuando el director del colegio se presentó en la cabaña. Llevaba un gorro de lana, botas gastadas y un cuaderno bajo el brazo. Era un hombre de modales correctos, con esa amabilidad escandinava que sabe ser cercana respetando la distancia y el espacio.  Le explicó a Erik cómo funcionaba la escuela, le dio un mapa del pueblo y le indicó a qué hora pasaría el vehículo que recogía a los profesores.
Después, le ofreció un apretón de manos breve y se marchó con una frase que a Erik no le pasó desapercibida:

—Aquí la gente no hace muchas preguntas, mientras nadie dé motivos para hacerlas.

La escuela se alzaba sobre una colina, pequeña pero luminosa, con ventanales grandes por los que entraba la luz blanca del invierno. Erik no tardó en notar las miradas. No eran hostiles, pero sí recelosas. Los niños, sin embargo, eran otra cosa. Lo observaban con curiosidad genuina, tratando de adivinar qué lo había traído hasta allí.

Fue justo al salir del aula, en el pasillo que daba a la sala de profesores, cuando lo vio por primera vez.
Un hombre alto, con chaqueta de trabajo, botas sucias y una barba recortada. Iba cargado con una cesta de leña, que dejó junto a la estufa con una facilidad que hablaba de costumbre.
Erik se quedó quieto, tal vez demasiado tiempo, antes de intentar un saludo cordial.

—Gracias. No sabía que teníamos leña nueva. Hace buena falta.

El hombre alzó la vista. Sus ojos eran grises, igual que el cielo antes de nevar.

—No es para ti. Es para la estufa. —respondió, sin rastro de burla ni cortesía.

Erik no supo qué contestar. El otro ya se había girado.

—¿Perdona, eres…?

—Mads. —dijo, sin más, y luego añadió, con un tono neutro pero sereno. Trabajo con el bosque  y a veces con el fuego.

Erik no entendió si era una forma literal de presentarse o una advertencia.

—Soy Erik. He llegado hace poco.

—Ya lo sé.

Y con eso, se fue.

Al día siguiente, lo encontró junto al cobertizo del colegio, recogiendo ramas secas. Erik dudó antes de acercarse. Esta vez, Mads habló primero.

—Aquí el fuego no se da gratis, si no lo cuidas, se apaga y si lo olvidas, te consume.

—¿Eso es un proverbio local?

Mads se encogió de hombros.

—No. Es lo que aprendí cuando casi pierdo todo lo que tenía.

No dijo más y Erik no preguntó.

El frío se volvió más intenso. Una ráfaga de viento agitó las ramas desnudas. Mads se puso el gorro y se perdió entre la bruma que empezaba a caer. Erik lo siguió con la mirada hasta que la silueta se fundió con los árboles.
Algo en aquel hombre le resultaba inquietante, y sin embargo, familiar.

Como si ya hubiera ardido una vez, igual que él.

 Paisajes que arden por dentro

La rutina llegó antes que la confianza.

Erik comenzaba a conocer los ritmos del pueblo: el paso del camión de basura los jueves, la panadería que solo abría por las mañanas, y la biblioteca, que olía a lana y papel viejo y permanecía desierta los lunes. Cada gesto cotidiano era un pequeño ancla. Le daban estructura, pero no compañía.

Fue en uno de esos martes que lo volvió a ver. Mads estaba en la sección de historia local, con un libro abierto sobre las piernas y una libreta en equilibrio sobre la rodilla. Dibujaba algo con trazos seguros, concentrado, ajeno al mundo. Erik se quedó quieto detrás de la estantería, observando en silencio.

Podría estar dibujando el bosque, o la cabaña, o incluso el paisaje en general, pero lo que Mads dibujaba era un rostro, el suyo.

Al día siguiente, Erik encontró una pila de leña ordenada junto al porche. No estaba allí la noche anterior. No había nota, ni señal de quién la dejó, pero no hizo falta.

Ese mismo día, el buzón que colgaba torcido desde su llegada, estaba arreglado. Las bisagras nuevas brillaban ligeramente bajo la escarcha.

Esa noche, mientras calentaba sopa en la estufa, Erik sintió que algo se movía dentro de él, algo pequeño, algo tibio, como si alguien hubiera encendido un fósforo en mitad de una cueva.  No dijo nada. Solo se permitió cerrar los ojos.

En otra ocasión volvieron a cruzarse en el supermercado. Mads empujaba un carro con apenas tres cosas: pan negro, café, y una caja de cerillas.
—¿Sabes que el pan caduca más rápido si lo dejas en la bolsa? —dijo, sin saludar.

Erik lo miró, entre extrañado y divertido.

—No. No lo sabía.

—Ponlo en un trapo de lino, si tienes.

—No tengo lino. Apenas tengo mantas.

—Te daré uno.

Y lo hizo. Al día siguiente, una tela limpia apareció en la puerta de Erik, doblada con esmero.

Una tarde, mientras caminaba por el sendero junto al lago congelado, Erik lo encontró de nuevo. Mads estaba sentado sobre una roca, con las piernas cruzadas y la cabeza gacha. Dibujaba otra vez  y en esta ocasión no lo ocultó. Erik lo miró desde la distancia para no interrumpir.
El zorro blanco apareció entre los árboles. Pasó junto a Erik sin prestarle atención y se detuvo cerca de Mads, como si lo conociera de toda la vida.

Mads alzó la vista, lo vio, y asintió con la cabeza. Solo eso. Luego volvió a su cuaderno.

Erik no se acercó. Pero caminó más despacio, con la sensación de que, sin palabras, algo estaba empezando a cambiar.

Algo que ni el frío, ni la nieve, ni los fantasmas del pasado, parecían capaces de detener.

Cosas que se rompen

La nevada llegó sin anuncio.

Erik volvía de la escuela cuando el cielo se volvió denso y el aire, parecía que venía cargado de cristales diminutos que se le incrustaban en la piel.  No tardó en empaparse hasta los huesos. El viento soplaba con fuerza, y las huellas en el sendero desaparecían casi al momento de ser dejadas. El bosque se volvió indistinguible del resto del mundo.
Fue entonces cuando una silueta emergió entre la nieve.

—Estás yendo en dirección contraria —dijo Mads, cubierto con una chaqueta gruesa y una linterna en la mano—. Vas directo al lago.

Erik no protestó. No podía. Tenía las manos entumecidas y la nariz enrojecida. Mads no esperó respuesta. Le puso un brazo sobre los hombros y lo guió sin esfuerzo hacia un desvío apenas visible.

La casa de Mads olía a madera, café y humo. No era más grande que la cabaña de Erik, pero todo estaba en orden: estanterías con libros encuadernados, herramientas limpias, un perchero de ramas secas en la entrada. La chimenea ardía con un fuego constante, crepitante. Sobre la mesa, una taza de té humeaba, como si la estuviera esperando.

Mads le lanzó una toalla.

—Te vas a congelar. Cámbiate.
—No tengo ropa seca.
—Coge algo del armario. Lo que quieras.

Erik obedeció. En el cuarto encontró una camisa gruesa, de franela, y un pantalón que le quedaba grande. Al volver, Mads ya le había servido una taza.
No hablaron durante varios minutos. Solo el fuego.

—Gracias por… bueno, por esto.
—No ibas a llegar solo. El bosque se cierra cuando nieva así.

Erik asintió. Bebió un sorbo. El calor le subió por la garganta y se instaló, lento, en el pecho.
Sus miradas se cruzaron un instante. Ni intensas ni torpes. Solo… sostenidas.

—¿Vives solo? —preguntó Erik, casi sin pensar.
—Sí.
—¿Siempre?

Mads no respondió de inmediato. Se levantó para echar otro leño al fuego. Al hacerlo, una fotografía cayó de una repisa y quedó boca abajo sobre el suelo.  Erik se agachó antes que él la tomó y la giró con suavidad.

Era una foto en blanco y negro, algo ajada. Mads era más joven, quizá veinte años. A su lado, otro hombre de cabello oscuro y una amplia sonrisa. Estaban abrazados.

—¿Tu hermano? —preguntó Erik, sin juicio, solo curiosidad.

Mads le quitó la foto de las manos, sin brusquedad, pero con decisión.

—No.

Entre ambos se hizo el silencio y Erik no insistió.

Mads volvió a colocar la foto en la repisa, pero esta vez del revés. Se sentó frente a él, con el cuerpo un poco más tenso, la mirada algo más lejana.

—A veces —dijo al cabo de un rato—, no se rompen solo las cosas… también uno mismo.

Erik no supo qué contestar. Así que no lo hizo. Se limitó a quedarse allí, junto al fuego, con el sonido del viento fuera y la certeza de que, por primera vez en mucho tiempo, no estaba completamente solo.

El artículo maldito

El periodista llegó con una sonrisa demasiado blanca.

Decía llamarse Olav. Se presentó como escritor de viajes, con interés en documentar la vida en pequeñas comunidades del norte. Hablaba despacio, con frases medidas, y hacía preguntas inofensivas que, sin embargo, parecían clavarse en los sitios donde duele.
Erik lo conoció una tarde en la biblioteca, hojeando un libro de flora local.

—¿Eres el nuevo profesor? —preguntó el hombre, con tono amable.
—Sí.
—Debes tener historias interesantes. Siempre me ha fascinado lo que trae a la gente hasta aquí.

Erik no respondió. Solo cerró el libro y fingió buscar otro. Pero algo en la forma en que Olav lo miraba —como si ya supiera— le revolvió el estómago.

Los rumores no tardaron.

Primero fueron las miradas. Luego, los silencios. Una madre dejó de saludarlo en la tienda. Un niño, que antes le sonreía, bajó la cabeza al cruzarse con él en el pasillo.

Al tercer día, una niña no volvió a clase. Era hija de uno de los hombres que trabajaban en el ayuntamiento. Erik lo supo sin que nadie se lo dijera.

La confirmación llegó al final de esa semana.

El director lo llamó a su oficina. No le ofreció café. Ni siquiera se quitó el abrigo.

—No te estoy acusando de nada —dijo, con voz seca—. Pero ya sabes cómo son estas cosas. Aquí todo se sabe. Y la gente… no siempre distingue entre pasado y presente.

Erik se quedó quieto.

—No hice nada —respondió.
—Yo no soy juez. Ni padre. Solo quiero evitar que esto vaya a más.
—Entonces me estás despidiendo.
—Te estoy pidiendo que te vayas antes de que te lo pida todo el pueblo.

Esa noche no encendió la estufa. Empacó lo poco que había desempacado. Puso las hojas de sus clases en una carpeta y cerró la maleta como si fuera una tumba.

No escribió a su madre ni a nadie.  No se despidió de los niños. No dijo adiós.

Solo salió por la puerta, con la cabeza baja y el cuerpo recto, como si aún pudiera sostenerse con la dignidad que le quedaba.

Mads no apareció. Ni en el camino, ni en la casa, ni en la puerta.

Erik esperó un instante antes de subir al mismo autobús que lo había traído semanas atrás. En el retrovisor, vio al zorro blanco entre los árboles, inmóvil.  Como la primera vez.

El autobús arrancó y esta vez, no había nadie al otro lado del cristal.

Lo que callan los que aman

Mads no fue al trabajo al día siguiente, ni al otro tampoco. En realidad, nadie lo extrañó en voz alta. El leñador solitario podía desaparecer días enteros sin que nadie se alarmara por ello.. Pero esta vez, su mochila no llevaba herramientas, ni pan, ni café.  Llevaba un sobre.

Tomó el tren nocturno hacia la ciudad más cercana. No habló con nadie en el trayecto. Solo miró el reflejo de su rostro en el cristal, desdibujado por la escarcha. Cuando llegó, caminó hasta un edificio anodino de oficinas, donde el nombre del periódico local se leía a medias sobre una placa oxidada.

Pidió ver a Olav. No dijo por qué. No se presentó como alguien que venía a pelear.

Solo puso el sobre sobre la mesa.

—¿Qué es esto? —preguntó el periodista.

—Verdad —dijo Mads—. Lo que tú no preguntaste.

Dentro había cartas. Del alumno. Escaneadas. También había un documento firmado por el orientador escolar del antiguo instituto de Erik, donde se mencionaba el conflicto familiar del menor y la presión que ejerció su padre. Un email con fecha. Un registro de llamada. Todo lo que Mads había conseguido rastrear en silencio, desde el día que supo la historia.

—¿Por qué me das esto?

Mads tardó en responder.

—Porque si le rompes la vida, que al menos sepas a quién le estás disparando.

En la cabaña, Erik escribía.

No sabía a quién, tal vez a su madre o tal vez a nadie. La carta era un intento de poner orden a una caída que no parecía tener fin.  Contaba todo. Desde el primer día en el instituto hasta el último en el pueblo. No pedía perdón, pero tampoco exigía justicia. Solo quería dejar constancia de que intentó vivir sin esconderse.

Al terminar, dobló el papel, no tenía dirección, ni sobre, ni sello.

La dejó sobre la mesa y se sentó en la cama con la mirada perdida.

Fue entonces cuando alguien llamó a la puerta. No era Mads, era una mujer de cabello oscuro, los ojos hundidos pero amables, con un abrigo demasiado fino para el frío que hacía.

—Tú debes ser Erik.
—Sí.
—Soy Ingrid. La hermana de Mads.

Él no supo qué decir.

—Me pidió que te diera esto, si alguna vez volvías.

Le entregó una libreta de tapas duras, con el lomo agrietado, sin nombre y dentro, dibujos. Docenas de dibujos y todos de Erik.

Dormido, leyendo, caminando bajo la nieve, mirando al fuego. Algunos solo eran trazos rápidos, otros retratos detallados. Había uno, el último, que lo mostraba de espaldas, con una maleta en la mano, alejándose hacia el bosque. Sobre esa página, una frase:

“No quise detenerte. Pero si me hubieras mirado, me habrías visto corriendo.”

Erik cerró los ojos. Y por primera vez en días, dejó que el cuerpo se quebrara. No sentía ni rabia ni vergüenza, más bien, ahora tenía la certeza brutal de que alguien, en silencio, aún lo veía.

La tormenta

La nieve empezó a caer a media tarde, densa como ceniza, lenta como el olvido.

Erik no había salido en dos días. No había luz en su cabaña, ni fuego, ni pan. Había dejado de contar las horas. La libreta con los dibujos de Mads yacía sobre la mesa, abierta por la mitad. No la había vuelto a tocar.

Solo miraba por la ventana el bosque, el camino… el vacío. Fue entonces cuando decidió marcharse.

Salió sin dirección, sin mochila, sin abrigo suficiente. El frío lo atravesó de inmediato, pero no importaba. Solo quería moverse, alejarse, tal vez desaparecer. Caminó por los senderos nevados, dejando huellas que la ventisca borraba al momento. Pronto se desorientó. El bosque se cerró a su alrededor como una jaula de hielo.

La noche cayó demasiado deprisa, los árboles se volvieron sombras y el viento, un cuchillo.

Sus piernas comenzaron a flaquear. Se detuvo. Cayó de rodillas apoyando sus manos en la nieve. Respiraba con dificultad, los dedos entumecidos, la vista nublada.

En algún rincón de su mente, supo que no volvería y por primera vez, no le pareció injusto.

Pero alguien sí pensó que lo era.

Mads llegó con una linterna en la mano, la frente cubierta de sudor y escarcha, el corazón enloquecido. Llevaba dos horas buscándolo, guiado por la intuición y un rastro casi invisible entre los árboles.

Lo encontró caído, medio cubierto por la nieve, temblando. No dijo nada. Solo lo levantó con los brazos. Erik no protestó. Ni habló. Estaba demasiado débil.

Mads lo cargó durante más de un kilómetro, respirando con esfuerzo, resbalando en la pendiente, apretándolo contra su pecho como si fuera un trozo de sí mismo que se le iba.

El zorro blanco apareció entre los árboles. Caminaba delante de ellos, marcando un camino silencioso en la nieve.

La cabaña de Mads era cálida. El fuego titilaba crepitando en la chimenea y el té en la tetera desprendía su aroma invitando a tomarse uno bien calentito. Sobre la cama, las mantas limpias, cuidadosamente dobladas, prometían el confort silencioso de un hogar dispuesto a acoger.

Erik apenas pudo quitarse la ropa mojada. Mads lo ayudó sin palabras. Le puso una camisa seca, le envolvió las manos en paños calientes y lo arropó con cuidado. Luego se sentó a su lado, en silencio, observando cómo recuperaba el color.

Pasaron minutos… o quizás horas. Erik abrió los ojos. Sus labios estaban secos.

—¿Por qué…? —empezó a decir, con voz rota.

Mads le pasó una taza. No respondió. Hasta que Erik volvió a hablar.

—¿Por qué me salvaste?

Entonces Mads bajó la mirada. No era por timidez o vergüenza, más bien, se sentía invadido de una especie de cansancio antiguo. Sus dedos temblaban… y con un valor que ni supo de dónde le salia, acertó a decir:

—Porque si te perdía no habría un tercero que me salvara a mí.

Erik lo miró, deshecho. Cerró los ojos y por primera vez, dejó que otro lo sostuviera.

Cuando el hielo se quiebra

Erik se despertó pasadas las nueve. No lo supo por un reloj, sino por la luz gris que entraba entre las cortinas. El fuego aún ardía en la chimenea. A su lado, sobre una silla baja, había una taza humeante, y junto a ella… Mads, dormido en posición incómoda, con el cuerpo encorvado y la cabeza caída hacia un hombro.

Erik lo observó sin moverse.

Había algo inusualmente vulnerable en él cuando dormía. Algo que no encajaba con la firmeza con la que lo había cargado en mitad de la ventisca, ni con su costumbre de hablar poco y hacer mucho.

Se incorporó despacio, y el leve crujido de la cama bastó para que Mads abriera los ojos.

—¿Cómo te sientes? —preguntó, con voz baja.

—Como si hubiera muerto y tú me hubieras rescatado a mitad de camino.

Mads no respondió. Se levantó para acercarle la taza.

—Está caliente. Bébelo despacio.

Erik la tomó entre las manos. El calor le devolvió un poco de fuerza a los dedos. La bebida era amarga, fuerte. Café, probablemente recalentado. Estaba perfecto.

—¿Fuiste tú quien habló con el periodista? —preguntó sin rodeos.

Mads asintió.

—No quería que te enteraras así. Pero no podía quedarme sin hacer nada.

—¿Y por qué no me lo dijiste?

Mads se sentó frente a él, sin esconder el cansancio.

—Porque no sabía si querías que lo hiciera. Y porque… no sabía si podía enfrentarme a ti sin romperme.

Erik apretó los labios. Sintió cómo algo se abría dentro, algo que llevaba semanas contenido, disfrazado de orgullo o resignación.

—Me rompí igual. Solo que sin ti delante.

El silencio que siguió fue diferente.

Más tarde, ya envuelto en una manta y con las manos templadas, Erik se quedó mirando el fuego. Mads se acercó y se sentó junto a él en el suelo, sin tocarlo aún, pero cerca.

—Vi los dibujos —dijo Erik, sin mirarlo—. Todos.

—Lo sé.

—¿Desde cuándo me dibujas?

—Desde que llegaste.

Erik giró la cabeza. Sus ojos estaban húmedos.

—Entonces… ¿por qué me dejaste ir?

Mads sostuvo la mirada. No vaciló.

—Porque pensé que era lo que querías. Porque no supe cómo decirte que me importabas. Y porque si me quedaba callado, al menos no arruinaba nada.

Erik tragó saliva. El fuego iluminaba solo la mitad de su rostro.

—Pues lo arruinaste igual. Pero… gracias por venir a buscarme.

Esta vez fue él quien se inclinó acercándose a Mads, suavemente, con una lentitud que casi dolía en la espera, tratando de anticipar una reacción que por ahora no se manifestaba… apoyó su frente con la de él, dándose el tiempo para sentir toda la intensidad de ese momento, podía sentir la agitación en su corazón y también en su respiración…y finalmente,  rozó sus labios con suavidad, sin prisas, pero con la carga exacta de todo lo que no se dijeron.

Cuando se separaron apenas unos centímetros, Mads susurró:

—No sé cómo se hace esto.

Erik esbozó una sonrisa suave, y respondió:

—Pues quédate. Y lo descubrimos juntos.

Mads bajó la mirada, luego volvió a buscar sus ojos y no hicieron falta más palabras, porque su expresión, ya lo decía todo.

El fuego bajo la nieve

Los días siguientes fueron simples. Y por eso, hermosos.

No hubo grandes gestos ni palabras rimbombantes. Solo café compartido cada mañana. Silencios menos cargados. Mantas dobladas con cuidado. Una taza lavada sin pedirlo. Las cosas que hacen dos personas que, sin saber cómo, han empezado a construirse juntos.

Erik no volvió a su cabaña. Al principio dijo que era temporal, hasta recuperar fuerzas. Pero las semanas pasaron, y su mochila permanecía en un rincón, sin desempacar del todo, pero sin volverse a cerrar.

Mads salía temprano al bosque. Seguía trayendo leña, reparando tejados ajenos, cuidando de su hermana cuando lo necesitaba. No hablaba mucho más que antes, pero su forma de mirar a Erik ya no era un muro infranqueable y enigmático… era un libro abierto.

Erik, por su parte, empezó a dar clases privadas en casa. Un par de familias se lo pidieron, tímidamente y le enviaban a los niños por las tardes. Nadie mencionaba lo ocurrido. Nadie hablaba del artículo. Pero poco a poco, las sonrisas regresaron y también los saludos y los panes dejados en la puerta.  El pueblo no pedía perdón, pero empezaba a aceptar y eso bastaba.

Una noche, con el cielo limpio y el lago aún congelado, Mads lo llevó hasta la orilla. Había preparado una hoguera baja, rodeada de piedras. El fuego crepitaba sin prisa, reflejándose en el hielo como una flor encendida.

Se sentaron juntos, envueltos en abrigos. El silencio era cómodo, como si el paisaje hablara por ellos.

—¿Recuerdas cuando dijiste que el fuego no se da gratis? —preguntó Erik, con una sonrisa apenas visible.

—Sí.
—¿Y esto qué es?
—Esto —respondió Mads, mientras echaba otra rama seca al centro— es fuego que decidí darte y cuidar.

Erik lo miró de lado, en silencio.

Entonces Mads se volvió hacia él, y por primera vez, no tembló al hablar.

—Podrías volver a tu cabaña. Podrías irte del pueblo. Incluso podrías empezar de nuevo en otro lugar.
Erik asintió, sin apartar la vista.
—Podría.
—Pero si quieres quedarte… este lugar también podría ser tu casa.

 Erik lo miró sonriendo con la mirada y con decisión extendió la mano y la apoyó sobre la de Mads.

—Entonces me quedo.

La noche siguió cayendo sobre el lago, pero la nieve, por una vez, no parecía tan fría.

La aurora llegó sin anuncio, como casi todo lo que importa.

Fue una noche despejada, con el aire inmóvil y el cielo más negro que nunca. El lago, aún cubierto de hielo, reflejaba las primeras ondas verdes como un espejo antiguo.

Mads fue quien despertó a Erik.

—Ven —susurró, apenas un hilo de voz—. Tienes que verlo.

Salieron envueltos en mantas. No hablaron. Cruzaron el bosque en silencio, como si caminaran dentro de un sueño. Al llegar a la orilla, el cielo ya ardía. Verdes líquidos. Rosas que danzaban. Púrpuras imposibles.

Erik sintió que el pecho se le abría. Como si por fin todo encajara. Como si todo el dolor, el frío, las pérdidas, hubieran tenido sentido solo para llegar allí.

—¿Siempre ha estado aquí? —preguntó en voz baja.

—Sí. Solo que a veces no lo vemos.

El zorro blanco apareció entre los árboles. No se acercó, no huyó. Solo observó, como había hecho desde el principio. Luego se giró y desapareció entre los troncos, dejando un surco leve sobre la nieve virgen.

 Erik llevaba algo en el bolsillo.

Era la carta que nunca envió a su madre. La misma que escribió el día que pensó que no volvería. La sostuvo un instante entre los dedos, la leyó sin leer, y luego la arrojó al fuego que Mads acababa de encender junto al lago.

Las llamas la devoraron con un susurro. No dolía. Era un cierre. Una elección.

—¿Qué decía? —preguntó Mads.

—Decía adiós. Pero ahora no tiene sentido.

Mads asintió. Le rodeó los hombros con el brazo. Erik apoyó la cabeza sobre él.

Y así se quedaron, bajo la aurora, sin frío, sin pasado, sin miedo.

 En algún lugar, lejos, una página se cerraba y  otra, por fin, empezaba a escribirse.

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