El filo

El filo

El filo

Fábula tradicional – versión de Benicio de Seeonee
Extraída del libro: Faros en la Niebla

El hachero llegó a la maderera con ganas de demostrar que merecía el puesto. El trabajo era duro, pero el pago justo, y eso bastaba para encenderle el orgullo. El capataz lo miró de arriba abajo, su atuendo, su hacha, su aspecto en general era impecable. Le señaló una franja del bosque donde debía trabajar, y el hachero se encaminó con entusiasmo.

Ese primer día volvió al atardecer con los brazos temblando y la ropa empapada de sudor, pero con una satisfacción que no tardó en contagiar al capataz. Había derribado dieciocho árboles. Los otros hacheros lo miraron de reojo. El capataz asintió, apenas.

Esa noche el hachero se acostó temprano. Quería repetir la hazaña.

Al día siguiente salió antes que el sol. Tomó su hacha y se dirigió al sector del bosque que le habían asignado y comenzó la faena. Golpeó con fuerza, con ritmo, con disciplina. Pero al caer la tarde contó los troncos y algo no cerraba: quince. Se dijo que seguramente era por el cansancio. 

Nada grave.

El tercer día trabajó más horas. No habló con nadie. No se detuvo ni a comer. Al anochecer, apenas había cortado ocho árboles. Algo no estaba bien. El hacha parecía más pesada. O quizás la madera era más dura.

Siguió insistiendo. 

Cada jornada era un poco peor que la anterior. 

Cinco árboles. 

Luego tres. 

Hubo un día entero en el que luchó contra un solo tronco, golpeándolo hasta que los brazos le ardieron y la cabeza le zumbó. El árbol seguía en pie.

Empezó a llegar antes y a irse más tarde. Dormía mal. Comía apurado. Ya no miraba el bosque: solo veía obstáculos.

Finalmente, vencido, fue a ver al capataz. Le habló de su esfuerzo, de sus horas, de su cansancio. Juró que estaba dando todo lo que tenía.

El capataz lo escuchó sin interrumpirlo. Cuando terminó, le hizo una sola pregunta, dicha sin dureza:

—¿Cuándo fue la última vez que afilaste el hacha?

El hachero se quedó en silencio. Miró sus manos llenas de ampollas. Pensó en los días perdidos, en la fuerza gastada, en la madera que no cedía.

—No tuve tiempo —dijo al fin—. Estuve ocupado trabajando.

El capataz no respondió. Solo miró el hacha, apoyada contra la pared, con el filo romo y cansado, igual que su dueño.

Autor: Lilian Rodríguez

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