El espejo – una leyenda japonesa sobre el amor

El espejo – una leyenda japonesa sobre el amor
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El espejo

una leyenda japonesa sobre el amor

Según cuenta una leyenda japonesa, un joven samurái vivía junto a su hermosa esposa y su hija en una vivienda muy humilde. Apenas tenían bienes materiales ni adornos en la vivienda. Eran muy discretos, y a la mujer no le gustaba dejarse ver en público.

Pero un día, el reino cambió de rey, y todos los jóvenes samurái fueron llamados a conocerle y a disfrutar de una fiesta en donde el comercio también estaría presente. El hombre acudió al encuentro, mientras su mujer, que era extremadamente tímida, se quedó en casa junto a su hija.

A su marido se le ocurrió llevarles a su mujer y a su hija un detalle de la fiesta, y juntó todos sus ahorros para comprarle a su hija una muñeca y un espejo pequeño para su mujer, ya que ella no tenía ninguno.

¡Menuda sorpresa cuando lo vio! Aunque no sabía lo que era, así que al mirarse en él, preguntó extrañada a su marido:

– ¿Y esta mujer tan hermosa quién es?

– ¿Cómo que quién es? ¡Eres tú! ¡Es tu reflejo!

La mujer, avergonzada por su ignorancia, ocultó el espejo en un cajón y decidió dejarlo allí para que no se estropeara, ya que era un regalo de amor de su marido.

Pasaron los años. La niña crecía y la mujer envejecía. Al cabo de unos años, la mujer enfermó… y unos días antes de morir, le dijo a su hija:

– Hija, quiero que me escuches bien: yo debo partir, pero siempre estaré contigo. Cuando muera, quiero que saques un objeto que guardo en el cajón de mi cómoda. Al mirarte en él, me verás.

La mujer murió, y la hija, recordando sus palabras, sacó el espejo del cajón, y al mirarse, vio a una mujer joven y muy guapa, que sonreía al sonreír ella… Todos los días miraba el espejo, y le dedicaba bellas y tiernas palabras. Un día, su padre la descubrió hablando con el espejo:

– ¿Qué haces, hija mía? – le preguntó su padre.

– Mira papá…¡es mamá! Sonríe cuando yo sonrío. Está aquí con nosotros. ¿No es bella? ¡Y qué joven está!

Su padre se dio cuenta de lo que sucedía, pero aún así, contestó:

– Así es, hija mía, está muy bella… Tú la ves en ese espejo y yo la veo en ti cada día.

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Benicio
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