El espejo roto de Benicio de Seeonee

El espejo roto de Benicio de Seeonee

El espejo roto

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Cuando no podemos vernos bien

Un discípulo se acercó al maestro una mañana. El jardín aún tenía rocío en las hojas y el sol apenas rozaba los tejados del monasterio.

—Maestro —dijo el joven, con voz baja pero inquieta—. Me esfuerzo por conocerme, pero no me reconozco. Cada vez que intento ver quién soy, me confundo más. Siento que hay algo roto en mí.

El maestro lo miró con compasión. No respondió enseguida. Caminó hacia el salón de meditación, donde había una caja con objetos usados en las ceremonias antiguas. Rebuscó entre ellos hasta encontrar un espejo agrietado. Tenía el marco de madera rajado y la superficie reflejaba en fragmentos torcidos.

Se lo entregó al discípulo.

—Mírate —ordenó.

El joven obedeció. Se inclinó frente al espejo y frunció el ceño.

—Me veo… extraño. No soy yo.

—¿Seguro? —preguntó el maestro.

—Mi rostro está partido en pedazos. Un ojo está más arriba, mi boca se pierde entre líneas. Es una imagen incompleta. No me gusta.

El maestro asintió.

—Así ves tu alma ahora —dijo con voz serena—. Rota, discontinua. Y quieres arreglarla.

—Claro. Quiero entenderme. Quiero verme claro. Quiero saber quién soy.

El maestro tomó el espejo con ambas manos y lo dejó en el suelo.

—No repares el espejo —dijo—. Reposa la mirada.

El discípulo lo miró sin entender.

—¿Qué significa?

—Cuando el agua está agitada, no ves el reflejo. No porque el rostro esté roto, sino porque el agua no está en paz. Lo mismo ocurre con el alma. No te esfuerces por comprenderte a la fuerza. Siéntate. Esperá. Observa. No quieras agarrar lo que sólo se revela cuando dejas de apretar.

El joven bajó la cabeza. Por dentro, algo se le aflojaba. No era resignación, era alivio. El maestro recogió el espejo y lo guardó con cuidado.

—El espejo no está para que te gustes. Está para que veas. Y a veces, ver duele. Pero el que se queda frente al espejo, sin huir, tarde o temprano encuentra el rostro verdadero.

Reflexión final:
Cuando no podemos vernos bien, no siempre estamos rotos. A veces solo estamos agitados. La claridad no llega por controlarla… sino por dejarla venir. Como el agua, como el cielo después de la lluvia.

Benicio
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