El Ángel de la Muerte – Las mil y una Noches

El Ángel de la Muerte – Las mil y una Noches
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El Ángel de la Muerte

Extraído del libro
Las mil y una Noches

Un antiguo rey de reyes, cierto día quiso salir a caballo en medio de una comitiva de magnates y grandes de su reino para mostrar a las criaturas las maravillas de su magnificencia. Mandó a sus compañeros, los emires y los grandes del reino, que se preparasen para acompañarle. 

Ordenó al mayordomo que cuidaba de su guardarropía que le llevase sus vestidos más preciosos, aquellos que eran propios de un rey cuando desea mostrarse con toda su pompa. Dispuso que le llevasen sus mejores caballos y sus corceles más famosos. Así lo hicieron. Escogió, entre todos sus vestidos, aquellos que eran más hermosos y los caballos que prefería. Se puso el traje, montó en el corcel e inició la marcha acompañado por su séquito, llevando un collar formado por pedrerías y toda clase de perlas y jacintos. 

Cabalgaba en su corcel, en medio de sus tropas, vanagloriándose de su poder y fuerza. Iblis se acercó a él, colocó la mano en sus manos y le insufló por la nariz el orgullo y la admiración de su propio valer. El rey se dijo: 

– ¿Quién hay en el mundo que se pueda comparar conmigo? – Demostró su orgullo y su vanagloria, dejó transparentar su soberbia y su grandeza sin dirigir la mirada a nadie, de tan enorme como era su orgullo. 

De pronto un hombre vestido de harapos se paró ante él y le saludó. No le devolvió el saludo. El otro cogió las riendas del caballo. El rey le dijo: 

– ¡Quita las manos! ¡Tú no sabes de quién son las riendas que sujetas!

– Tengo algo que pedirte.

– Espera a que me apee y luego dime lo que necesitas.

– Es un secreto y sólo puedo decírtelo al oído. – El rey inclinó la cabeza y el otro le dijo: 

– Yo soy el Ángel de la Muerte y quiero llevarme tu espíritu.

– ¡Dame tiempo para que pueda volver a mi palacio y despedirme de mi familia, de mis hijos y de mis vecinos!

– ¡No! ¡No volverás a tu palacio ni volverás a verlos! Ha concluido el plazo de tu vida – y en seguida, mientras aún estaba a lomos del caballo, le arrebató el alma y el rey cayó muerto.

El Ángel de la Muerte se marchó de aquí y fue a buscar a un hombre pío del cual Dios (¡ensalzado sea!) estaba satisfecho. Le saludó y el hombre le devolvió el saludo. El Ángel de la Muerte le dijo: 

– ¡Hombre pío! Tengo que pedirte algo en secreto. 

– Dime al oído qué es lo que deseas.

– Soy el Ángel de la Muerte.

– ¡Bienvenido! ¡Gracias a Dios que has llegado! Hace ya mucho tiempo que estaba esperando tu llegada. ¡Cuán larga me ha parecido tu ausencia! ¡Deseaba tanto que llegases! – El Ángel de la Muerte le dijo: 

– Si tienes algo que hacer, conclúyelo.

– No tengo trabajo más importante que el de correr al encuentro de mi Señor (¡gloriado y ensalzado sea!).

– ¿Cómo quieres que me lleve tu alma? Se me ha mandado que te la arrebate como tú prefieras, como tú escojas.

– Concédeme el tiempo de hacer la ablución y empezar a rezar; cuando esté prosternado, coge mi alma, pues estaré adorando a Dios.

– Mi Señor (¡gloriado y ensalzado sea!) me ha ordenado que no te arrebate el alma de no ser con tu conformidad, del modo que escojas. Haré lo que has dicho.

– Aquel hombre hizo las abluciones, empezó a rezar y el Ángel de la Muerte le arrebató el espíritu mientras estaba prosternado. Dios (¡ensalzado sea!) lo transportó a la sede de su misericordia, de su satisfacción y de su perdón.





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