Dos palabras

Dos palabras

Dos palabras

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

El aula estaba en esa calma rara que aparece cuando todos se van y queda solo el eco de los bancos arrastrados. Ezequiel se había demorado a propósito. Fingió estar terminando el trabajo, aunque lo tenía terminado desde la semana anterior. Lo que sí no podía fingir era ese temblor incómodo en las manos y un nudo en la garganta.

El profesor Serra estaba guardando sus cosas. Era joven para ser profesor, pero no tanto como para confundirse. Siempre fue muy serio, aunque era amable, claro, paciente. Ezequiel lo admiraba desde el primer día. Primero por cómo explicaba. Después por cómo miraba a la gente cuando le hablaba. Después… por otras razones que recién ahora se animaba a reconocer.

—¿Todo bien, Ezequiel? —preguntó Serra, sin levantar la voz.

Ezequiel respiró hondo. Se sintió ridículo, pero estaba decidido a hacerlo. Tomó las hojas que estaban escritas desde hacía días y agregó la nota que solo con sostenerla entre sus dedos lo hacía temblar.

—Sí. Ya terminé. 

El profesor había sido considerado porque era un excelente alumno, especialmente en su clase. No estaba lejos, tal vez dos o tres hileras de bancos de distancia había entre él y ese hombre, que desde que entró en el aula aquel día, lo hacía estremecer cada vez que lo miraba.

Se acercó despacio. Y entregó las hojas, entre ellas la nota. Llevaba ya su mochila en la espalda para irse. Pero la mirada del profesor Serra lo atrapó una vez más. 

—Esto no es habitual en ti. ¿Hay algo de lo que quieras hablar? —dijo.

Ezequiel tragó saliva. Bajó la mirada. La nota estaba entre las hojas que ahora estaban en las manos del profesor. ¿Por qué entonces él seguía temblando? 

Negó en silencio y salió del salón cabizbajo. 

El profesor Serra acomodó las hojas y la nota cayó sobre el escritorio. El “Te amo” quedó ante sus ojos quitándole el aliento. Serra se quedó inmóvil. Jamás en sus años de docencia le había pasado algo así. Tomó la nota y al sostenerla sintió el peso de esas palabras. La guardó en su bolsillo, y puso las hojas de Ezequiel dentro de su bolso con los demás trabajos.

Cuando llegó a su casa, pensó largamente. Sentado en el medio del sofá más largo con la nota en la mesa ratona, buscaba las palabras justas. Aunque no estaba seguro de que hubieran palabras justas para romper el corazón de un chico que con tanta contundencia le había entregado sus sentimientos.

El corazón de Ezequiel estuvo detenido una semana. Cuando lo vio entrar de nuevo en el salón, como siempre, su corazón comenzó a sacudirse sin control. Serra saludó a todos, entregó los trabajos a todos, excepto tres que les pidió que se quedaran hasta después de la clase. Uno de ellos era Ezequiel. Cuando llegó la hora, todos salieron al recreo. Serra fue llamando uno a uno a los chicos, comentando observaciones sobre sus trabajos, y a medida que los entregaba los chicos fueron saliendo. 

Cuando llegó el turno de Ezequiel, se levantó y caminó lento hacia el escritorio con la mirada baja. Le ardían los ojos. Sentía vergüenza. No esperaba correspondencia, pero tampoco sabía cómo iba a sonar el rechazo.

Serra se sentó en el borde del escritorio, con calma. Mantuvo distancia. Una distancia cuidada, correcta. La distancia que protege.

—No puedo describir la sorpresa que me llevé cuando me entregaste el trabajo. No porque estuviera mal. De hecho es un excelente trabajo, como todos los demás.

Ezequiel estaba mirando el piso aprendiendo de memoria los patrones de las baldosas. No sabía si podría escuchar lo que le iba a decir sin llorar y eso lo hacía sentir ridículo, avergonzado. 

—Me sorprendió lo mucho que pesaba —le dijo entregándole las hojas con la nota encima. 

La respiración de Ezequiel se entrecortó.

—Te lo devuelvo porque no sería justo quedarme con algo que no puedo corresponder. 

Ambos, por motivos diferentes, rogaban que no hubiera lágrimas. Serra sabía que lo que estaba haciendo era romper un corazón que quizás amaba por primera vez. Y Ezequiel tenía tanta vergüenza por haberse expuesto ante ese hombre que no sabía cómo hacer para terminar el año frente a él. 

—Estoy seguro que un día, sin apuro, vas a encontrar a alguien que sí va a ser tu persona favorita. Y darte una nota que pese tanto como esa. Alguien con quien puedas vivir todas esas cosas que ansías vivir. Alguien a tu altura, Ezequiel. No yo.

Ezequiel apretó los puños. Dolía mucho. El chico levantó la vista con los ojos humedecidos. Serra le devolvió una expresión seria, como siempre, sin un mínimo de duda.

—Espero que la demora en la entrega del trabajo no haya sido por eso. 

Ezequiel negó y secó sus ojos justo antes de que las lágrimas se derramaran.

—Ya lo tenía hecho —dijo con la voz quebrada.

—No quiero que bajes tu rendimiento —dijo el profesor. 

Ezequiel negó en silencio secando una vez más sus ojos. Serra tenía una molestia muy profunda también en su pecho. 

—Quiero que la próxima entrega la hagas en tiempo y forma como siempre.

Ezequiel asintió, aunque el pecho le pesaba como si hubiera corrido kilómetros. No era el fin del mundo, pero se sentía así. Era su primera caída en serio.

—Guarda eso y ve al recreo —dijo el profesor Serra. 

Guardó sus cosas en silencio. 

Al salir del aula, supo que la vida seguía. 

La vergüenza siguió pesando un tiempo y el dolor quizás un poco más. Pero cada vez que el profesor Serra entraba en el aula su corazón, terco como pocos, se ponía a saltar dentro de su pecho.

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Autor: Benicio de Seeonee

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