El galpón del abuelo

El galpón del abuelo

El galpón del abuelo

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

La casa de mis abuelos era el punto de reunión. Todas las fiestas las celebrábamos allí, y mis primos y yo esperábamos con ansias el momento del encuentro. La mayoría vivíamos en departamentos, o casas pequeñas, no muy lejos. Por eso hasta los compañeros de la escuela conocían ese lugar. No obstante, había algo que solo conocíamos los pibes de la familia: el galpón.

Se veía desde el patio. Estaba bien al fondo. La puerta siempre estaba cerrada. Cruzaba el patio de lado a lado. No recuerdo cuándo se construyó ni quién decidió ese lugar exacto. Pero para nosotros siempre estuvo ahí. Como si hubiera nacido con la casa, o antes incluso, como si el parque de atrás, el patio y la casa se hubieran acomodado a su presencia.

Tal vez porque éramos chicos lo veíamos enorme. No solo en sus dimensiones, sino y principalmente, en posibilidades. Cada vez que pedíamos permiso para entrar al galpón, el abuelo nos decía lo mismo: “no toquen lo que no tienen que tocar”. Era algo tan amplio, que francamente no sé cómo sabíamos exactamente qué tocar y qué no. 

El abuelo guardaba allí todas sus herramientas. Las de la huerta, las de carpintería, las de mecánica, con la que arreglaba el auto, etc. Tenía todo ubicado en sectores específicos. Había zonas oscuras donde no entraba la luz ni la curiosidad. Había rincones peligrosos, clavos torcidos, maderas flojas, herramientas que no sabíamos para qué servían pero intuíamos que no eran “tocables”. 

Cada ruido tenía origen incierto. El viento movía las chapas del techo, algo caía solo, alguna rata corría cuando no mirábamos. El galpón respiraba, convirtiéndose en refugio y amenaza a la vez. A veces era una casa embrujada y cuartel general. Ahí se armaban estrategias, se escondían tesoros inútiles, se improvisaban guaridas. Cuando llovía fuerte, el galpón sonaba distinto. Cuando hacía calor, olía a aceite viejo y a polvo. 

Con el tiempo aprendimos qué era cada cosa. Para qué servía cada herramienta. Qué ruido era normal y cuál no. El misterio empezó a ordenarse, pero no a desaparecer. El galpón seguía siendo el centro de operaciones de la infancia.

Después crecimos. Y sin darnos cuenta, el galpón empezó a achicarse. No físicamente ya que seguía ocupando el mismo espacio, con las mismas paredes torcidas y las mismas manchas de humedad. Pero ya no imponía. Ya no intimidaba. Era curioso que mis primos y yo al entrar pensáramos lo mismo: “antes era más grande” 

Años más tarde volví. Esa vez entré solo. El galpón parecía casi chico. Demasiado bajo, demasiado simple. Los rincones eran visibles. Las sombras tenían explicación. Donde antes había peligro, ahora había polvo.Y ahí entendí algo que de chico no podía ver: el galpón no había sido grande. Nosotros éramos pequeños.

Mientras recorría con la vista el galpón del abuelo, deduje que todo ese mundo había sido una proyección. El tamaño lo ponía la imaginación, el miedo, la curiosidad. El galpón solo ofrecía el escenario. 

También entendí otra cosa. Ese lugar no estaba ahí por azar. Mi abuelo lo había pensado así. Era suyo, su mundo, su espacio real, y sin decir nada, nosotros nos apropiamos de él y le dimos una forma y un uso diferente. El abuelo no tenía que explicarlo, simplemente lo había construido para guardar cosas, sí, pero de alguna manera nosotros entendimos ese lugar como un espacio que iba cambiando de un momento a otro. 

Nosotros no veíamos el galpón como lo veía el abuelo. Y el abuelo jamás hubiera podido imaginar cómo lo veíamos nosotros. Era un lugar perfecto, funcional, suficiente. Hoy ese galpón ya no está. Lo desarmaron de a poco. Algunas maderas se reaprovecharon. Otras terminaron en el fuego. Las herramientas se repartieron. Mi tío tiene muchas cosas de mecánica en su taller. Papá se quedó con algunas cosas de carpintería. 

En mi casa hice un galpón, no muy grande y guardé algunas cosas de pesca que el abuelo me había regalado. Me pregunto si mis hijos, lo verán como yo veía el de mi abuelo. Es curioso cómo la nostalgia evita la desaparición. 

El galpón del abuelo ya no está, pero sigue existiendo como recuerdo. Hay espacios que no nunca fueron mágicos. Éramos nosotros los que mirábamos distinto.

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Autor: Lilian Rodríguez

Benicio
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