Dama de compañía de Benicio de Seeonee

Dama de compañía de Benicio de Seeonee

Dama de compañía

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Armando vivía en una casa demasiado grande para un solo hombre, por más que estuviera lleno de recuerdos. Tenía cincuenta años, una empresa funcionando sin sobresaltos, que había heredado de sus padres. Y una carrera literaria que le permitía vivir con comodidad. Beatriz iba a limpiar cada dos días y dejaba la heladera repleta de potes de comida que siempre terminaban en la basura. 

La soledad pesaba tanto que a veces olvidaba comer. Sabía que seguir adelante no sería fácil. Y que había prometido encontrar la forma de ser feliz. Pero se le estaba haciendo demasiado difícil.

Decidió poner un aviso solicitando una dama de compañía. Cuando le preguntó a Beatríz qué le parecía, la mujer estuvo de acuerdo. Así, una mañana poco antes del mediodía, llegó Nadine. Tenía veinticinco años, y recién salía de la academia de cocina, un talento fresco y una vitalidad que hacía ruido apenas entraba. Cuando se sentaron a hablar de horarios y salario, ella lo miró sin rodeos y soltó:

—¿Qué es exactamente una dama de compañía? 

Armando sonrió. 

—Bueno, supongo que eso varía dependiendo de quién se trate. En mi caso, me gustaría que cocines para mí, las cuatro comidas, y que las compartas conmigo. 

La joven se sorprendió. 

—Me vas a pagar por cocinar y comer contigo. Me das casa y un sueldo que no podría cobrar en otro lugar. Me parece que suena un poco raro.

—Exijo un buen trabajo. Buena comida y buena compañía.

La joven pensó unos segundos y luego sonrió.

—De acuerdo, pero no te enamores de mí.

Armando soltó una risa breve, casi nostálgica.
—No lo haré —respondió con una serenidad que venía de lejos, de heridas ya cerradas y recuerdos intactos.

El arreglo funcionó desde el primer día. Nadine cocinaba con una alegría que iluminaba las habitaciones apagadas de la casa. Ponía música, cantaba. La casa se llenó de vida. Él trabajaba en su estudio y solo salía cuando ella lo buscaba para las comidas. Mientras servía la escuchaba tararear. A veces, mientras él leía en el sillón, ella preparaba el postre, y la casa olía delicioso. Sin darse cuenta empezaron a construir una rutina que se sentía muy agradable. 

Nadine salía por las noches luego de la cena, pero regresaba a dormir. Porque lo cierto era que su vida con Armando era más parecida a un hogar que cualquier cosa que hubiera conocido en los últimos años.En su vida fuera de la casa, vivía al borde: fiestas, salidas, vínculos frágiles que se rompían antes de empezar. La única porción de armonía estaba ahí, en la cocina de Armando, donde la comida salía siempre a tiempo y la conversación siempre era amable.

Confiaba en él porque no la juzgaba. La escuchaba atentamente, y de vez en cuando la aconsejaba. Ella no pedía consejos, pero cuando ponía en práctica algunas de las sugerencias de Armando, las cosas mejoraban considerablemente.
Él estaba cómodo con ella, con su música, con sus comidas y con sus tarareos. Las charlas en la cena, cuando ella le comentaba sus planes o alguna de sus desventuras, le mostraban un nuevo tiempo que le era tan ajeno como fascinante. 

Un jueves por la noche, mientras levantaban la mesa, Nadine dejó los platos a un lado y lo miró con una expresión que él no le había visto nunca.
—No voy a salir esta noche —dijo—. Si quieres… puedo dormir contigo.

Armando sintió un golpe silencioso en el pecho. Eso no era lo que esperaba. Su sonrisa y la comodidad que habían compartido se esfumó de pronto con la osadía de esa juventud que amenazaba con arrasar todo lo que habían construido. 

—Nadine… —dijo despacio, cuidando cada palabra—. No puedo.
Ella frunció el ceño, sorprendida y ofendida.

—¿Eres gay? —preguntó la joven, desanimada.

Armando sonrió tranquilo, dobló la servilleta y la puso sobre la mesa. Se puso de pie.

—No. Simplemente no es el tipo de compañía que necesito. Pensé que había quedado claro.
—¿Qué hombre de cincuenta no sueña con tener a su lado una chica de veinticinco?
Él sostuvo la mirada sin un temblor.
—Uno que ya tuvo a la mejor mujer. Y cuyo lugar en la cama es exclusivo.

La frase cayó en el aire con un peso que Nadine no había calculado. Armando no hablaba de moral ni de pudores. Hablaba desde un amor que no se repite, desde una lealtad que no se negocia.

Nadine retrocedió un paso. No lloró, pero su orgullo quedó herido, como si le hubieran mostrado un espejo sin filtros. Luego de limpiar la cocina, tomó sus cosas y se fue a la calle, pero no llegó muy lejos. No había un lugar al que quisiera ir. En verdad quería estar con él. Dormir a su lado. ¿Cómo podía una persona muerta seguir tan viva? Era injusto que ella no pudiera tener un poco de afecto de ese hombre.

La noche terminó en silencio.

A la mañana siguiente, antes de que él bajara a desayunar, Nadine ya estaba en la cocina. Tenía los ojos un poco hinchados, pero el gesto firme. Cuando Armando entró en la cocina, saludó como cada mañana.

—Buenos días, Nadine.

—Buen día. —respondió ella algo nerviosa. 

Terminó de servir y se sentó a la mesa. Como siempre, todo estaba impecable y delicioso. Pero había una pesadez en el ambiente entre ambos. 

 —Perdón —dijo, sin entrar en detalles—. No va a volver a pasar.
Armando asintió.
—¿Saliste anoche?

—Sí, pero regresé enseguida. Me gusta estar aquí. No quiero que me eches.

—¡Por dios! —exclamó Armando sorprendido— ¿De dónde sacas que voy a echarte?

—Es que… —los ojos de la joven se llenaron de lágrimas y no pudo continuar.

Armando se inclinó un poco sobre la mesa buscando la mirada húmeda de Nadine.

 —Nadine, si tú estás bien aquí y yo también, todo lo demás no importa. Cuidemos eso.

Ella sonrió con un alivio que no esperaba sentir. Podía vivir mil vidas desordenadas allá afuera, pero esa casa, ese trabajo, ese vínculo —limpio, tranquilo, inquebrantable en sus límites— le daba una paz que nadie más lograba darle.

Nunca más insistió.
Nunca más habló del tema.
Siguió cocinando, él siguió escuchándola, y entre los dos mantuvieron ese delicado equilibrio donde había afecto, compañía y respeto.

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Autor: Benicio de Seeonee

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