Cena con un mendigo

Cena con un mendigo
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Cena con un mendigo

Este es uno de los cuentos de
 Las mil y una noches

Mi sexto hermano, ¡oh Emir de los creyentes!, es el que tiene partidos los labios; era muy pobre, y no poseía ninguno de los bienes de este mundo perecedero. Un día salió a buscar algo con qué mantenerse. En una calleja distinguió una hermosa casa, de amplio y elevado vestíbulo, en cuya puerta había varios criados, señores y porteros. Interrogó a uno de los que allí estaban, y éste le comunicó que pertenecía a un hijo de reyes. Mi hermano se acercó a los porteros y les pidió una limosna; le dijeron que cruzase el umbral, pues el dueño de la casa le daría lo que quisiera. Entró en el vestíbulo, se echó a andar por él, y al cabo de un momento, llegó a una habitación muy hermosa y llamativa; en el centro tenía un parterre1 cual nadie ha visto jamás igual; los suelos estaban recubiertos de mármol, y los visillos2 se hallaban corridos. Mi hermano, sin saber hacia dónde se dirigía, avanzó hacia la testera del salón; encontró a un hombre cuyo rostro y barba eran muy hermosos.

Cuando vio a mi hermano, se incorporó, le salió al encuentro, lo saludó y le preguntó por su condición. Le respondió que era un mendigo. Estas palabras le causaron una profunda pena. Cogió su vestido con la mano y lo desgarró, exclamando: ‘¿Puede ser que estando yo en una ciudad pases tú hambre en ella? ¡No puedo consentirlo!’ Después de prometerle toda clase de bienes, le dijo: ‘Es necesario que comas conmigo’. ‘¡Señor!, no puedo esperar; estoy muerto de hambre.’ ‘¡Muchacho —llamó el viejo—, trae la jofaina3 y el cántaro!’ Volviéndose hacia mi hermano, añadió: ‘¡Huésped, acércate y lava tu mano!’ Él fingió que se lavaba la suya. 

Luego llamó a sus servidores y les dijo que acercasen la mesa. Empezaron a ir y venir como si en realidad la estuviesen preparando. Después, cogiendo a mi hermano, lo hizo sentar a su lado, junto a aquella mesa imaginaria. El dueño de la casa empezó a gesticular y a mover los labios como si en realidad estuviese comiendo. Decía a mi hermano: ‘Come sin vergüenza; yo sé bien en qué estado te encuentras, debido a la necesidad’. Mi hermano empezó a simular que comía, mientras el otro le decía: ‘¡Come! Mira qué pan tan blando’. 

Mi hermano no decía nada, pues pensó que aquel hombre quería burlarse; por eso, siguiendo la broma, contestó: ‘En toda mi vida no he visto un pan más blando que éste ni mejor comida que la tuya’. ‘Lo ha cocido una esclava que compré por quinientos dinares.’ Luego gritó: ‘¡Muchacho, tráenos el estofado ese que no tiene igual ni en la mesa de los reyes!’ Dirigiéndose a mi hermano, dijo: ‘¡Come, huésped mío! Tú tienes mucha hambre y necesitas alimento’. 

Mi hermano movió las mandíbulas como si comiese de verdad. Aquel hombre le ofreció plato tras plato sin darle nada, e insistiendo siempre en que comiese. Tras esto ordenó: ‘¡Muchacho, trae los pollos rellenos de alfóncigo!’Y añadió: ‘Come esto, pues nunca habrás comido nada semejante’. ‘Este guiso, señor, es incomparable por su buen sabor.

El viejo empezó a llevar su mano a la boca del huésped fingiendo darle de comer por sí mismo, al tiempo que le enumeraba las especias empleadas en el guiso y le describía cómo se había cocinado. Mi hambriento hermano sentía aumentar el apetito de tal manera, que se habría contentado con un mendrugo de pan de cebada. El dueño de la casa le preguntó: ‘¿Has olido alguna vez aromas mejores que los de estos guisos?’ ‘No, señor.’ ‘Come todo lo que quieras, no te vergüences.’ ‘Estoy harto de comer.’

El hombre mandó a sus servidores que acercasen los dulces. Movieron las manos en el aire haciendo ver que los llevaban. El viejo dijo entonces a mi hermano: ‘Prueba esta clase, pues son muy buenos; come esos pasteles, ¡por mi vida! coge esa pasta antes de que se caiga el julepe’. ‘¡Nunca me faltes, señor mío!’, y empezó a decirle que ponía mucho almizcle en las pastas. ‘Ésa es mi costumbre —replicó el viejo—; en mi casa ponen siempre en cada una un mizcal de almizcle, y medio de este ámbar; pruébalo.’ Mi hermano movía la cabeza y la boca y hacía ver que lo saboreaba, como si estuviera relamiéndose al comer los

dulces.

El dueño de la casa ordenó a sus sirvientes que acercasen la fruta seca, y ellos movieron las manos en el aire como si la llevasen. Dijo a mi hermano: ‘Come estas almendras; no descuides esas nueces ni esas pasas’, y le enumeró varias clases de frutas. ‘¡Come! ¡No te avergüences!’ ‘Estoy ya harto, señor; no puedo comer ni un bocado.’ ‘¡Huésped! Si quieres comer, puedes gozar de los mejores guisos, ¡por Dios, por Dios!, no has de quedarte con hambre.’

Mi hermano pensó en la broma que le estaba gastando aquel hombre y se dijo que había de hacerle una faena con la que tuviera que arrepentirse de la que le estaba gastando entonces. El hombre dijo a sus servidores: ‘Acercadnos las bebidas.’ Movieron sus manos en el aire y fingieron servirlas. El dueño de la casa hizo como si entregara a mi hermano una copa, y le dijo: ‘Coge esta copa, te va a gustar’. ‘Éste es uno de tus favores’, y levantó la mano fingiendo beber. Preguntó: ‘¿Te ha gustado?’ ‘Jamás he tomado mejor bebida que ésta.’ ‘¡Bebe a gusto!’

En seguida, el dueño de la casa fingió beber y entregó a mi hermano otra copa. Éstela vació de la misma manera y aparentó estar borracho. Despreocupadamente, levantó la mano hasta dejar ver los pelos del sobaco y dio un pescozón4 al dueño, que resonó en toda la habitación, y luego le dio otro. El anfitrión preguntó: ‘¿Qué significa esto, oh el más ínfimo de los seres?’ ‘Señor, soy tu esclavo, aquel al que has favorecido, al que has hecho entrar en tu casa, al que has alimentado con los mejores manjares y al que has escanciado5 vino añejo; así, se ha emborrachado y se ha sublevado contra ti. Tu rango es demasiado alto para castigarlo por su ignorancia.’

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