Buluqiya descubre el trabajo de los ángeles 

Buluqiya descubre el trabajo de los ángeles 

Buluqiya descubre el trabajo de los ángeles 

Extraído del libro
Las mil y una Noches

Buliqiya anduvo errante por la tierra hasta llegar a un monte muy elevado. 

Se encaramó a él, y al llegar a la cima halló un ángel muy grande que, sentado, glorificaba a Dios (¡ensalzado sea!) y bendecía a Mahoma. 

Ante el ángel había una tabla, con una parte escrita en blanco y otra en negro; la estaba contemplando, con las alas extendidas: una hacia Oriente, y la otra, hacia Occidente. Buluqiya se acercó a él y lo saludó. El ángel le devolvió el saludo y le preguntó: 

—¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Adónde vas? ¿Cómo te llamas?

—Soy un hombre y pertenezco al pueblo israelita. Viajo por amor a Mahoma, al que Dios bendiga y salve, y me llamo Buluqiya.

—¿Qué te ha sucedido para venir a parar a esta tierra?

Le refirió todo lo que le había sucedido y lo que había visto en su viaje. El ángel se quedó pasmado al oír las palabras de Buluqiya. Éste le preguntó: 

—Ahora dime tú qué es lo que está escrito en esta tabla y qué haces aquí. ¿Cómo te llamas?

—Me llamo Miguel, y estoy encargado de hacer que se sucedan los días y las noches. Tal es mi trabajo hasta el día del juicio.

Buluqiya, al oír estas palabras, quedó muy admirado del aspecto, contextura y grandes dimensiones del ángel. Se despidió de éste y viajó de noche y de día, hasta llegar a una gran pradera; cruzó por ella y encontró siete ríos y muchos árboles. El viajero quedó boquiabierto ante una pradera tan grande; recorrió sus lindes y tropezó con un árbol altísimo, a cuyo pie se encontraban cuatro ángeles. 

Buluqiya se acercó a ellos y observó su forma: uno tenía el aspecto propio de un hombre; el segundo parecía un animal salvaje; el tercero era un pájaro, y el cuarto tenía la forma de un toro. Estaban ocupados en loar a Dios (¡ensalzado sea!). Iban diciendo: “¡Señor mío! ¡Dueño mío! ¡Patrón mío! ¡Por tu verdad y por la gloria de tu profeta Mahoma, al que Dios bendiga y salve! ¡Perdona a cada uno de los seres que has creado a semejanza mía, y sé misericordioso con ellos! Tú eres poderoso sobre todas las cosas”. 

Buluqiya quedó pasmado al oír estas palabras y se alejó de ellos, y anduvo noche y día, hasta llegar al Monte Qaf. Subió a su cima y encontró en ella un gran ángel, sentado, que estaba loando y santificando a Dios, al tiempo que rezaba por Mahoma (¡Dios lo bendiga y lo salve!). Se dio cuenta de que el ángel cerraba y abría las manos, las plegaba y las extendía. 

Mientras hacía esto, Buluqiya se acercó y lo saludó. El ángel le devolvió el saludo y le preguntó:

—¿Quién eres? ¿De dónde vienes? ¿Adónde vas? ¿Cómo te llamas?

—Soy un israelita, un hombre, y me llamo Buluqiya. Viajo por amor a Mahoma, a quien Dios bendiga y salve. Mas he perdido el camino.

Le refirió todo lo que le había ocurrido, y al terminar le preguntó: 

—Y tú, ¿quién eres? ¿Qué monte es éste? ¿Qué significa este trabajo que haces?

El ángel replicó: 

—Sabe, Buluqiya, que éste es el Monte Qaf, que rodea al mundo. Tengo en mi poder, aquí abajo, toda la tierra creada por Dios, y cuando Éste (¡ensalzado sea!) quiere que pase algo en el mundo, ya un terremoto, ya una sequía, ya un año de prosperidad, o de guerras, o de paz, me manda que lo haga. Yo permanezco aquí en mi puesto. Sabe que mi mano sujeta las raíces de la Tierra.

Buluqiy a preguntó: 

—¿Ha creado Dios en el Monte Qaf alguna región distinta de ésta en la que te encuentras? —¡Sí! Ha creado una tierra blanca como la plata, cuy a extensión sólo Él conoce; la habitan ángeles cuya comida y bebida la constituyen las loas y la santificación de Dios; la continua plegaria por Mahoma, a quien Dios bendiga y salve. Todos los viernes se reúnen en este monte y rezan a Dios durante toda la noche hasta que llega la mañana, y los beneficios de estas loas, santificaciones y sacrificios, los entregan a los pecadores que pertenecen a la nación de Mahoma (¡Dios le bendiga y le salve!) y a todo aquel que cumple con la ablución del viernes. Así actuarán hasta el día de la resurrección.

Buluqiya preguntó al ángel: 

—¿Ha creado Dios más montes detrás del de Qaf?

—Sí; detrás del Monte Qaf hay una cordillera que tiene una longitud de quinientos años de viaje, cubierta de nieve y hielo, la cual rechaza los calores de la Chahanna para proteger el mundo; si no fuese por esa cordillera, el mundo quedaría abrasado por el calor de la Chahanna. Detrás del Monte Qaf hay cuarenta países, cada uno de los cuales es cuarenta veces más grande que nuestro mundo: unos son de oro; otros, de plata, y otros de jacinto. Cada uno de los países de esas regiones tiene un color propio; Dios los ha poblado de ángeles, cuyo único trabajo consiste en loar, santificar, exaltar y cantar su gloria; rezan a Dios por la nación de Mahoma —al que Dios bendiga y salve—, y no conocen ni a Eva ni a Adán, ni el día ni la noche. Sabe, Buluqiya, que la tierra consta de siete estratos, superpuestos uno encima de otro, y que Dios ha creado un ángel, cuyo poder y características sólo Él, todopoderoso y excelso, conoce. Dicho ángel soporta las siete tierras sobre sus espaldas. Debajo de él, Dios ha colocado una piedra; bajo ésta, un toro; bajo el toro, un pez, y debajo de éste, un mar inmenso. Dios (¡ensalzado sea!) informó a Jesús (¡sobre él sea la paz!) de la existencia de este pez, y Jesús rogó: ‘¡Señor mío! ¡Permíteme ver ese pez de modo bien claro!’ Dios mandó a uno de sus ángeles que llevase a Jesús junto al pez para que lo viese. El ángel fue a buscar a Jesús, lo tomó consigo y lo transportó al mar en el que se encontraba el pez. Le dijo: ‘¡Contempla, Jesús, el pez!’Jesús miró, pero no lo vio. Inmediatamente después, él pez pasó ante Jesús, rápido como el relámpago. Jesús, al verlo, cayó desmayado. Al volver en sí, Dios se mostró ante él y le dijo: ‘¡Jesús! ¿Has visto el pez? ¿Te has dado cuenta de su longitud y de su anchura?’ Respondió: ‘¡Señor mío! ¡Por tu poder y tu gloria! No lo he visto, pues ha pasado ante mí una luz inmensa cuya longitud era la de tres días de marcha. Ignoro qué es lo que puede ser tal resplandor’. Dios le replicó: ‘¡Jesús! El relámpago que ha cruzado ante ti y cuya longitud era de tres días, es la cabeza del toro. Sabe, Jesús, que cada día creo cuarenta peces como ése’.

Buluqiya quedó perplejo al oír tales palabras sobre el poder de Dios. 

Preguntó al ángel:

—¿Qué es lo que Dios ha puesto debajo del mar en el que nada el pez?

—Debajo del mar se encuentra una inmensa cámara de aire; bajo ésta, el fuego, y bajo el fuego, una enorme serpiente, que se llama Falaq. Si no fuese porque dicha serpiente teme a Dios (¡ensalzado sea!), engulliría todo lo que tiene encima: aire, fuego y el ángel, con todo lo que sostiene, sin que éste se diera cuenta. Dios (¡ensalzado sea!), al crear la serpiente la inspiró: ‘Quiero confiarte un depósito en custodia. ¡Guárdalo!’ La serpiente replicó: ‘Haz lo que quieras’. Dios prosiguió:‘¡Abre la boca!’. La abrió, y Dios metió la Chahanna en su vientre. Le dijo: ‘Guarda la Chahanna hasta el día del juicio’. Cuando llegue éste, Dios ordenará a sus ángeles que marchen con cadenas y arrastren con ellas la Chahanna hasta el lugar del juicio. Allí, Dios (¡ensalzado sea!) ordenará a la Chahanna que abra sus puertas. Las abrirá, y de ellas saldrán chispas más grandes que los montes. 

Al oír las palabras que pronunciaba el ángel, Buluqiya rompió a llorar amargamente. Se despidió de él y se marchó en dirección a Occidente, hasta llegar junto a dos seres que estaban sentados junto a una puerta enorme y cerrada. Al aproximarse vio que uno tenía el aspecto de un león, y el otro, el de un toro. Los saludó, y los animales le devolvieron el saludo. Ambos le preguntaron:

—¿Qué cosa eres? ¿De dónde vienes? ¿Adónde vas? 

—Soy un hijo de Adán —replicó Buluqiya—, y estoy viajando por amor a Mahoma, al que Dios bendiga y salve. Pero he perdido mi camino. 

Luego preguntó él a su vez:

—¿Quiénes sois? ¿Qué significa esta puerta ante la cual os encontráis?

—Somos los guardianes de la puerta que estás contemplando. Nuestro único trabajo consiste en loar y santificar a Dios y en rezar por Mahoma, al que Dios bendiga y salve.

Buluqiya, al oír tales palabras, se admiró y preguntó: 

—¿Qué es lo que hay detrás de esa puerta?

—No lo sabemos.

—¡Por la verdad de vuestro Señor, el Excelso! ¡Abrid la puerta para que pueda ver qué hay detrás!

—No podemos abrirla nosotros ni ninguna de las criaturas; sólo el fiel Gabriel, el Seguro, puede hacerlo.

Buluqiy a, al oír tales palabras, se humilló ante Dios (¡ensalzado sea!) y rogó: 

—¡Señor mío! Envíame a Gabriel, el Seguro, para que me abra esta puerta y pueda ver lo que hay en su interior. 

Dios escuchó su plegaria y mandó a Gabriel, el Seguro, que bajase a la tierra y abriese la puerta en que confluyen los dos mares, para que Buluqiya lo viese. El ángel descendió al lado de Buluqiya, lo saludó, se colocó al lado de la puerta y la abrió. Inmediatamente después, le dijo:

—“¡Cruza esta puerta, pues Dios me ha mandado que te la abriese! 

Buluqiya pasó al otro lado y empezó a andar. Gabriel cerró la puerta y subió al cielo. El viajero encontró detrás de la puerta un mar inmenso: una mitad era de agua salada, y la otra, de agua dulce. Bordeando el mar había dos montes de rojos rubíes. Emprendió el camino hasta alcanzar dichos montes. Vio que estaban poblados de ángeles, dedicados a loar y santificar a Dios. Buluqiya los saludó, y ellos le devolvieron el saludo. Les preguntó qué era aquel mar y qué representaban los dos montes. Le replicaron: 

—Este sitio está debajo del Trono. Este mar es el que transmite las mareas a todos los mares del mundo. Nosotros dividimos sus aguas y las repartimos por las distintas regiones: las saladas las canalizamos hacia las tierras salobres, y las dulces, hacia regiones de agua potable. Esos dos montes los ha creado Dios (¡ensalzado sea!) para conservar estas aguas. Esto es lo que se nos ha mandado hacer hasta el día del juicio. 

Luego le preguntaron a él: 

—¿De dónde vienes? ¿Adónde vas?

Buluqiya les contó su historia desde el principio hasta el fin. Después les preguntó por el camino que debía seguir. Le dijeron:

—Cruza por encima de las aguas de este mar. 

Buluqiya tomó parte del jugo que aún le quedaba, se untó los pies, se despidió de ellos y se puso a andar, de día y de noche, sobre la superficie del mar. Mientras iba andando tropezó con un hermoso joven, que también cruzaba la superficie de las aguas. Se acercó a él y lo saludó. El joven le devolvió el saludo. Al alejarse de él, descubrió a cuatro ángeles que cruzaban la superficie de las aguas raudos como relámpagos cegadores. 

Buluqiya siguió avanzando y se detuvo en medio de su camino. Una vez llegaron ante él, los saludó y les dijo: 

—Por la verdad del Todopoderoso y Excelso, quiero preguntaros: ¿Cómo os llamáis? ¿De dónde venís? ¿Adónde vais?

Uno de ellos le replicó: 

—Me llamo Gabriel. 

El segundo dijo: 

—Y yo Israel. 

El tercero manifestó: 

—Y yo Micael. 

Y el cuarto concluyó: 

—Y y o Azrael. 

Los cuatro ángeles añadieron: 

—En la región de Oriente ha aparecido un enorme dragón, que ha derruido mil ciudades y ha devorado a sus habitantes. Dios (¡ensalzado sea!) nos ha mandado que vayamos a su encuentro, lo capturemos y lo arrojemos a la Chahanna.

Buluqiya quedó absorto ante ellos al ver su fuerte contextura, y siguió viajando noche y día, según su costumbre, 




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