Aula 314 

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Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Él llegó a la facultad con una mezcla de entusiasmo y desconcierto. Venía de una secundaria chica, de esas donde todos se conocen y el mundo parece una calle de tierra que no lleva demasiado lejos. La universidad, en cambio, lo desbordaba: pasillos interminables, voces de todos los acentos, profesores que hablaban sin detenerse y aulas repletas de gente que jamás había visto y que parecían no verlo. En una de esas primeras clases, mientras buscaba un asiento al fondo, la vio a ella. Leía con una concentración que parecía un muro. El pelo oscuro le caía sobre las mejillas y cada tanto lo apartaba con un gesto rápido. Él no sabía por qué, pero algo en ella lo dejó clavado en el pasillo.

Se sentó a dos filas de distancia. La profesora pidió que se organizaran en grupos para el trabajo del cuatrimestre, y en un movimiento azaroso, ella giró y lo miró. Fue una mirada simple, sin intención, pero suficiente para que él aceptara sin pensar. Terminaron trabajando juntos y, en pocas semanas, la formalidad inicial se transformó en una confianza suave. Ella hablaba con una claridad que impresionaba. Tenía ideas firmes, una disciplina férrea para estudiar y una sensibilidad que asomaba cuando menos se esperaba. Él admiraba todo eso con un respeto que, cuando se dio cuenta, ya era afecto.

Una tarde, mientras revisaban apuntes en el bar de la esquina, ella le apoyó la mano en el brazo para hacerle una observación. El contacto fue mínimo, pero el corazón de él hizo un salto involuntario. Esa noche, al volver a casa, se acostó sin prender la luz y entendió que se había enamorado. No lo dijo, no sabía cómo; pero empezó a quedarse un poco más después de cada reunión, a buscar pretextos para seguir hablando, a escucharla con una atención que mezclaba deseo y fascinación. Ella parecía cómoda a su lado. A veces reía con una ternura que él quisiera guardar en una caja.

Un viernes al caer la tarde, él tomó coraje y la besó a la salida de la facultad. Ella no dijo nada. No hizo nada. Le sonrió tímidamente. Se pusieron de novios tácitamente. A partir de ahí todo fue vértigo: estudiar juntos, planear viajes que quizá nunca harían, compartir apuntes, sueños, miedos. Él se sentía pleno y seguro, como si por fin hubiera encontrado un lugar donde no necesitaba explicarse. Ella le hablaba de su futuro con convicción; él imaginaba un camino compartido.

Con el tiempo, sin embargo, algo empezó a cambiar. Ella tomó un trabajo que exigía más de lo que había previsto y empezó a encontrarse rodeada de gente nueva, desafíos que la entusiasmaban, oportunidades que la impulsaban hacia adelante. Él, en cambio, avanzaba más lento. No por desinterés, sino por otra manera de vivir. A él le gustaba detenerse, pensar, hacer las cosas con pausa. Ella se aceleraba, se multiplicaba, crecía. Las diferencias no aparecieron como discusiones, sino como grietas pequeñas en los horarios, en las prioridades, en las ganas.

Un día, volviendo del campus, ella le dijo que necesitaba tiempo para pensar. Aún si ella no le habló con frialdad, él sintió que el mundo se aflojaba bajo los pies. La acompañó hasta su colectivo, la vio subir, y en el reflejo de la ventanilla entendió que ese “tiempo” ya era una despedida. No insistió. Había aprendido a respetar la forma en que ella se movía en la vida: decidida, firme, honesta. Sabía que no iba a volver por pena.

Las semanas siguientes fueron un ejercicio silencioso de aceptación. Él evitaba pasar por los lugares donde se habían reído juntos. Ella lo saludaba con amabilidad cuando se cruzaban, sin incomodidad ni nostalgia. 

Él sintió tristeza, caminar solo no era lo mismo. Tuvo que borrar poco a poco aquellas imágenes que habían creado juntos sobre el futuro. Y quitarla a ella dolía más de lo que quería reconocer. Pero si no lo hacía, seguiría sintiendo el peso de la ausencia.

Una tarde de invierno, sentado en el Aula 314 mientras esperaba que empiece la cursada, la vio entrar con alguien más. Ella ni lo vio. Pero él a ella sí, vio que se sentaron juntos y sintió algo parecido a la serenidad. No había olvidado sus sentimientos, pero ya no dolía.

Autor: Benicio de Seeonee

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