Adriano y Antínoo

Adriano y Antínoo

Adriano y Antínoo

Adriano, fue emperador de Roma entre 117 y 138. Por cuestiones políticas y recomendaciones del emperador Trajano, se casó con Sabina, una prima lejana. Sin embargo, nunca pudo constituir un vínculo cercano con ella. 

En uno de sus innumerables viajes recorriendo el Imperio, asistió a una velada en la que se leía una obra de Licofrón, un poeta a quien realmente admiraba, sin embargo, lo que realmente capturó su atención esa noche, fue un chico que en una esquina escuchaba atentamente. Su nombre era Antínoo, era un adolescente, algunas fuentes sugieren que tenía unos 13 años en ese momento.

Terminada la velada, cuando todos se marchaban, Adriano pidió que el joven se quedara y conversó con él largamente. Pudo notar entonces, que no era muy instruído; supo que era griego de la ciudad de Claudiópolis, se veía reflexivo y crédulo; y sus múltiples ignorancias impresionaron profundamente al emperador. 

Si bien no hay registros históricos que puedan certificar la historia de ambos, en general se acepta que se conocieron alrededor del 123, promediando Adriano sus treinta años. Desde esa noche en que se conocieron su compañero fue Antínoo puesto que lo llevó con él y nunca más se separaron.

Adriano estaba realmente fascinado con el muchachito que crecía a su lado y se convertía en un hombre fuerte y hábil. Nadaba, corría y se destacaba en otras áreas. Fue en el tiempo que compartió con Antínoo, en que el emperador sintió que toda su vida cobraba sentido. Se había llenado de luz, y sentía que estaba atravesando “la Edad de Oro”. Ese niño podía mostrarle alegría, indolencia, salvajismo, suavidad. Adriano no podía no sentirse cautivado. Veía en su mirada, la admiración, la devoción y la sumisión, entremezcladas con la severidad del juzgamiento. El chico respetaba a su emperador, y solía lidiar muy bien con sus requerimientos y reclamos. Ya no le importaba el porvenir,  ya no preguntaba a los oráculos, y las estrellas del firmamento ya no le decían nada, solo eran bellos diseños en el cielo. El amor que el emperador sentía por Antínoo era absoluto. Al punto que muchas veces las cosas evidentes pasaban desapercibidas para el, ya maduro, líder imperial. Quizás por eso, por estar perdido en la embriagadora dulzura del amor, no vio venir el desenlace. 

Resultó que el filósofo Eufrates, enfermo y cansado ya del sufrimiento, pidió permiso para suicidarse y el emperador, que había considerado el mismo camino en su época de crisis, previo al ascenso al trono, estuvo de acuerdo. Sin embargo, para Antínoo no fue fácil de sobrellevar, pasó muchos días taciturno, mostrando sentir un verdadero horror hacia la muerte. No se daba cuenta de que el muchacho pensaba ya mucho en ella. Estaba tan enamorado que apenas podía comprender que alguien pudiera abandonar un mundo tan  hermoso, antes de agotar hasta el límite, y pese a todos los males, hasta la última posibilidad de entrar en contacto con el otro y hasta de dar o recibir una mirada.

Por ese tiempo, el emperador había oído hablar de las sorprendentes irisaciones de la aurora sobre el mar Jónico cuando se la contempla desde la cima del Etna. Decidió emprender la ascensión de la montaña. El adolescente de piernas danzantes corría por las pendientes escarpadas. Para Adriano, esa experiencia fue una de las cumbres de su vida. No faltó nada en ella, ni la franja dorada de una nube, ni las águilas, ni el escanciador de inmortalidad. Más sincero que la mayoría de los hombres, no titubeaba en confesar sin ambages que las causas secretas de esa felicidad, de aquella calma tan propicia para los trabajos y las disciplinas del espíritu, eran uno de los efectos más bellos del amor

Una noche el emperador fue invitado por Lucio a una cena y Antínoo no quiso acompañarlo. Sin embargo, poco después, se sumó a ellos con una alegría desbordante que compartió con todos casi toda la noche. Algunos sostienen que quizas en su breve ausencia el muchacho habría recibido de un astrólogo la información que su suicidio beneficiaría al emperador. Lo cierto es que en Roma, las intrigas se habían anudado en torno a su juvenil cabeza, con innobles esfuerzos por ganar su influencia o sustituirla por otra.

Al regresar Adriano notó algo extraño, pero el muchacho no dijo nada. De mañana cuando el emperador tocó por casualidad el rostro del joven, estaba empapado en lágrimas. Le preguntó con impaciencia por qué lloraba; y él contestó humildemente, excusándose por la fatiga. Adriano aceptó aquella mentira y volvió a dormir. Alrededor del mediodía, alguien le dijo al emperador que el joven había desaparecido sin decir dónde iba y llevaban algunas horas sin saber de él. Luego de buscarlo encontraron su cuerpo junto a unas rocas a las orillas del Nilo.

El emperador sintió que todo a su alrededor se derrumbaba. Antínoo había muerto. Lejos de haber amado con exceso, como Serviano lo estaría afirmando en ese momento en Roma, Adriano sentía que no había amado lo bastante para obligar al niño a que viviera. Un niño, temeroso de perderlo todo, había hallado el medio de atarlo a él para siempre. Dice el emperador en sus memorias “Si hubiera esperado protegerme mediante su sacrificio, debió pensar que yo lo amaba muy poco para no darse cuenta de que el peor de los males era el de perderlo.

Mil rumores erróneos corrían a propósito de esta desgracia; circulaban atroces historias que avergonzaban al emperador. No obstante, a su manera, las mentiras más maliciosas eran exactas; acusaban a Adriano de haberlo sacrificado, y en cierto sentido lo había hecho.

La muerte de Antínoo fue devastadora para Adriano. Su mayor temor era olvidarlo, olvidar su rostro, su cuerpo, su imagen. Mandó a hacer numerosos templos, estatuas, pinturas. quería asegurarse de no olvidar ningún detalle. Si bien hay pocos registros históricos de la vida del muchacho y en especial de esta historia de amor, hay múltiples obras de arte que aún perduran sobre Antínoo para que nadie pueda olvidar el rostro e la persona que capturó el corazón del emperador Adriano.

Relato basado en el libro
Memorias de Adriano
de Marguerite Yourcenar por Benicio para Afectos




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