ABU NUWÁS Y HARÚN AL-RASID – Las mil y una noches

ABU NUWÁS Y HARÚN AL-RASID – Las mil y una noches
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ABU NUWÁS Y HARÚN AL-RASID

extraído del libro
Las mil y una Noches

Se cuenta que cierto día Abu Nuwás se quedó solo y preparó un magnífico festín. Reunió toda clase de guisos y de platos, todo aquello que podía gustar a los labios y a la lengua. A continuación salió en busca de un buen amante para que le acompañara en el banquete, exclamando: «¡Señor mío! ¡Dueño mío! Te ruego que hagas que encuentre alguna persona merecedora de tal banquete, apta para ser hoy mi comensal». Apenas había terminado de pronunciar estas palabras cuando vio a tres genios de belleza: parecían ser hijos de unos magos. Eran de distinto color, pero de igual hermosura. El cimbreo de su talle despertaba la pasión.

Abu Nuwás pertenecía a esta escuela: disfrutaba y gozaba con los hermosos y recogía la rosa en las mejillas en flor. Se acercó a aquellos jóvenes y los saludó. Le recibieron con el máximo respeto, pero se dispusieron a continuar su camino. Abu Nuwás los interceptó recitando estos versos:

¡No o s marchéis con otro! Tengo tesoros de cosas buenas:
vino excelente traído por los monjes del monasterio, carne de cordero y varias especies de pájaros.
¡Comed de esto! ¡Bebed el vino añejo que aleja todo mal!
¡Gozad unos con otros y acariciad, entre todos, mi miembro!

Los jóvenes, al comprender sus versos, se inclinaron a complacerle y le dijeron:

– ¡Oír es obedecer! – Le acompañaron a su domicilio y allí encontraron todo lo que les había descrito en los versos. Se sentaron, comieron, bebieron, disfrutaron, gozaron y pidieron a Abu Nuwás que dijera cuál de ellos era más hermoso y perfecto, el de mejor aspecto y más bien proporcionado. Después de dar un par de besos a uno de ellos recitó estos dos versos:

¡Rescataría, con mi vida, el lunar que tiene en la mejilla!
Pero ¿cómo se puede rescatar este lunar con dinero?
¡Bendito sea quien creó sus mejillas sin bozo
y asentó en una la máxima belleza que es ese lunar!

Besó en los labios al segundo y señalándole recitó este par de versos:
El amado tiene un lunar en la mejilla
que parece almizcle sobre un campo de puro alcanfor.
Mi mirada queda absorta al verlo y el lunar responde:
« ¡Bendito sea el Profeta!»

Después de haber besado diez veces al tercero recitó, señalándole, estos versos:
Un joven que sujeta el vino entre las manos
funde el oro en copa de plata.
Pasea, como el escanciador, una copa de vino
mientras sus pupilas llevan otras dos.

Hermoso; es un hijo de turcos, una gacela. Su cintura está entre los dos montes de Hunay. Si mi espíritu está tranquilo en Bagdad, mi corazón vacila entre dirigirse a uno de estos dos sitios: a Diyar Bakr, hacia donde le atrae un amor, y a la tierra de las dos mezquitas. 

Cada uno de los jóvenes había vaciado dos veces consecutivas la copa. Cuando le llegó el turno, Abu Nuwás la cogió y recitó este par de versos:

No aceptes el vino si no te lo ofrece una gacela
que se parezca, por su delicadeza, al vino.
El vino no alegra a quien lo bebe,
a menos de que lo escancie un rostro puro.

Vació la copa y ésta siguió circulando. Al llegar otra vez a Abu Nuwás la alegría le embargó y recitó estos versos:

Ofrece a tu comensal copas de vino sin descanso
y haz que las sigan otras copas.
Presentadas por la mano de un copero de labios rojos,
hermoso, cuya saliva después de la siesta parezca almizcle o miel.
No aceptes el vino si no lo ofrece la mano de una gacela la cual,
al besarla en la mejilla, sea más dulce que el vino.

La embriaguez se apoderó de Abu Nuwás y no distinguió ya la mano de la cabeza; se lanzó sobre los jóvenes con besos y abrazos, entrelazaba pierna con pierna sin darse cuenta del pecado, sin avergonzarse, y recitó estos versos:

El único que goza de dulzuras es el joven que bebe
teniendo como comensales a los hermosos.
Éste le canta; aquél, cuando le excita, levanta la copa bebiendo a su salud
Cuando necesita el beso de uno de ellos, aquél le sorbe la boca.
¡Benditos sean! He pasado un día feliz con ellos y ha sido completamente dulce.
Hemos bebido vino puro y mezclado
y de aquél que se duerme hacemos nuestra víctima.

Mientras así discurrían alguien llamó a la puerta. Le permitieron entrar y vieron que se trataba del Emir de los creyentes, Harún al-Rasid. Todos se pusieron de pie y besaron el suelo ante él. Abu Nuwás, por temor al Califa, se despejó en el acto de la embriaguez. Éste le preguntó: 

– ¡Abu Nuwás!

– ¡Heme aquí, Emir de los creyentes! ¡Que Dios te auxilie!

– ¿Qué significa todo esto?

– ¡Emir de los creyentes! ¡Es una situación por la que no hay que preguntar! 

– ¡Abu Nuwás! He pedido a Dios (¡ensalzado sea!) que me inspire, y te he nombrado, después, alcadí de los alcahuetes.

– ¿Es que deseas darme en propiedad dicho cargo, Emir de los creyentes?

– ¡Sí! 

– ¡Emir de los creyentes! ¿Es que has de depositar alguna queja ante mí? – El Califa se indignó, se volvió y se marchó lleno de rabia. Pasó la noche ciego de furor contra Abu Nuwás, mientras éste pasaba la más feliz y alegre de todas las suyas. 

Al amanecer, cuando el sol hubo salido y ya estaba alto, el poeta despidió a los muchachos, se puso el traje de corte y salió de su casa en busca del Emir de los creyentes. Éste, cuando disolvía el Consejo, acostumbraba a pasar a la sala de audiencias, llamaba a poetas, comensales y músicos y hacía ocupar a cada uno un sitio del cual no podía marcharse. Aquel día había levantado el Consejo, se había dirigido a la sala de audiencias, había llamado a los contertulios y los había colocado en su lugar. Abu Nuwás, al llegar, quiso ocupar su sitio de costumbre. El Emir de los creyentes llamó a Masrur, el verdugo, y le mandó que quitase a Abu Nuwás los vestidos que llevaba, que le atase encima la albarda de un asno, que le ligase en la cabeza un cabestro y una cincha alrededor del torso y que le pasease por los departamentos de las esclavas…por el harén y por todas las dependencias de palacio para que se burlasen de él; que después le cortase la cabeza y se la llevase. Masrur contestó: 

– Oír es obedecer – Empezó a hacer lo que le había mandado el Califa y le paseó por las celdas del palacio que eran tantas como días tiene el año. Abu Nuwás era chistoso y todos los que le veían le regalaban algo: al terminar el recorrido tenía toda la bolsa llena de dinero. Mientras se encontraba en esta situación, Chafar, el barmekí, entró de regreso de una misión importante que le había encomendado el Emir de los creyentes. Reconoció a Abu Nuwás a pesar del estado en que le hallaba y le preguntó: 

– ¡Abu Nuwás!

– ¡Heme aquí! 

– ¿Qué falta has cometido para merecer este castigo?

– No he cometido más pecado que el dedicar a nuestro señor, el Califa, mis mejores versos y él me ha regalado sus mejores vestidos.

Cuando el Emir de los creyentes oyó esto rompió a reír, a pesar de la rabia que le llenaba el corazón. Le perdonó y mandó que le dieran una bolsa de dinero.




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