El asceta que era propietario de una nube

El asceta que era propietario de una nube

EL ASCETA QUE ERA PROPIETARIO DE UNA NUBE

Extraído del libro
Las mil y una Noches

Se cuenta que había un célebre asceta de los hijos de Israel, consagrado a las prácticas religiosas y al rezo. Cuando rogaba a su Señor, Éste le escuchaba, le daba cuanto pedía y sus deseos eran atendidos. Deambulaba por los montes y pasaba en vela la noche. Dios (¡gloriado y ensalzado sea!) le había cedido una nube que le acompañaba dondequiera que iba y le escanciaba agua en gran cantidad para que pudiese realizar las abluciones y beber. 

Así siguieron las cosas hasta que el transcurso del tiempo hizo languidecer sus rezos: Dios le quitó la nube y dejó de atender a sus peticiones. Esto le entristeció, le llenó de pena y empezó a pensar con nostalgia en él tiempo en que Dios le concedía tal milagro; suspiraba, gemía y se desesperaba. Una noche, mientras dormía, oyó que se le decía: 

— Si quieres que Dios te devuelva la nube, ve en busca del rey tal, en tal y cual país. Pídele que rece por ti. Entonces, Dios (¡ensalzado sea!) te devolverá la nube y la impulsarás hacia ti gracias a la bendición de sus benditas plegarias. — La voz recitó estos versos — Ve en busca del pío Emir en pos de obtener satisfacción de tu grave problema. Si él reza a Dios tendrás lo que pides y caerá la lluvia. Él es el rey más poderoso y no tiene igual entre los soberanos. Junto a él encontrarás una cosa que será un anuncio de felicidad y de alegría. Atraviesa, para llegar hasta él, los desiertos y recorre, ininterrumpidamente, las distancias.

Aquel hombre cruzó los países hasta llegar al territorio que se le había indicado en sueños. Preguntó por el rey y se le indicó dónde estaba. Se dirigió a su palacio. En la puerta encontró un paje sentado en un trono magnífico; estaba estupendamente vestido. El hombre se detuvo, le saludó y el paje le devolvió el saludo y le preguntó: 

— ¿Cuál es tu deseo? 

—  Yo soy un hombre injusto y he venido a ver al rey para exponerle mi historia.

— Hoy no hay modo de que puedas verle. Ha señalado un día a la semana para que le visiten las personas que tienen algo que pedirle. Sólo entran en ese día, que es tal. Ve, sigue tu camino hasta que llegue el día en cuestión.

 Aquel hombre reprobó que el rey se mantuviese alejado de las gentes y pensó: «¿Cómo es posible que éste sea uno de los santos de Dios, Todopoderoso y Excelso?» En este estado de ánimo esperó el día que se le había dicho. 

Cuando llegó el día que le había dicho el portero, entró en el palacio; ante la puerta encontró algunas gentes que estaban esperando permiso para pasar. Esperó con ellos hasta que salió un ministro que llevaba un traje magnífico y al que precedían criados y esclavos.

— “¡Entren los que tengan que hacer peticiones!” — Dijo

Entraron y el asceta entró con el grupo. El rey estaba sentado y ante él estaban los grandes del reino dispuestos según su posición y su rango. El visir se quedó en pie y empezó a introducir a uno en pos de otro hasta que le llegó el turno. Cuando el visir lo hubo presentado, el rey lo miró y dijo

– “¡Sé bienvenido, dueño de la nube! Siéntate y espera hasta que pueda atenderte”. 

El hombre se quedó perplejo ante sus palabras, reconociendo su alto rango y su virtud. Cuando hubo terminado de despachar a las gentes y hubo concluido con ellas se levantó; el ministro y los grandes del reino hicieron lo mismo. El rey se acercó al hombre, le cogió de la mano y le introdujo en su palacio. Junto a la puerta vió un esclavo negro que llevaba un magnífico vestido, con el casco en la cabeza; a la derecha y a la izquierda tenía cotas de malla y arcos. Se acercó al rey, dispuesto a cumplir órdenes y a satisfacer sus necesidades. Abrió la puerta del alcázar y el hombre entró llevado de la mano por el rey. El rey, en persona, abrió un pequeño pabellón y entraron en un lugar en ruinas, deshecho. 

Pasó a una habitación que no tenía más que el tapiz para la plegaria, el recipiente para las abluciones y algunas hojas de palma. El rey se quitó los vestidos que llevaba puestos, se puso una burda túnica de lana blanca y tocó su cabeza con un sombrero de fieltro. Luego se sentó e hizo sentar al hombre. Llamó a su esposa.

— ¡Fulana!

— ¡Heme aquí!

— ¿Sabes a quién tenemos hoy por huésped?

— ¡Sí! Al dueño de la nube.

— Sal; no te preocupes de él.

— Hermano mío, ¿quieres conocer nuestra historia o bien que recemos inmediatamente por ti? — dijo el rey 

— Desearía conocer vuestra historia. Es lo que más deseo.

— Mis padres y mis abuelos me legaron el reino que pasó de uno a otro primogénito hasta que el último murió y el poder vino a mis manos. Dios había hecho que éste me fuese odioso, pues yo quería peregrinar por la tierra y dejar que los hombres resolviesen por sí mismos sus asuntos. Mas, pronto temí que estallase la discordia entre ellos, que se perdiesen las leyes divinas y que desapareciese la unidad de la religión. Dejé, entonces, las cosas como estaban y ahora doy a cada funcionario un gran sueldo, me visto el traje regio, pongo a los esclavos al lado de la puerta para aterrorizar a los malvados y defender a la gente de bien aplicando las penas prescritas. Una vez hecho esto regreso a mi casa, me quito aquellos vestidos y me pongo las ropas que ves. Ésta, mi prima, es mi compañera en el ascetismo y me ayuda a ser devoto. De día trabajamos estas hojas de palma y rompemos el ayuno cuando llega la noche. En esta situación hemos pasado cerca de cuarenta años. Quédate con nosotros (y que Dios te tenga misericordia) hasta que hayamos vendido esta estera; cenarás, pasarás la noche aquí y después te irás con lo que deseas si Dios (¡ensalzado sea!) lo quiere”.

Al terminar el día vino un niño de cinco años que cogió la estera que habían fabricado, la llevó al mercado, la vendió por un qirat, compró pan y habas y regresó con esto. Comieron juntos y el hombre pasó la noche con ellos. A medianoche se incorporaron y rezaron llorando. Al amanecer el rey dijo: 

— ¡Dios mío! ¡Ése es tu esclavo que te pide que le devuelvas su nube! ¡Tú puedes hacerlo, ¡Dios mío! ¡Muestra que le contestas y devuélvele su nube! — Su mujer decía amén cuando ya estaba formándose la nube. 

El rey le dio la buena noticia, y el hombre se despidió de los dos y se marchó seguido por su nube del mismo modo que antes. Desde entonces, todo lo que ha pedido a Dios (¡ensalzado sea!) por la intercesión de ellos dos, le ha sido concedido.





Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *



Descubre más desde Afectos

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Afectos
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.