La mujer del piano blanco

La mujer del piano blanco

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

La mujer del piano blanco

Él había pasado toda su vida en la misma ciudad al pie de la montaña, un lugar donde el sol marcaba las horas dibujando las cumbres en el suelo, y el viento acomodaba el humor de la gente. Tenía cuarenta y dos años, un oficio claro —afinador de pianos— y una vida tranquila que no exigía demasiadas explicaciones. 

No necesitaba fama ni extravagancias. Aunque veces tenía que viajar a ciudades vecinas, porque por alguna razón era el único afinador que había en las montañas. Le gustaba trabajar en silencio, llegar a las casas, saludar con cortesía, abrir su estuche de herramientas y dejar que la música hablara más que él.  Con que los pianos sonaran como debían, él estaba en paz.

Una mañana de abril, recibió un pedido particular: la señora había aLuisado que el piano estaba “desafinado de tristeza”. Él tomó su estuche y se dirigió a la casa. Era de estilo antiguo, de esas que parecían detenidas en el tiempo.  Él sonrió al recordar el pedido, creyendo que era solo una exageración poética de la señora.

Cuando llegó, se encontró con una mujer de movimientos tranquilos, unos cincuenta largos, la mirada llena de historia y un modo de hablar que envolvía. Llevaba el cabello gris plata recogido en un rodete bajo, y una elegancia natural que no necesitaba maquillaje.

—Soy Luisa —dijo ella—. Gracias por venir. Hace años que nadie toca ese piano.

Él entró al salón. El instrumento era hermoso: un piano blanco, antiguo, con un brillo apagado por el tiempo. Apenas apoyó los dedos sobre las teclas, escuchó el lamento del metal, la madera fatigada por el desuso.

—Sí —dijo él—. Está triste, como dijo usted.

Ella sonrió.
—No era una metáfora.

Él empezó a trabajar. Luisa se quedó cerca, sin invadirlo, acompañando. Había en ella una presencia, de esas que no necesitan imponerse para sentirse. Cada tanto, comentaba algo: una pieza que le gustaba, un recuerdo asociado al piano, alguna historia que había quedado atrapada en ese salón.

Él, que prefería trabajar en silencio, encontró no obstante, muy cálida la voz de la mujer. Se cruzaron así durante hora y media. Silencio, trabajo, respiración acompasada. Era una intimidad rara, involuntaria, como si la afinación del piano fuese también un modo de afinar algo entre ellos.

Cuando terminó, él tocó unas notas para comprobar la tensión de las cuerdas. El sonido volvió limpio, brillante, con una belleza que parecía recién despertada. Luisa se acercó y apoyó la mano sobre la tapa.

—Gracias —dijo con una voz que se quebró apenas—. Él tocaba acá, ¿sabes? Mi marido. Murió hace diez años. Desde esa noche, nadie más se sentó en este banco.

Él bajó la vista, respetuoso.
—La música vuelve cuando uno está listo para escucharla de nuevo —dijo, él sin ánimos de consolar. Solo afirmando una verdad que conocía por oficio y por su propia historia de vida.

Ese día, al irse, Luisa lo acompañó hasta la puerta.
—Cuando quieras pasar a revisar si todo sigue en orden, no tienes más que avisar —le dijo.
—Lo haré.

Respondió por gentileza, pero con la certeza de que no sería necesario. Se marchó y continuó con su vida. Pero esa casa, ese piano blanco y esa tristeza desafinada que había conocido, no salieron de su mente.

Y volvió. 

No solo por el piano. Definitivamente había algo en esa casa, en esa mujer, que lo atraía de una manera casi irresistible. Se dijo a sí mismo que solo era curiosidad. Que quería saber por qué no podía sacar de su mente ni a la casa ni al piano ni a la mujer.

Luisa lo recibía siempre con un té recién hecho. A veces hablaban de música. A veces del clima. A veces del dolor, del paso del tiempo, de las cosas que uno pierde sin darse cuenta. Él escuchaba, atento, sin interrumpir. Ella agradecía ese modo suyo de estar, sin intentar salvarla, sin ocupar espacios que no le pedía.

Con la frecuencia de las visitas, la casa dejó de sentirse dormida. Luisa empezó a tocar de nuevo, torpe al principio, pero con ganas. Él afinaba el piano con la misma dedicación de siempre, pero con una satisfacción nueva: la de ver cómo la vida volvía a entrar por esas ventanas, y desplazarse por cada cuerda.

Un día de lluvia, Luisa lo invitó a quedarse a almorzar. Nada extraordinario: sopa, pan casero, un poco de queso. Pero había un calor distinto, una confianza que ya no necesitaba explicaciones.

—Pensé que no iba a poder compartir así con nadie más —dijo ella, mientras secaba los platos—. Que esa parte de mi vida había terminado.

Él apoyó las herramientas sobre la mesa y la miró con la claridad que siempre lo caracterizaba.
—Algunas cosas terminan —respondió—. Pero no todas. Y no siempre para siempre.

Ella se quedó quieta, sosteniendo el repasador.
—¿Tú qué creés que está empezando aquí?
—Algo bueno —dijo él, firme—. Algo simple. Algo nuestro.

Luisa se acercó. No hubo duda en su gesto. No hubo pudor incómodo ni locura adolescente. Lo miró profundamente, él le tomó la mano, con una suavidad que tenía más valor que cualquier abrazo. La llevó a sus labios y la besó con una delicadeza reverencial. 

El primer beso llegó semanas después. La presencia de Luisa era para él casi de la realeza. Se acercaba a ella con reparos, pero con la decisión de alcanzarla. Esa tarde —con el sonido del piano todavía en el aire y un viento suave silbando contra los vidrios— él dio ese paso que ambos estaban esperando. Encontró sus labios y se perdió en ellos unos segundos. 

—Tal vez debería quedarme esta noche —dijo él mientras tomaban el té.

Ella miró a la ventana y los árboles afuera de agitaban por el viento que había aumentado. 

—No quisiera que me agarre la tormenta y se me estropeen las herramientas.

Ella lo miró y sonrió con picardía. Él bajó su mirada, sabiéndose descubierto.

—Tocaré para ti —dijo ella poniéndose de pie.

—Hagámoslo juntos —dijo él siguiéndola.

Y cada vez que él apoya los dedos en las teclas de ese piano blanco, todavía escucha la nota exacta donde Luisa volvió a abrir la puerta de su vida. Y suya.

Autor: Benicio de Seeonee

Únete a la comunidad de Afectos.org

Si estos contenidos te acompañan, puedes unirte a nuestra comunidad para recibir nuevos textos, reflexiones y materiales que seguimos creando cada semana.

Benicio
Últimas entradas de Benicio (ver todo)

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *



Descubre más desde Afectos

Suscríbete ahora para seguir leyendo y obtener acceso al archivo completo.

Seguir leyendo

Afectos
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.