Cada cosa a su tiempo
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
Cuando Lena tenía doce años, creía que las cosas importantes debían sentirse de inmediato. Si algo no ardía, no valía. Así pensaba también respecto a las personas. En su cabecita, Lena imaginaba que el verdadero amor debía sentirse como algo que estaba a punto de estallar en el pecho. Así de emocionante, así de fuerte.
En una fiesta del barrio conoció a Mateo. Hablaron un poco, se rieron a escondidas de algunas de las personas, y se despidieron con la promesa de volver a verse. Lena no pensó que fuera intenso, pero algo quedó flotando, algo indefinido que le daba mucha curiosidad.
Volvieron a verse en la escuela. Resultó que iban a la misma escuela solo que a diferentes turnos, cuando salía el otro entraba. Siguieron compartiendo algún que otro rato y a los pocos días se dijeron el típico “me gustas” que suele decirse a esa edad, y poco más de mes después de ese día, ya no sabían bien por qué estaban juntos.
Sus familias se acercaron al punto de hacerse amigos que se frecuentaban y compartían otros amigos. Ellos, en cambio, se alejaron sin drama, con esa facilidad con la que los chicos sueltan lo que todavía no pesa.
Los años pasaron. Cambiaron los cuerpos, las voces, los gustos. Lena tuvo otros enamoramientos, algunos intensos, otros torpes, otros breves. Mateo también. A veces coincidían en reuniones, en la parada del colectivo, en cumpleaños. Se saludaban con naturalidad, como quien comparte un pasado sin nostalgia.
Más de una vez, cuando alguna relación terminaba mal, alguien le decía a Lena:
—Al final vas a terminar con Mateo.
Ella negaba con fastidio. No creía que el futuro pudiera ser anunciado como una receta.
Recién mucho después, cuando ya ninguno de los dos buscaba nada en particular, comenzaron a hablar de verdad. Recordaron que siempre habían sabido compartir muy buenos ratos y recuperaron esa relación, para contarse esas cosas que ambos sentían que necesitaban contar.
Toda urgencia se había desvanecido. Solo quedaba el placer de compartir y escucharse, porque ya no intentaban impresionarse; se conocían desde otro lugar y se buscaban de otra manera. Finalmente, se encontraron en el momento exacto en que debían encontrarse.
Una tarde cualquiera, sentados en un banco, Lena entendió algo que nunca había sabido explicar. Mientras estaba recostada en el pecho de Mateo escuchando música, recordó que cuando hablaba con chicos más jóvenes, la invadía su ansiedad por definirlo todo rápido: quiénes eran, qué sentían, qué iba a pasar.
Ya más grande y un poco más sabia, descubrió que nadie le había dicho lo más simple y lo más difícil de aceptar: Que no todo lo verdadero aparece cuando uno lo desea.
Que algunas cosas necesitan crecer en silencio.
Y que apurarlas no las vuelve más reales, solo más frágiles.
Reflexión
Cada vínculo tiene su ritmo. No todo lo que hoy no encaja está equivocado; tal vez todavía no está listo. Respetar los tiempos —propios y ajenos— también es una forma de cuidado, porque lo que madura a su debido momento, suele sostenerse mejor cuando llega.
© 2021–2026 Benicio de Seeonee —
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