Decálogo de la Serenidad
Sólo por hoy
por san Juan XXIII
1. Sólo por hoy trataré de vivir exclusivamente el día, sin querer resolver el problema de mi vida todo de una vez.
Hay días en los que uno se levanta y la vida entera parece caer sobre los hombros. El pasado, con sus errores y nostalgias. El futuro, con sus dudas y amenazas. El presente, apenas una bruma que se pierde entre lo que fue y lo que vendrá. Y sin embargo, la vida —la real, la que respiramos— ocurre sólo ahora. En este instante.
“Trataré de vivir exclusivamente el día“, dice el texto, y ahí está el primer acto de rebeldía contra la ansiedad, contra la culpa, contra ese hábito tan humano de vivir en todas partes menos aquí.
Vivir sólo por hoy no es irresponsabilidad ni negación: es elegir no cargar con lo que aún no ha pasado ni con lo que ya no puede cambiarse. Es mirar el reloj y decidir que este tramo —estas horas que tengo por delante— son suficientes para construir sentido, para amar, para ordenar lo posible.
El problema de la vida entera no puede resolverse de un tirón. Cuando nos proponemos arreglarlo todo de una sola vez, lo más probable es que quedemos paralizados, vencidos antes de empezar.
Vivir sólo por hoy es tomar decisiones pequeñas con espíritu grande. La serenidad empieza cuando uno acepta que no es Dios, ni titán, ni héroe de tragedia griega. Es simplemente un ser humano enfrentando este día, con su luz y su sombra. Y eso, si se lo hace con presencia y entrega, ya es mucho.
2. Sólo por hoy tendré el máximo cuidado de mi aspecto: cortés en mis maneras, no criticaré a nadie y no pretenderé mejorar o disciplinar a nadie, sino a mí mismo.
Aquí no hablamos sólo de apariencia, sino de presencia. Se trata de presentarse ante el día con pulcritud, con la frente alta y el gesto amable. Que nuestra ropa no esté elegida por el capricho del ego ni por la pereza de quien se ha rendido. Que nuestras palabras no hieran. Que nuestros silencios no castiguen. Que nuestros gestos no humillen.
No criticar a nadie: ese es un desafío que toca el nervio de la soberbia. Qué fácil es ver la mancha en el otro, qué rápido se desliza la lengua cuando se trata de corregir al vecino, al amigo, al hijo. Pero el Evangelio, la filosofía estoica y el sentido común coinciden: la única reforma que tiene sentido es la que empieza por uno.
¿Quién soy yo para disciplinar a otro si aún no domino mis pensamientos, mis pasiones, mis miedos? ¿Qué autoridad tengo para mejorar al mundo si no he sabido templar mis propias reacciones, mis juicios apresurados, mi orgullo travestido de sabiduría?
Sólo por hoy, me vestiré con respeto, hablaré con ternura, callaré la crítica y pondré mi energía en mejorar al único ser humano que tengo verdaderamente a cargo: yo mismo. Lo demás —los otros, el mundo, sus errores— no son mi tarea por hoy. Mañana, ya veremos.
3. Sólo por hoy seré feliz en la certeza de que he sido creado para la felicidad, no sólo en el otro mundo, sino en este también.
Hay una idea que se ha deslizado por siglos en ciertas formas de espiritualidad: que el sufrimiento es sagrado y que la felicidad plena es cosa del cielo. Que en esta vida venimos a penar, a resistir, a entrenarnos para la otra orilla. Pero no es así. El alma no fue diseñada para arrastrarse por el barro del dolor eterno; fue hecha para la luz.
“Sólo por hoy seré feliz”, dice este tercer punto, y lejos de tratarse de un tono de autoayuda barata, es la convicción profunda de que Dios —o la Vida o lo que cada uno prefiera— no nos puso en este mundo para que vivamos suspirando por el paraíso, sino para construir, aquí y ahora, pequeños paraísos cotidianos.
La felicidad no es un golpe de suerte ni una gracia reservada a los santos. Es una decisión. Una elección humilde que se renueva a cada momento. Ser feliz no implica que todo esté bien, ni que el dolor no exista, ni que no haya sombras. Ser feliz es, a pesar de todo, encontrar sentido, agradecer lo que sí está, entregarse a lo que vale, proteger lo que da vida.
Sólo por hoy, ser feliz es tomar el mate sin prisa, mirar el cielo con ternura, sonreír al que saluda, dejarse conmover por un aroma, por una palabra justa, por una música olvidada. Es darse cuenta de que uno está vivo, entero, y que eso, aunque no se lo grite nadie, es ya un milagro.
Y también es renunciar, al menos hoy, a la costumbre de postergar la alegría. ¿Cuántas veces se ha escuchado decir “cuando me jubile”, “cuando mis hijos crezcan”, “cuando todo esté en orden”? Pero no hay promesas firmadas para ese futuro. La vida es este instante, esta silla, este cuerpo, este intento.
Ser feliz hoy es obedecer al diseño original. No traicionarlo. Porque hemos sido creados para eso: para vivir en plenitud, no sólo más allá, sino también aquí.
4. Sólo por hoy me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos.
Hay una trampa muy común en la que solemos caer a menudo: la ilusión de que si uno obra bien, si uno ama con honestidad, si uno planifica con cuidado, el mundo debería comportarse en consecuencia. Que las cosas deberían salir como uno espera, si hacemos tal o cual petición, si lo manifestamos, si lo deseamos lo suficiente. Pero no. El mundo no firma contratos con nuestras expectativas.
“Me adaptaré a las circunstancias, sin pretender que las circunstancias se adapten todas a mis deseos“. No es resignación, es sabiduría. Es aprender a soltar el látigo con el que castigamos a la realidad por no obedecernos. Es mirar el día, el trabajo, las personas, el clima, el cuerpo, y decir: esto es lo que hay, y con esto voy a hacer algo bueno.
Se trata de dejar de pelearse con el viento. No se trata de bajar los brazos, ni de dejar de soñar, ni de volverse pasivo. Porque mientras uno se ofusca por lo que no es, se pierde la posibilidad de actuar con eficacia dentro de lo que sí es.
La adaptación no necesariamente es sumisión: podemos convertirla en estrategia. Podemos sentirla como flexibilidad, pensarla como un movimiento inteligente. Porque solo por hoy no exigiré que todo funcione como yo quiero. Haré lo mejor que pueda con lo que tengo. Seré humilde para aceptar que el mundo no gira en torno a mí, pero también seré valiente para seguir buscando belleza y sentido, incluso en el desorden.
5. Sólo por hoy dedicaré diez minutos de mi tiempo a una buena lectura; recordando que, como el alimento es necesario para la vida del cuerpo, así la buena lectura es necesaria para la vida del alma.
En una época en la que todo es urgente, breve y gritón, detenerse a leer algo bueno es un acto de resistencia. Diez minutos de lectura auténtica, pueden cambiar el tono de todo un día. Dice el texto que “la buena lectura es necesaria para la vida del alma”. Y no exagera. Porque el alma también se desgasta, también se empobrece cuando no recibe alimento. Cuando todo lo que recibe son titulares vacíos, frases hechas, consignas repetidas y basura emocional reciclada en redes sociales, el alma, el intelecto, y la vida misma, se marchitan.
Leer bien es escuchar otra voz, dejar entrar otro mundo, abrir una ventana distinta en el encierro de uno mismo. Leer bien es elegir qué pensamientos dejamos pasar a nuestro templo interior. No es lo mismo leer cualquier cosa que leer algo que nos eleve, que nos confronte, que nos despierte.
Y no hace falta ponerse a estudiar a Kant o a recitar salmos en latín. Basta con elegir un texto que tenga verdad, belleza, profundidad. Puede ser una carta de un autor sabio, un fragmento de un clásico, un ensayo que nos sacuda un poco el alma o incluso una historia bien contada. Lo esencial es que nos deje mejores de lo que nos encontró.
Sólo por hoy, entonces, diez minutos. No es mucho. Pero si esos diez minutos se convierten en encuentro con lo esencial, tal vez nos devuelvan algo que hace rato no teníamos: perspectiva, calma, lucidez. Y eso, hoy por hoy, vale más que todo el oro del mundo.
6. Sólo por hoy haré una buena acción y no lo diré a nadie.
Vivimos en tiempos donde todo se publica, se comparte, se celebra en público. El gesto solidario, la lágrima compasiva, el acto de bondad… todo parece tener que ser fotografiado para existir. Pero el verdadero bien, el que transforma, no necesita testigos. Es discreto, es íntimo, es sagrado.
“Haré una buena acción y no lo diré a nadie“. No hay acto más contracultural. Hacer el bien sin buscar recompensa, sin aplaudidores, sin el guiño cómplice de los demás, es ir en contra del narcisismo reinante. Es actuar desde una ética profunda, casi artesanal: la del alma que se sabe responsable, no del espectáculo.
Una buena acción puede ser pequeña: un favor hecho con ternura, un mensaje que consuela, una ayuda concreta a quien ni siquiera pidió. Puede ser algo que nadie note, salvo el corazón de quien lo recibe. Pero en ese gesto hay una victoria moral, una afirmación silenciosa de que el bien no necesita propaganda.
No decirlo a nadie no es sólo cuestión de humildad: es también proteger la pureza del acto. Porque cuando contamos nuestras buenas acciones, muchas veces lo que buscamos no es compartir sino acumular crédito. Queremos que nos vean como buenos. Pero eso nos vuelve actores, no personas. Y lo espiritual no se actúa: se vive.
Hoy, sólo hoy, vamos a hacer algo bueno sin que nadie me lo aplauda. Sin publicarlo. Sin contárselo a nadie. Por dignidad, por coherencia, por amor. Porque si el mundo está tan roto, es justamente por falta de esos gestos invisibles, los que no suman likes pero sí humanidad.
7. Sólo por hoy haré por lo menos una cosa que no deseo hacer; y si me sintiera ofendido en mis sentimientos procuraré que nadie se entere.
La voluntad no se fortalece cuando uno hace lo que quiere. Se fortalece cuando uno hace lo que debe. Esta frase puede sonar dura en una época que predica el “escúchate”, el “haz lo que sientes”, el “sigue tu deseo”. Pero el deseo, cuando no se templa, termina por convertirnos en esclavos. Por eso este punto es tan incómodo… y tan necesario.
“Hacer por lo menos una cosa que no deseo hacer“. Es simple. Es cotidiano. Es lavar los platos sin ganas, hacer una llamada difícil, tolerar a alguien pesado, ir al encuentro aunque el cuerpo diga que no. Y no se trata de sacrificarse por puro masoquismo. Se trata de entrenar la voluntad, de no dejarse gobernar por los caprichos de cada momento.
Porque la voluntad es como un músculo: si no se ejercita, se atrofia. Y una persona sin voluntad es fácilmente manipulable, emocionalmente frágil, presa fácil del enojo, la tristeza o el tedio. Hacer algo que no queremos hacer, con espíritu sereno, es una forma de ganar dignidad. De ponerse de pie frente a uno mismo.
Y lo otro que dice este punto es aún más fino: “Si me sintiera ofendido en mis sentimientos procuraré que nadie se entere”. ¡Qué escuela de elegancia interior! No es negar la herida, ni tragarse veneno. Es elegir el momento y el modo en que se responde. Es evitar la reacción automática, la que explota o se victimiza.
Hay ofensas que se superan con el tiempo, otras con diálogo, y otras que uno elige dejar pasar porque no valen la pena. Pero airearlas siempre, gritar el dolor al primer roce, convierte al alma en un campo de batalla donde cualquier flecha entra. Y eso, a la larga, debilita.
Hoy —sólo por hoy— haré algo que no tengo ganas de hacer, pero lo haré bien, sin quejarme. Y si algo me duele, lo observaré sin necesidad de hacerlo espectáculo. Porque no todo merece una respuesta, y no toda emoción tiene derecho a mandar.
8. Sólo por hoy me haré un programa detallado. Quizá no lo cumpliré cabalmente, pero lo redactaré. Y me guardaré de dos calamidades: la prisa y la indecisión.
Hacerse un programa del día parece una tontería, algo administrativo, casi una práctica de oficinista. Pero no. En realidad, es un acto de soberanía. Vivimos atrapados entre dos fieras: la prisa y la indecisión. La prisa es esa ansiedad disfrazada de eficiencia que nos obliga a correr sin saber bien a dónde vamos. Nos hace vivir a las patadas con el tiempo, siempre llegando tarde, siempre con algo pendiente. La indecisión, en cambio, es su hermana pasiva: nos paraliza, nos disuelve entre opciones, nos hace sentir que nunca estamos listos. Una nos quema, la otra nos enfría. Y entre las dos, nos impiden vivir.
Redactar un programa diario, aunque sepamos que puede fallar, es un gesto humilde de orden. Nos devuelve el control de lo que sí podemos elegir: qué hacer con las próximas horas. Nos obliga a ponerle nombre a nuestras intenciones, a distinguir lo importante de lo urgente, lo vital de lo decorativo.
Hoy —sólo por hoy— me haré un programa. No para convertirme en un esclavo de la productividad, sino para no regalarle mi tiempo al caos ni a la pereza. Lo escribiré con lucidez, lo seguiré con flexibilidad, y al final del día, lo leeré con honestidad. Y me habré salvado, aunque sea por un rato, de las dos calamidades más comunes del alma moderna: la prisa que nos devora y la duda que nos disuelve.
9. Sólo por hoy creeré firmemente, aunque las circunstancias demuestren lo contrario, en la buena voluntad de las personas y en que la gente no me hace daño a propósito.
Hay una forma sutil de vivir a la defensiva que se instala sin que uno lo note. Después de tantas heridas, de tantas decepciones, de tantos gestos ambiguos o francamente crueles, uno empieza a levantar murallas invisibles. Se vuelve desconfiado. Empieza a pensar que la gente actúa con mala intención. Que todo el mundo quiere sacar ventaja. Que lo que parece bueno, seguro tiene trampa.
Pero vivir así es vivir en guerra. Una guerra silenciosa, agotadora, en la que uno nunca baja la guardia y siempre espera lo peor. Por eso este punto —”Sólo por hoy creeré firmemente, aunque las circunstancias demuestren lo contrario, en la buena voluntad de las personas“— es un acto de libertad interior. Es decirle no a la sospecha como modo de vida.
Claro que hay maldad en el mundo. Hay gente dañina, manipuladora, interesada. Nadie lo niega. Pero la mayoría no. La mayoría hace lo que puede, con las herramientas que tiene, desde sus heridas, desde sus límites. Y si a veces nos lastiman, no siempre es a propósito. Muchas veces es por torpeza, por miedo, por ignorancia o por puro descuido.
Elegir confiar —aunque sea hoy, sólo hoy— es un descanso para el alma. Es dejar de interpretar todo como ataque. Es dejar de leer entre líneas buscando traiciones. Es mirar al otro con cierta ternura, con cierta piedad, sabiendo que también carga con sus batallas.
Porque confiar, aunque parezca ingenuo, es una forma de salud espiritual. No es bajar la guardia ante el abuso; es no enfermarse de sospecha. Hoy, sólo hoy, elijo mirar a los demás con la suposición básica de que no quieren hacerme daño. Y si me equivoco, bueno… ya mañana veré qué hago con eso.
10. Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.
El miedo no siempre llega gritando. A veces se disfraza de prudencia. A veces se mete en las costillas y se queda ahí, paralizando el impulso de vivir. No hay nada más triste que el alma que se ha resignado a vivir con miedo. Que ya no se permite gozar. Que ha aprendido a desconfiar tanto, que ya ni el amor, ni el arte, ni la belleza, ni el descanso pueden entrarle sin ser cuestionados.
“Sólo por hoy no tendré temores. De manera particular, no tendré miedo de gozar de lo que es bello y de creer en la bondad.” Es una decisión profunda. Es permitirse sonreír sin culpa. Es abrir la ventana sin esperar la tormenta. Es mirar un atardecer, un gesto amable, una melodía limpia, y no sospechar. No pensar que es demasiado bueno para ser verdad. Simplemente agradecerlo. Habitarlo. Respirarlo entero.
Creer en la bondad no es hacerse el tonto ni ignorar que hay maldad en el mundo. Es elegir no rendirse. Es decirse: “Sí, hay egoísmo, hay miseria, hay daño… pero también hay gente que ama sin dobleces, que cuida, que espera, que ofrece lo que tiene sin pedir nada a cambio.”
Y si hoy aparece algo bello, algo tierno, algo justo… no lo voy a rehuir. No lo voy a explicar. No lo voy a ensuciar con cinismo. Voy a abrazarlo. Porque esa experiencia, por pequeña que sea, es un anticipo del cielo. Y decirle que sí, aunque sea hoy, es una forma de empezar a vivirlo.

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