Pánico moral: hoy a las redes sociales
Mal que nos pese, vivimos enredados. Literalmente. No hay momento del día en que las redes sociales no estén presentes: se filtran en el aula, en la mesa familiar, en las oficinas entre reuniones, en las camas antes de dormir. Se han vuelto parte del aire cotidiano, tan ubicuas como invisibles, tan naturales como la luz eléctrica o el agua corriente. Pero su presencia, constante y absorbente, no siempre es inocua. La frontera entre conexión y dependencia es delgada. Y muchas veces, sin darnos cuenta, se cruza.
Los más grandes, aún nos estamos adaptando, las revisamos, nos divertimos, y seguimos con nuestras rutinas. Para adolescentes y jóvenes, en cambio, las redes no son un complemento de la vida: son el escenario principal. Allí construyen su identidad, buscan reconocimiento, miden su valor en “me gusta”, gestionan amistades, sufren rechazos, sienten pertenencia o exclusión. Lo que antes pasaba en el recreo o en la plaza, ahora sucede en Instagram, TikTok o Snapchat. Pero la dinámica virtual tiene otras reglas. No hay pausas, no hay descanso, no hay silencio. Y en ese flujo permanente, muchos terminan perdiéndose a sí mismos.
Las problemáticas son múltiples. Una es la permanencia excesiva: estar en línea todo el tiempo no solo agota la atención, también debilita la capacidad de estar con uno mismo. Otra es la dependencia emocional de la aprobación externa, que convierte cada publicación en una prueba de aceptación. Está también el acoso, más sofisticado y más cruel cuando se disimula detrás de pantallas anónimas. Y, más allá de las estadísticas, están las historias concretas: adolescentes que se han quitado la vida tras episodios de hostigamiento en redes, padres que descubren demasiado tarde el sufrimiento que sus hijos venían acumulando, jóvenes que se rompen por dentro en busca de una validación que nunca llega.
Estos casos extremos son reales. Han ocurrido en distintos países, y han generado reacciones mediáticas, políticas y sociales. Se han publicado informes, se han celebrado audiencias en el Congreso estadounidense, se han citado estudios científicos. Incluso se han demandado empresas como Meta por considerárselas responsables de desenlaces fatales. Y, como suele suceder cuando el miedo se mezcla con la incertidumbre, ha comenzado a tomar forma una respuesta colectiva: la idea de que las redes sociales son culpables directas del aumento en los niveles de ansiedad, depresión e incluso suicidios entre adolescentes. Los estudios que se han venido realizando desde hace tiempo, no han logrado demostrar esta conexión causal, no obstante la idea está instalada socialmente. Así nace un fenómeno que no es nuevo, pero que hoy se actualiza con otro rostro: el pánico moral.
¿Qué es el pánico moral?
La alarma social frente a un fenómeno nuevo no es, en sí misma, un problema. Es natural que lo desconocido despierte preocupación. Pero cuando esa preocupación se transforma en un juicio apresurado, colectivo, y muchas veces desinformado, lo que aparece es lo que se conoce como pánico moral.
Este concepto fue formulado por primera vez en 1972 por el sociólogo Stanley Cohen, en su obra Folk Devils and Moral Panics, para describir la reacción exagerada de los medios, instituciones y sectores de la sociedad frente a ciertos grupos o comportamientos percibidos como amenazas al orden social. En ese contexto, se construyen “diablos populares” —figuras o prácticas que encarnan simbólicamente el peligro—, se sobredimensiona su impacto, y se impulsa una respuesta correctiva que suele ser punitiva, simplista y desvinculada de los datos reales. El pánico moral no surge del análisis, sino del miedo. Y cuando el miedo toma la palabra, el pensamiento se vuelve rígido, dicotómico, incapaz de matices.
A lo largo de la historia, los objetos del pánico moral han ido cambiando, pero la estructura del fenómeno se repite. En los años ’50, el blanco fueron los cómics, que —según ciertos sectores conservadores— promovían la delincuencia juvenil. Luego vinieron el rock and roll, el cine violento, el satanismo en la música, los videojuegos, el rap, el reguetón, los “emo”, el reggaetón de nuevo, TikTok… Cada generación ha señalado lo que no entiende o no controla como una amenaza, sin detenerse a investigar seriamente sus causas o consecuencias.
Un ejemplo revelador fue la demonización de los videojuegos en los años 2000. Se los acusaba de generar aislamiento social, adicción y conductas violentas. Sin embargo, investigaciones posteriores desarmaron muchos de estos supuestos. Algunos estudios —como el que presentó Fernández Zalazar (2009)— mostraron que juegos como Counter Strike, lejos de fomentar la desconexión, potenciaban habilidades cognitivas complejas como la planificación estratégica, la coordinación grupal y la toma de decisiones en contextos dinámicos. Además, en ciertos niños tímidos o con dificultades sociales, el entorno de juego podía funcionar como espacio de inclusión, pertenencia y expresión. Lo que parecía ser un riesgo resultó, en algunos casos, una oportunidad.
Este viraje en la percepción de los videojuegos es clave para entender cómo opera el pánico moral: no se trata solo del objeto señalado, sino del modo en que una sociedad proyecta en ese objeto sus propias ansiedades, contradicciones y temores. Lo que hoy se dice sobre las redes sociales —que arruinan la infancia, destruyen la autoestima, deshumanizan los vínculos— no es tan distinto de lo que se decía hace veinte años sobre otros consumos culturales. Pero eso no significa que los peligros no existan. Significa que hay que analizarlos sin caer en la caricatura ni en la condena automática.
¿Cuándo las redes sociales se vuelven realmente peligrosas?
Si bien las redes sociales forman parte inseparable de la vida cotidiana de niños, jóvenes y adultos, no todas las experiencias en ellas son iguales ni todas derivan en problemas graves. Y es que el verdadero riesgo no está en la tecnología en sí, sino en las condiciones personales y contextuales que hacen a cada usuario más vulnerable. Estas condiciones personales son las que van a determinar el uso que cada uno le da a las redes.Decíamos al principio que los estudios que se venían realizando no han logrado demostrar la relación causal entre las redes y las problemáticas más serias de salud mental, y esto se debe a que deben darse determinadas condiciones personales para que las redes sociales lleguen a volverse realmente peligrosas.
Diversos estudios indican que factores como la baja autoestima, la intolerancia a la frustración, la inseguridad personal, la escasa red de apoyo social real y la necesidad constante de validación aumentan la probabilidad de que la exposición continua a redes sociales derive en problemas de salud mental mucho más serios, como el pasaje al acto. Lo cierto es que estas características predisponen a ciertos adolescentes y adultos a interpretar los contenidos y las interacciones en línea de manera negativa, lo que puede amplificar sentimientos de ansiedad, depresión o aislamiento.
Además, tenemos que en muchos casos, los jóvenes bloquean o limitan el acceso de sus padres y referentes a sus perfiles y conversaciones en redes, lo que dificulta la detección temprana de señales de alarma. Esta desconexión virtual genera un vacío de información y dificulta que los adultos puedan intervenir o acompañar de manera efectiva.
Por eso, el verdadero acompañamiento debe ser presencial, real, basado en la proximidad, la escucha activa y la construcción de vínculos sólidos fuera del mundo digital. Escuchar a nuestros chicos. A nuestros mayores, a nuestros amigos. Escuchar con los ojos, sin perder de vista lo verdaderamente importante. Solo en ese espacio real se puede generar la confianza necesaria para que el joven se sienta apoyado, comprendido y seguro para afrontar sus conflictos.
Las redes sociales, aunque complejas y a veces problemáticas, pueden facilitar el encuentro o el contacto con aquellas personas que no tenemos cerca. Pueden ayudarnos a encontrar algo que buscamos, o bien a alguien importante para nosotros. Pero no podemos dejar de remarcar que no reemplazan la presencia humana. Como padres, el desafío está en acompañar a nuestros jóvenes para que desarrollen herramientas emocionales, sociales y cognitivas que les permitan navegar el mundo digital con sentido crítico, autonomía y equilibrio.
Fuentes:
El pánico moral por las redes sociales y la depresión adolescente
Fernández Zalazar, D. C. (2009). Síntesis y avance del proyecto Videojuegos, psicología y educación. I Congreso Internacional de Investigación y Práctica Profesional en Psicología; XVI Jornadas de Investigación; Quinto Encuentro de Investigadores en Psicología del MERCOSUR. Facultad de Psicología, Universidad de Buenos Aires
https://www.aacademica.org/000-020/25.pdf

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