Las palabras que llegan tarde… y aún así llegan
La muerte llegó un martes, a las cinco y cuarto. No trajo estruendo. Solo un mensaje breve: “Se fue en paz.” Quedé mirando el teléfono como si pudiera devolver el tiempo con un dedo. Pero no. Lo que pasó, pasó.
No era alguien que ocupaba lugar con ruido. Era de las personas que están sin hacerse notar. De las que preguntan “¿comiste?” sin esperar poesía como respuesta. De las que aman sin ceremonias. Y por eso, su ausencia se hizo inmensa.
Lo que me pesa no es haberla perdido. Es haber creído que podía postergar lo que el alma pide hoy. Responder después. Llamar mañana. Querer cuando tenga tiempo. Pero el tiempo no espera. Solo sigue.
Esa noche leí sus mensajes viejos. Uno decía: “Estoy tranquila. Te mando un abrazo largo.” No le respondí. Y ahora le hablo mientras lavo los platos. Mientras manejo. Mientras me callo. Le cuento cosas sin importancia. Le digo lo que no supe decir. No porque crea que me escucha. Sino porque mi alma aún necesita hablarle.
Algunas palabras llegan tarde. Pero si nacen del amor… todavía tienen sentido.

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