Por omisión de Benicio de Seeonee

Por omisión de Benicio de Seeonee

Por omisión

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

Siempre se había considerado un hombre prudente. De esos que no se meten donde no les corresponde, que evitan los conflictos, que piensan dos veces antes de actuar. Nunca había levantado la voz, jamás una mano. Su vida entera estaba construida sobre la convicción de que hacer las cosas con cuidado era una forma de ética. No dañaba a nadie, no invadía, no forzaba situaciones. Observaba, analizaba, evaluaba. Elegía no exponerse.

Esa manera de estar en el mundo lo había protegido durante años. O al menos eso creía.

Aquella tarde caminaba de regreso a su casa cuando el hombre que caminaba delante de él se desplomó ante sus ojos. No fue una imagen confusa ni lejana. Estaba ahí, a pocos metros, con el cuerpo torcido y una quietud que no correspondía al descanso. Se detuvo. Miró alrededor. El impulso de acercarse fue inmediato, casi instintivo, pero duró apenas unos segundos. Enseguida apareció la otra parte de sí mismo, la que siempre llegaba a tiempo para frenar cualquier movimiento brusco.

Pensó en los riesgos. En las interpretaciones posibles. En lo fácil que era quedar involucrado en algo ajeno. Si lo tocaba, quedaban sus huellas. Si estaba muerto, podía parecer sospechoso. Si no lo estaba y algo salía mal, podían culparlo. Pensó en testigos, en cámaras, en explicaciones que nadie le había pedido pero que igual tendría que dar. Pensó, sobre todo, en su propia tranquilidad.

Sacó el teléfono del bolsillo. Marcó el número de emergencias y lo borró antes de llamar. Si llamaba, su número quedaría registrado. Lo contactarían. Lo interrogarían. Tendría que contar qué había visto, cuánto tiempo había pasado ahí, por qué no había actuado antes. Dudó. Miró de nuevo al hombre en el suelo. No se movía. Tal vez ya estaba muerto. Tal vez no había nada que hacer.

Decidió esperar unos minutos más. Observar. No comprometerse innecesariamente.

El tiempo pasó sin supiera qué debía hacer. El cuerpo siguió inmóvil respirando con dificultad. Cuando finalmente alguien más apareció en la calle y reaccionó sin pensar, el desenlace ya estaba sellado. La ambulancia llegó tarde. El hombre murió ahí mismo, en la vereda.

Él se fue. Nadie lo detuvo. Nadie lo señaló. Esa noche durmió mal, pero se dijo que no había hecho nada incorrecto. Que no había causado la muerte de nadie. Que no era su responsabilidad.

Semanas después, la citación judicial llegó a su casa.

Las cámaras de seguridad de la cuadra habían registrado su presencia. Su detención. Su permanencia prolongada. La fiscalía fue clara. No se lo acusaba de haber causado la muerte, sino de no haber hecho nada para evitarla. Abandono de persona. Homicidio por omisión. Tenía la posibilidad de ayudar. Tenía los medios mínimos. Eligió no hacerlo.

El hombre estaba enmudecido. ¿Era eso posible? En la sala del tribunal escuchó palabras que nunca había asociado consigo mismo: imputado, responsabilidad, deber de auxilio. Quiso explicar que no había tenido mala intención, que había actuado con cautela, que solo había sido prudente. El juez lo escuchó con atención y luego le dijo algo que no olvidaría.

—La ley no juzga lo que usted pensó. Juzga lo que hizo. Y también lo que decidió no hacer.

Fue condenado.

En la celda, solo, entendió demasiado tarde que su error no había sido la crueldad, sino la neutralidad. Que su vida entera había estado sostenida por la ilusión peligrosa de creer que quedarse al margen lo mantenía limpio. No había matado a nadie con sus manos. Pero había estado ahí. Y no había hecho nada.

Reflexión

Hay momentos en los que la prudencia deja de ser virtud y se transforma en falta. La omisión no es ausencia de acción: es una acción negativa con consecuencias reales. Cuando alguien puede intervenir y no lo hace, el vacío que deja no es neutro. Pesa. Y a veces, mata.

No siempre se es responsable por lo que se hace. A veces, se debe responder por lo que se elige no hacer.

Autor: Benicio de Seeonee

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