Ponerse de pie
Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
El accidente ocurrió una mañana en que la rutina todavía parecía una garantía. La máquina cedió de golpe y cayó sobre su pierna con una precisión brutal. Estallaron los gritos llamando a la grúa y la ambulancia, que llegó casi de inmediato. Aurelio veía el movimiento con esa certeza que llega antes que el dolor: eso no iba a terminar bien.
El daño fue irreversible y la pierna no se pudo salvar.
La indemnización llegó semanas después, tan prolija como necesaria. Con ese dinero compró una prótesis, algunas herramientas y convirtió el garage de su casa en un pequeño taller. Compró una camioneta usada que le serviría para ir al aserradero y volvió a su oficio de fabricar muebles. Ya no con máquinas enormes, sino con sus propias manos.
Cortaba las maderas y luego encolaba y clavaba con la concentración de quien sabe que ya no puede distraerse. Había aprendido de su padre, que era ebanista. Siempre le había llamado la atención un símbolo que su padre marcaba con más cuidado. Era su firma. Abrió un cajón, tomó el sello de hierro y lo estampó sobre la tabla. Luego repasó el contorno, tallando el relieve a mano.
Los encargos empezaron a llegar en cuanto los vecinos vieron en el jardín de la casa las primeras mesas, sillas, aparadores. Preguntaron por piezas simples, que Aurelio confeccionó con cuidado, con detalles que no estaban en los catálogos industriales. El taller creció en prestigio más que en tamaño. Un par de años después Aurelio había adquirido renombre por una técnica específica que le había conseguido pedidos de otras ciudades, incluso del país vecino.
El incendio ocurrió de noche. Un cortocircuito bastó para devorar la casa y el taller en minutos. Él salió como pudo, con sus manos y brazos algo quemados y el humo cerrándole los pulmones, socorrido por los bomberos. No quiso mirar atrás para no ver que lo había perdido todo, hasta la prótesis.
Pasó un tiempo en el hospital, más largo de lo que hubiera querido, mirando un techo que no era suyo y pensando, por primera vez en años, que tal vez ya no tenía fuerzas para volver a empezar.
Sus hijos y amigos lo visitaban, aunque hacían mucho más que eso, lo sostenían. Aurelio sabía que sus afectos era lo único que le quedaba, pero no lo dijo. Siempre había hablado poco, lo justo y necesario.
Cuando finalmente salió del hospital, se dejó llevar, aunque no sabía bien a dónde. No quiso preguntar, pero el camino de regreso le resultó demasiado familiar. El auto de su hijo se detuvo frente a la casa. Aurelio estaba sorprendido. La casa estaba ahí. Era diferente, pero ahí estaba, firme.
Sus hijos, amigos y vecinos habían hecho lo que sabían hacer: levantar paredes, arreglar el techo, devolverle un lugar donde vivir. El taller no estaba. Tampoco las herramientas. Agradeció el techo sin decir demasiado. No sabía cómo agradecer lo demás.
Salía poco. La gente lo visitaba. Le llevaban comida, se quedaban a charlar, llenaban los silencios sin forzarlos. Un día recordó una receta de su madre: una torta de manzanas acarameladas. La hizo casi sin pensar. El aroma llenó la casa. A quienes la probaron les encantó. Le pedían la receta, pero notaban que nunca les quedaba igual. Con el tiempo dejaron de pedirle la receta y empezaron a pedirle la torta.
Primero vendió una. Otro día, dos. Después la voz corrió y llegó a vender más de veinte. El problema era el cuerpo. Estar de pie mucho tiempo lo agotaba. Sentarse y volver a levantarse le llevaba minutos de dolor innecesario. La demanda exigía rapidez y el cuerpo imponía límites.
Entonces se dispuso a hacer algo que le ayudara a hacer su nuevo trabajo más cómodo. Pensó. Midió. Diseñó. Construyó una silla alta, con ruedas, que le permitía desplazarse por la cocina de la mesa a la mesada y al horno. Se impulsaba con la pierna sana, apoyado, sin forzar el cuerpo. No era cómoda ni elegante, pero funcionaba. Como todo lo que valía la pena.
De a poco empezó a comprar herramientas otra vez. Ya no eran para madera, sino para la cocina. Batidoras, moldes, cuchillos. El taller no volvió, pero él encontró una nueva forma de sostenerse.
De ponerse de pie.
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