La princesa encantada
Había una vez un artesano que tenía dos hijos, el mayor era Helmerich (que era vago, cruel y egoísta) y el menor, era Hans (que era bondadoso y amable con todos, pero muy poco apreciado por su padre).
Un día, el hombre se enteró en el pueblo que había un castillo cercano en donde la princesa había sido encantada por un mago. Aquel que consiguiera pasar tres pruebas, podría liberar a la joven del encantamiento y casarse con ella, convirtiéndose así en príncipe y futuro rey.
El artesano pensó que era una buena oportunidad para su hijo Helmerich. Al llegar a casa se lo contó y el joven partió al día siguiente hacia el castillo.
Por el camino, Helmerich se divirtió mucho, primero se encontró con un hormiguero. Se detuvo para aplastar a todas las hormigas. Después se encontró doce patos en un estanque. Mató a todos menos a uno. Y poco después se topó con una colmena, que destrozó.
Al llegar al castillo encantado, golpeó con fuerza la puerta y una anciana salió a su encuentro.
– ¿Qué deseas?- preguntó mirándole con firmeza.
– Vengo a desencantar a la princesa– respondió él.
– Muy bien, te llevaré a tu habitación y mañana a las nueve en punto comenzarán tus pruebas.
Y así fue, a la mañana siguiente la anciana le dijo lo primero que debía hacer:
– He esparcido lino por el patio. Tienes una hora para recogerlo y llenar el tonel que verás.
Pero Helmerich no hizo nada. Se cansó enseguida de recoger lino, así que se sentó a descansar y pasó el tiempo sin terminar la prueba. La anciana le dijo en qué consistía la segunda prueba:
– Deberás recuperar doce llaves que descansan en el fondo del lago.
Pero de nuevo Helmerich se dedicó a no hacer nada, pues se sentía cansado. Al cabo de una hora, la anciana regresó y le contó en qué consistía la tercera prueba:
– En el salón verás tres figuras cubiertas por un velo blanco. Debes escoger una de ellas.
Helmerich tardó en decidir casi una hora, pero al final escogió la figura de la derecha. ¡Era un dragón!
– Escogiste mal- dijo la anciana.
El dragón se llevó a Helmerich con sus garras y nunca más le volvieron a ver.
Los padres del joven se alarmaron al ver que su hijo no regresaba. Su hermano Hans se ofreció a ir a buscarle, pero su padre pensaba que era bastante inútil y no le dejó. Aún así, días después, Hans decidió escaparse de casa e ir a probar suerte al castillo encantado.
Hans se encontró, como su hermano, el hormiguero por el camino. Pero en lugar de aplastar a las hormigas, las rodeó con cuidado para no pisar a ninguna. También se encontró más adelante con los doce patos que nadaban tranquilamente en el lago. Se acercó a ellos y les dio de comer. Y casi llegando al castillo, vio la colmena de abejas y decidió acercarles unas flores para que pudieran aprovechar su polen.
Al llegar al castillo encantado, llamó con prudencia a la puerta y la anciana salió a su encuentro.
– ¿Qué desea, joven?- preguntó de nuevo.
– Oh, si es posible, me gustaría intentar romper el encanto que mantiene dormida a la princesa.
La anciana asintió y condujo a Hans hasta su dormitorio. Al día siguiente comenzarían las mismas pruebas que tuvo que pasar su hermano. Las tres pruebas para desencantar a la princesa encantada. Cuando Hans se quedó solo frente al lino esparcido, comenzó a recogerlo con rapidez. Pero de pronto, aparecieron junto a él las hormigas que había respetado en el camino:
– Espera, te ayudaremos– dijeron las hormigas.
Y entre todas, consiguieron llenar el barril con todo el lino que había en el suelo.
Para la segunda prueba, Hans se zambulló en el estanque para buscar las llaves. Pero enseguida llegaron junto a él los patos que había dado de comer:
– Nosotros conseguiremos las llaves por ti – dijeron.
Y entre todos los patos, lograron recoger las doce llaves de la anciana.
Y llegó el momento de escoger una figura en el salón del castillo. Hans tenía dudas, pero en ese momento entraron por la ventana las abejas a las que había acercado las flores y se posaron sobre la figura del medio. Hans escogió esa y al levantar el velo, vio a la princesa sentada. Junto a ella, había dos dragones que alzaron el vuelo.
Acababa de romperse el hechizo, y una dulce sonrisa le indicó que había pasado las pruebas.
Hans ordenó preparar un carruaje con seis caballos y un paje real fue a buscar a sus padres. Desde entonces, pudieron vivir con él en el castillo y fueron muy felices.
Adaptación libre de un cuento tradicional recogido por los Hermanos Grimm
(basado en “La reina de las abejas”)
Reflexión
Este cuento nos habla de algo muy simple y muy profundo a la vez: de la forma en que caminamos por la vida y de cómo tratamos a todo lo que nos rodea, incluso cuando creemos que no importa.
El hermano mayor pasa por el mundo sin mirar a nadie. Pisa, rompe y destruye porque puede hacerlo. No piensa en las consecuencias ni en el daño que causa. Vive con prisa, con egoísmo y con la idea de que todo está ahí para servirle. Y al final, esa misma forma de vivir es la que le cierra todas las puertas.
Hans, en cambio, camina despacio. Mira dónde pisa. Respeta la vida pequeña: las hormigas, los patos, las abejas. No lo hace para quedar bien ni esperando nada a cambio. Lo hace porque así es su corazón. Y aunque nadie lo valora al principio, su manera de ser acaba marcando la diferencia.
El cuento nos enseña que nada de lo bueno que hacemos se pierde, aunque a veces tarde en dar fruto. Cada gesto amable, cada acto de respeto, cada ayuda sincera queda guardada en algún lugar de la vida. Y cuando llega el momento difícil, eso vuelve a nosotros de formas inesperadas.
También nos recuerda que no hace falta ser el más fuerte ni el más listo para salir adelante. Hace falta ser constante, tener paciencia y no rendirse a la primera dificultad. Las verdaderas pruebas de la vida no se superan corriendo, sino con esfuerzo, humildad y confianza.
Este relato nos invita a preguntarnos cómo tratamos a los demás, a la naturaleza y a nosotros mismos. Si actuamos con dureza, el mundo se nos vuelve duro. Si actuamos con respeto y bondad, el mundo, poco a poco, empieza a respondernos de la misma manera.
Al final, Hans no se convierte en príncipe porque lo busque, sino porque ha aprendido a vivir con un corazón limpio. Y ese es el mensaje más importante: cuando damos lo mejor de nosotros, la vida acaba encontrando la forma de recompensarnos, aunque no siempre sea como lo imaginamos.
Este cuento nos anima a ser mejores personas en lo pequeño, en lo cotidiano, en lo que nadie aplaude. Porque ahí, precisamente ahí, es donde empieza todo lo bueno.

Unete a nuestros canales para no perderte nada
- Reiki: La Crisis de Sanación – El Proceso de Purificación - junio 30, 2026
- Reiki: Armonización del Sistema Energético Vital - junio 23, 2026
- Tratamiento a los demás: el arte de compartir Reiki - junio 16, 2026

