La más linda de Benicio de Seeonee

 La más linda de Benicio de Seeonee

 La más linda

Él entraba siempre un poco antes que todos. Odiaba tener las miradas de los demás encima de él, y ese pequeño rato de silencio le daba una sensación de control sobre un mundo que lo superaba. Se acomodaba al fondo, en un rincón, bajo la ventana. Miraba el horario, sacaba la carpeta correspondiente y comprobaba que no le hubiera quedado nada pendiente. Sabía que no, pero siempre chequeaba, de todas formas.

Le gustaba ver cómo la luz de la mañana se colaba por las ventanas del aula mientras el murmullo en el pasillo iba creciendo. Era un momento en que el aula, para él, aunque era enorme, tenía algo de refugio. Era el momento en que cada día se preparaba para lo mismo: verla entrar.

Ella llegaba rodeada de voces. Así, de golpe, el aula parecía más chica. su mundo se reducía a ella. Tenía ese andar despreocupado de quienes nunca dudaron de sí mismos. El pelo cayéndole por los hombros, la mochila llena de llaveritos que tintineaban en cada paso, la sonrisa lista para encender la atención del primero que la mirara. Era la más bonita del curso, sí; también la más popular, la que sabía moverse entre todos sin esfuerzo. Él la observaba de reojo, sin exagerar para no delatarse, pero le alcanzaba para sentir un torbellino que lo dejaba sin aire.

El día en que la profesora reorganizó los bancos, el corazón se le trepó a la garganta. Ella terminó sentada a su lado, sin previo aviso. 

Sonrió, como si nada.

—Hola —dijo con una naturalidad imposible.

Y él apenas alcanzó a devolverle un murmullo tímido. Durante un rato largo no pudo pensar en otra cosa que en el perfume suave que traía, y en la manera en que apoyaba los codos sobre la mesa para escribir. Él intentó mantener el orden de siempre, pero la presencia de ella le sacudía todo.

Dos días después, ella le pidió ayuda con el trabajo práctico de historia. Él sintió que el piso se movía. Se ofreció de inmediato, casi sin voz, y ella sonrió agradecida. Fue la primera vez que se sintió visto por ella, aunque fuera un instante. Pasaron dos semanas trabajando juntos: reuniones en la biblioteca, intercambios rápidos en los recreos, alguna que otra risa compartida. Para él, aquello era un tesoro. No se permitía ilusionarse demasiado, pero algo en el pecho insistía en crecer.

El día de la entrega, ella lo abrazó breve, liviano, sin pensarlo demasiado. —-Gracias, eres genial —dijo antes de irse con su grupo habitual. 

Ese abrazo se quedó vibrando en él. Caminó por el patio tratando de sostener esa sensación, de convencerse de que no era una fantasía construida por su cabeza. Pero los días pasaron y ella volvió a su eje natural: amigos, charlas, risas, intereses que no lo incluían. Lo saludaba con la misma simpatía de siempre, pero sin esa cercanía que él creyó haber ganado.

Un viernes, mientras guardaba sus cosas, la vio al otro extremo del aula hablando con uno de los chicos del equipo de handball. Ella reía a carcajadas, con la cabeza inclinada hacia atrás. Él pensó que era una risa risa exagerada. Nunca se había reído así con él. Aún si ella no lo trataba mal; pudo notar que lo que le impedía llegar a ella simplemente era una especie de distancia, de esas que no se negocian. Caminó hacia la salida con su mochila en el hombro, sintiendo que algo se había derrumbado

Esa tarde volvió a su casa en silencio. Merendó lo de siempre, hizo la tarea, escuchó un par de canciones que le quedaban grandes, pero que esa vez lo acompañaron de un modo extraño. En algún momento, mientras la luz se apagaba tras la ventana, pensó que también le gustaría poder apagarse. 

Alguna vez, pensó en escribirle, pero descartó esa idea. Mientras se acomodaba en la cama, pensó que había sido un acierto no hacerlo. No importaba que ella nunca supiera cuánto la quería. 

Y aunque le doliera, siguió adelante. En silencio esperando verla entrar, aunque su primera sonrisa no fuera para él. 

Autor: Benicio de Seeonee

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