La luz que apagaste de Benicio de Seeonee

La luz que apagaste de Benicio de Seeonee

La luz que apagaste

Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee

“Cuando el amor se enferma”

Una serie de relatos de ficción que exploran los límites del amor cuando se contamina con otras emociones al punto de transformarse en algo poco menos que monstruoso. Los personajes no son reales. Las historias son solo relatos que buscan exponer con crudeza hasta dónde puede llegar alguien que confunde el amor con otra cosa. Porque lo que estos personajes sienten no es amor, aunque lo digan con devoción.

Valeria conoció a Sonia el primer día de la facultad. Entró al aula con esa mezcla de entusiasmo y torpeza que tienen las personas que todavía creen que el mundo está más ordenado de lo que realmente está. Sonia, en cambio, tenía ese aplomo de quien ya aprendió a leer la temperatura emocional de un grupo apenas cruza la puerta. Cuando Valeria buscó un asiento, Sonia le golpeó suavemente el banco con el pie, un gesto mínimo, un permiso silencioso. Valeria se sentó ahí, sin sospechar que ese gesto también sería el primero de muchos que ella interpretaría como “cuidado”.

Se hicieron amigas con naturalidad. Y al principio todo era encantador: Sonia parecía entenderla, contenerla, anticiparle problemas. Era atenta, generosa, siempre disponible. Valeria se sentía vista, acompañada. Su familia decía que Sonia era “intensa”, pero ella respondía que simplemente era alguien profundo que no le tenía miedo a la cercanía. Nadie discute la intensidad cuando viene disfrazada de cariño.

Los primeros deslizamientos fueron casi imperceptibles. Sonia cuestionaba pequeñas decisiones: “¿Seguro quieres cursar con ese profesor? La vez pasada te quejaste, pero bueno… solo fíjate bien”. “Te noté algo extraña ayer… ¿estás bien? Si no quieres contarme, está bien, pero yo igual me doy cuenta”. “A veces me preocupa que no registres tus propios cambios de humor”. Cada frase plantaba una semilla. Y Valeria, sin darse cuenta, empezó a revisar dos y tres veces todo lo que pensaba o sentía antes de expresarlo.

Con el correr de los meses, Sonia comenzó a intervenir en sus amistades, sus rutinas, hasta en su ropa: “No sé si ese color te queda, pero a lo mejor soy yo, viste que yo te miro con otros ojos”. Y Valeria, que antes era segura, empezó a consultar cada movimiento. Eso le daba a Sonia una satisfacción silenciosa, una forma particular de victoria: conseguir que el mundo emocional de Valeria funcionara bajo sus reglas.

El punto de quiebre llegó una tarde de otoño. Habían quedado en estudiar juntas en la biblioteca, pero Sonia no aparecía. Valeria le mandó mensajes, la llamó. Nada. Cuando ya estaba por irse, Sonia llegó caminando despacio, con el gesto dolido de quien viene a revelar una herida. 

—No puedo creer lo que hiciste —, le dijo apenas se sentó. 

Valeria sintió un vacío en el pecho. Sonia continuó: 

—Que me trates así… realmente pensé que éramos amigas. 

Valeria, que no entendía nada, quiso explicarse. Sonia negó con la cabeza, paciente, resignada. 

Valeria se fue a su casa devastada. Esa noche no durmió. Empezó a pensar si realmente había dicho algo hiriente, si había olvidado un mensaje, si había fallado de algún modo. Revisó el chat. Nada. Sus dudas, sin embargo, ya estaban activas.

En las semanas siguientes, Sonia intensificó los reclamos, cambiaba versiones, desmentía conversaciones que Valeria recordaba con claridad, la hacía sentirse responsable de silencios, climas y tensiones que no existían. Valeria empezó a perder el eje. Principalmente porque la voz que siempre buscaba cuando estaba desorientada, era la que ella creía que conocía el camino, precisamente esa voz era la misma que la  estaba empujando al abismo.

Valeria, quebrada, decidió distanciarse. Le escribió un mensaje largo, sincero, explicando que necesitaba aire. Sonia apareció en su casa una hora después, llorando, acusándola de abandonarla, diciendo que ella era la única persona que realmente la quería. Valeria intentó calmarla, pero la escena se volvió más intensa, más absorbente. Sonia terminó diciéndole que tenía que darse cuenta que sin ella no tenía nada, que nadie más la aguantaba, que todos hablaban de ella a sus espaldas. 

Valeria sintió algo helarse adentro. Una sacudida de lucidez. Nunca antes había tenido ese tipo de problemas. Era cierto que Sonia se había convertido en alguien muy relevante en su vida, pero ella aún tenía a su familia y a sus amistades de toda la vida. Aunque la duda… la duda estaba haciendo tambalear todo.

Desesperada, tomó una decisión pequeña pero clave: cerrar la puerta. Literal y simbólica. Al día siguiente, Valeria visitó a una profesora en la que confiaba y le contó todo. Por primera vez, alguien le dijo que lo que estaba viviendo era manipulación emocional extrema. Esa palabra —extrema— puso un poco de orden en el caos.

No fue fácil. Sonia insistió, escribió, buscó. Cambió de tono mil veces: víctima, acusadora, arrepentida, dulce, furiosa. Valeria, dudaba. Pero había aprendido a cuestionar sus dudas. Con una calma nueva, y al principio muy endeble, se sostuvo. A veces temblaba, sí. La extrañaba, necesitaba esa seguridad que Sonia le había dado. 

Pero se sostuvo.

Pasaron los meses. Cada tanto, Valeria recordaba alguna frase de Sonia y volvía a sentir ese reflejo automático de dudar de sí misma. Pero ahora tenía memoria propia, no la memoria editada que Sonia había construido para ella. Recuperó amistades, tiempo, espacio mental.

Nunca volvió a verla. 

Aunque por momentos algo dentro de ella la llevaba a preguntarse  “¿Qué diría Sonia?”, pero hacía a un lado esa idea y seguía adelante. Con el tiempo, disfrutando de reuniones familiares y encuentros con amigos, entendió que la pregunta jamás fue “¿por qué me hizo esto?”, sino “¿por qué yo creí que eso era cariño?”.

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Autor:

Luna
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