Historia del soldado y el gobernador de Alejandría

Historia del soldado y el gobernador de Alejandría
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Historia del soldado y el gobernador de Alejandría

Este es uno de los cuentos de Las mil y una Noches 

Se cuenta que en la frontera de Alejandría había un gobernador que se llamaba Husam al-Din. Cierta noche, mientras estaba sentado en su sillón, se le presentó un soldado. Le dijo: 

– Sepa nuestro señor, el gobernador, que he llegado esta noche a la ciudad y que me he hospedado en tal fonda. He dormido durante un tercio de la noche y al despertarme he encontrado roto mi saco; de él me han robado una bolsa que contenía mil dinares. – Apenas había terminado de hablar cuando el gobernador ya había dado orden a los almocadenes de dirigirse a la posada y de detener a todos los que vivían en ella hasta la llegada de la mañana.

Al amanecer mandó que le llevasen los instrumentos de tortura, hizo comparecer a toda aquella gente en presencia del soldado, el dueño del dinero, y quiso atormentarles. Inmediatamente se abrió paso entre los que estaban allí un hombre que se plantó delante del gobernador y del soldado y dijo: 

– ¡Emir! ¡Suelta a toda esta gente que ha sido detenida injustamente! Yo soy el que ha robado el dinero al soldado y aquí está la bolsa que he quitado del saco. – La extrajo de la manga y la colocó delante del gobernador y del soldado. Aquél dijo a éste: 

– Coge tu dinero y ponlo a seguro pues ya no tienes nada que reclamar a la gente.

Entonces todos los reunidos empezaron a alabar al ladrón y a invocar sobre él toda suerte de bendiciones. Éste dijo: 

– ¡Emir! El mérito no está en haberme presentado y haberte entregado la bolsa. El mérito está en quitársela al soldado por segunda vez. – El gobernador preguntó: 

– ¿Y cómo lo harás para cogérsela, bribón?

– ¡Emir! Yo estaba en El Cairo, en el zoco de los cambistas y vi a este soldado cuando ya había cambiado el dinero y lo había metido en la bolsa. Le seguí de calleja en calleja, pero no encontré medio de robarle el dinero. Él se puso en viaje de ciudad en ciudad y yo le seguí, ideando trampas a través del camino, pero sin conseguir apoderarme de él. Entró en  esta ciudad y yo en pos de él; se hospedó en esa fonda y yo me alojé a su lado, sin perderle de vista, hasta que se durmió. Cuando oí que roncaba me acerqué a él poco a poco, rasgué el saco con este cuchillo y cogí la bolsa de esta manera. – Al decir esto alargó la mano, cogió la bolsa que estaba delante del gobernador y del soldado, y estos dos y todos los que le miraban se echaron hacia atrás creyendo que les iba a mostrar cómo había sacado la bolsa del saco.

¡Pero quia! El ladrón echó a correr y se arrojó a un lago. El gobernador gritó a sus hombres: 

– ¡Alcanzadlo! ¡Echaos tras él!. – Pero aún no habían tenido tiempo de desnudarse y de bajar las escaleras cuando el ladrón ya había desaparecido. 

Le buscaron pero no le encontraron, porque las callejas de Alejandría desembocan unas en otras. Las gentes regresaron sin haber dado con él. El gobernador dijo al soldado:

– Ya no tienes ningún derecho a proceder contra esta gente, ya que conoces a tu ofensor. Éste te ha devuelto el dinero, pero tú no lo has sabido guardar. 

El soldado se marchó habiendo perdido su dinero y los habitantes de la posada escaparon de las manos del soldado y del gobernador.

Todo esto fue así por gracia de Dios (¡ensalzado sea!).

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