El nacimiento de Japón

El nacimiento de Japón

Antiguamente no había nada en el universo excepto materia espesa y descuidada. Era disforme y sin hechura y se extendía hasta el infinito. Todo era caótico. El cielo y la tierra estaban mezclados como la clara y la yema de un huevo que hubieran sido batidas a través de incontables siglos. Un eón seguía a otro eón sin variabilidad. Pero de repente empezó a tener lugar un gran trastorno y el universo silencioso e ilimitado se llenó de extraños ruidos. De la masa caótica se destacaron la luz y la porción más pura, que empezaron a elevarse y extenderse suavemente mientras que los elementos más pesados y densos comenzaban a juntarse gradualmente y a caer, hasta que hubo una clara separación entre las dos partes.

La masa de luz se movió decididamente hacia arriba. Se propagó y extendió hasta ponerse completamente encima de la sólida masa de abajo. Algunas partes de ella, como si dudaran y estuvieran inciertas en cuanto a lo que debían hacer, se juntaron para formar muchas nubes. Sobre ellas formaron un paraíso que fue llamado Takamagahara o llanura alta del cielo.

Entre tanto la masa más pesada estaba todavía hundiéndose y parecía tener grandes dificultades en adquirir forma. Pasó otro eón. Desde las alturas celestiales la masa parecía vasta y negra, y fue llamada tierra. De esta manera llegaron a formarse el cielo de Takamagahara y la tierra, y con ellos la leyenda del nacimiento del Japón.

Con el paso del tiempo, en la llanura alta del cielo nacieron tres dioses: Ame-no- Minaka-nushi o dios del augusto centro del cielo; Taka-mi-musubi o alto y augusto dios del crecimiento; y Kami-mi-musubi o divino y augusto dios del crecimiento. Estos tres dioses miraron abajo, a la tierra, y vieron que no había orden en ella; todo estaba confuso y no había signo de progreso o vida en la masa inerte y ponderosa.

Los dioses miraron a la tierra y la contemplaron largamente, consultando entre ellos sobre lo que podían hacer para poner en ella orden y vida. Casi en respuesta a sus ansiosos interrogantes, en la llanura alta del cielo surgió una nueva raza de dioses jóvenes y viriles. Éstos eran enviados por el señor del cielo cuya divina presencia se dejaba sentir a través de Takamagahara y quién, según las crónicas, era el mismo creador de la propia Takamagahara. Los recientes dioses se incorporaron a las consultas con las tres deidades más viejas y después de largas deliberaciones decidieron enviar a la tierra a dos de los más jóvenes y mejor formados, con el fin de que sojuzgaran el caos y crearan la belleza sobre su faz turbulenta.

El primer joven dios al que eligieron para esta gigantesca tarea se llamaba Izanagi, y era alto y fuerte como un renuevo de sauce. Su compañera se llamaba Izanami y era delicada en el habla y en los modales, y tan bella como el aire que llenaba la llanura alta del cielo.

Todos estuvieron de acuerdo en que no podían haber escogido mejor de lo que lo habían hecho. Izanagi e Izanami eran esforzados y guapos. Después de hacer la elección, el señor del cielo llamó a los dos jóvenes dioses para decirles:

—Ya habéis visto el caos que reina allí abajo, en la tierra. Durante muchísimo tiempo ha estado en esa situación, sin columna vertebral e inerte, como si fuera una gigantesca medusa que hubiera estado flotando en un océano de espacio. No hay vida, no hay crecimiento, no hay orden; sólo tinieblas y miseria. Por tanto, marchad hijos míos a cumplir vuestra gran labor. Las partes más ligeras, apretadlas; y las más pesadas, unidlas; disponedlas de tal modo que haya gusto en su contraste. Cread el orden donde no hay ninguno; y en vez de la anarquía disponed leyes de progreso y desarrollo. Sois vosotros, hijos míos, los que debéis hacer para mí un lugar digno y bello de la tierra.

Cuando el señor del cielo terminó de hablar, entregó a Izanagi un primoroso venablo tallado y adornado con una eminencia ornamentada y llena de piedras preciosas de insuperable magnificencia y exótica belleza. Se trataba nada menos que del legendario venablo Amanonuboko, uno de los mayores tesoros de la llanura alta del cielo.

—Este venablo es mi símbolo –dijo el señor del cielo– y con él lo conseguirás todo.

Al inclinarse reverentemente ambos jóvenes dioses, el señor del cielo levantó la mano y al instante apareció un punto de luz en el maravilloso espacio que había sobre la llanura alta del cielo. Era un solitario y pequeño círculo de espuma que bajaba impulsado y a lomos del mar del cielo. Al irse acercando, todos vieron que era una bola de nube blanca que iba rodeada por una escolta de nubecillas más pequeñas cuyos ribetes tenían unos colores tan intensos como los de la misma llanura alta del cielo. Al llegar la bola de nube blanca hasta el trono del señor del cielo, éste dijo a Izanagi e Izanami:

—Éste es vuestro carruaje sobre el que podréis viajar a través del espacio a vuestra voluntad. Ahora es el momento de que os vayáis.

Izanagi y su bella compañera se montaron en el carruaje de nubes, y todos los dioses observaron atentamente cómo bajaba hacia la tierra llevando a sus celestes pasajeros. Al irse alejando de la vista de los atentos dioses, apareció un arco iris luminoso que se curvaba desde el cielo a la tierra en bandas de muchos colores. Era el puente del cielo que bañó de resplandor a Izanagi e Izanami según iban éstos descendiendo. 

Izanagi e Izanami bajaron flotando hasta que alcanzaron el nivel del punto más alto del arco iris. Allí se detuvieron y, agarrados de la mano, se apearon de su nuboso carruaje para posarse sobre el colorido puente. Se pararon para ver dónde estaban y encima tenían el azul claro de la bóveda celeste; pero abajo todo era oscuro y estaba inmóvil. Al irse alejando de ellos la curva del arco iris y desaparecer en una densa niebla, dejaron de ver la flotante masa de tierra.

Así estuvieron un rato, mirando por encima de ellos, hasta que Izanagi dijo a Izanami:

—Debemos descender hacia la niebla de abajo, porque allí está la tierra y nuestro trabajo.

Cogidos de la mano y llevando Izanagi el venablo Amanonuboko, comenzaron a bajar por el puente del cielo. Pronto se vieron envueltos en una niebla tan espesa que todo a su alrededor era como la oscuridad de la noche. No obstante siguieron andando hasta que llegaron al final del puente. Aquí se detuvieron. Los dos estaban en un grave aprieto, ya que ninguno podía ver o sentir nada sino sólo el contacto de la mano del otro.

—Entonces, ¿es ésta la tierra? –preguntó ansiosamente Izanami.

Izanagi no contestó. Se limitó a zambullir su venablo en los remolinos de la niebla. El venablo se hundió con tanta facilidad que Izanagi volvió a probar con él una vez más, esperando encontrar alguna base firme para asentar el pie. Pero no había nada. Lo volvió a

sumergir otra vez y otra y otra, en todas las direcciones, pero la niebla no opuso resistencia

en ninguna parte a su venablo.

—¡Ay! –dijo tristemente– Como ha dicho nuestro señor del cielo, se parece a una medusa.

No había acabado de hablar cuando la niebla empezó a evaporarse lentamente y a fluir otra vez la luz a su alrededor. Una vibración sacudió el venablo en su mano y vio que un grumo de barro adherido a la punta del venablo se soltaba de éste y caía. Después, milagrosamente, se formaron muchos más grumos de barro que siguieron al primero, y a medida que se desarrollaba y caía el barro, se iba amasando junto, al mismo tiempo que de la punta del venablo manaba también agua que empezó a rodear poco a poco la masa de barro. Cuando se dispersaron los últimos rastros de la niebla, el cielo se mostró, brillantemente iluminado. Los dos jóvenes dioses miraron hacia abajo desde el puente del cielo. Todo relucía con el azul que se reflejaba del cielo y en medio del vacío que había debajo surgió una isla rodeada de un mar azul en calma.

Cogidos fuertemente de la mano presenciaron este milagro divino. Sin hablar, Izanagi probó con el venablo en distintas partes de la isla.

—¡lzanami, es tierra firme! ¡Es firme! –gritó excitado mientras volvía la cabeza y mostraba a Izanami el venablo– ¡Este venablo divino la ha producido!

Ambos volvieron a mirar otra vez a la isla que tenían debajo y se llenaron de alegría.

De pronto Izanami gritó ansiosamente:

—¡Vamos a explorarla toda!

Antes de que Izanagi tuviera tiempo de contestar, ella se había bajado del puente del cielo hasta la arena caliente y blanca de una de las playas. Izanagi la siguió; y ambos se llenaron de júbilo al sentir la tierra bajo sus pies y oír los latidos del mar entre las lenguas de las rocas que rodeaban la playa. Recorrieron de lado a lado la isla. Todo lo que veían les regocijaba y ante la expansión del océano que circundaba su nueva tierra se quedaron boquiabiertos.

—Nuestra isla es muy pequeña, pero es encantadora, ¿no es verdad? –dijo Izanami, pero Izanagi sólo contestó con una sonrisa de felicidad.

Llegaron a una pequeña planicie y al sentarse juntos a descansar, viendo sobre ellos el cielo, Izanami dijo de repente:

—Izanagi, somos los primeros dioses de la llanura alta del cielo que ponen sus pies sobre esta tierra. Ésta va a ser nuestra casa para siempre. Edifiquemos un altar en esta planicie donde podamos servir a los grandes dioses y vivir nuestras vidas en paz.

A Izanagi le gustó la idea, y añadió:

— ¡Sí es verdad! Lo construiremos con nuestras propias manos y en el centro edificaremos una columna que llegará al cielo. Así nos sentiremos cerca de nuestro primer hogar.

Ambos se arrodillaron y levantaron sus ojos a la llanura alta del cielo, rogando a los dioses que los bendijeran y los ayudaran en sus esfuerzos.

Trabajaron día tras día. Lentamente, el altar empezó a tomar cuerpo y la gran columna del centro comenzó a extenderse hacia el cielo. Cuando al fin terminaron su trabajo, Izanagi e Izanami hicieron las preparaciones formales para consagrarlo. Como ya habían escogido los nombres para la isla, el altar y la columna, se arrodillaron para rezar vehementemente al augusto señor del cielo con el objeto de que les santificara el altar. A la isla la llamaron isla de Onokoro; al altar le pusieron el nombre de Vashirodono o Palacio de las Ocho Brazas; y a la columna Amanomihashira o Augusto Pilar del Cielo.

Después de poner los nombres cayó sobre ellos una grandísima paz; el aire se aquietó y la marea dejó de hacer ruido; la luz del atardecer abrazó la tierra y el mar. Izanagi e Izanami inclinaron reverentemente sus cabezas porque sabían que sus rezos habían sido oídos.

El tiempo transcurría feliz sobre la hermosa isla. En todas las direcciones se extendía un vasto espacio de mar azul. Frecuentemente Izanagi subía al punto más alto de la isla por si acaso bajaba algún visitante del cielo para honrarles con su presencia. 

Un día que estaba observando y reflexionando, por todos los alrededores empezaron a levantarse unas nubes de niebla y vapor, las aguas empezaron a agitarse y a bullir y las olas a arrojarse contra las costas de la isla. Pero según siguió mirando, el vapor empezó a aclararse para dar paso a un brillante techo, o así lo parecía, que emergía por encima de él. Era el firmamento que se separaba al fin de los océanos y que ahora llenaba con su luz la bóveda celeste. Izanagi se regocijó con esta visión y llamó a voz en grito a Izanami:

—¡Ven en seguida, ven en seguida! ¡Está naciendo un nuevo mundo!

Izanami, al oír sus gritos, echó a correr hacia él. Juntos, la joven pareja veía maravillada cómo los encantos de la isla se les revelaban nuevos. Luego Izanagi habló:

—Cuando fuimos enviados desde Takamagahara a este mundo más bajo, el señor del cielo convirtió aquella masa esponjosa en esta tierra firme y amable. Y lo hizo así para que nosotros viviéramos aquí y pudiéramos crear la bondad y la belleza donde había imperado el caos. Esta isla, a la que hemos llamado Onokoro, es bella y encantadora, pero muy pequeña. Debemos pedir la ayuda del cielo para construir otras islas más grandes con el fin de que el mundo pueda crecer y aumentar.

Izanagi había hablado con una voz plena de emoción, porque ya estaba lleno de la visión de una nueva creación. Cogió de la mano a Izanami y la condujo al altar en donde rezaron fervientemente para que fueran bendecidos en sus tareas. Al final se alzaron e Izanagi, volviéndose hacia Izanami, dijo de pronto:

—Izanami, para crear estas otras islas debemos convertirnos en hombre y mujer.

Vamos a rodear la columna terrena, tú por la derecha y yo por la izquierda, y cuando nos encontremos nos conoceremos verdaderamente el uno al otro.

Los dos pues fueron a rodear la columna, Izanami por la derecha e Izanagi por la izquierda. Al encontrarse en la otra parte de la columna, Izanami habló primero y dijo:

—¡Qué agradable es encontrarse con un joven tan apuesto!

Y aunque Izanagi replicó:

—¡No puedo expresar el placer que siento al ver a una doncella tan guapa como tú!

Había disgusto en su voz. No obstante se abrazaron y se convirtieron en hombre y mujer, pero ya no hubo alegría entre ellos. A su debido tiempo Izanami dio a luz un hijo, pero para su espanto, era débil y pulposo como una sanguijuela.

—Seguramente éste es el resultado del disgusto que tiene conmigo el señor del cielo –dijo Izanagi– No debemos quedarnos con este niño. Todo él es un mal presagio.

Y lo colocó en una barca de cañas y lo echó al océano. Durante muchos días permanecieron los dos deprimidos e infelices. Hasta que una mañana, después de consultar a los dioses de la llanura alta del cielo, el joven marido dijo a su esposa:

—Los dioses están descontentos porque tú hablaste antes que yo cuando nos encontramos después de rodear la columna celestial. «El hombre tiene precedencia sobre la mujer», me han dicho, y por lo tanto debemos rodearla otra vez. Los dos se dirigieron a la columna y después de haberla rodeado como la vez anterior, Izanagi habló primero diciendo:

—¡Qué buenos son los dioses que han puesto en mi camino tan maravillosa doncella!

E Izanami replicó:

—¡Los dioses me quieren de verdad por cuanto me han permitido conocer a un joven tan divino!

Ambos se miraron fijamente durante mucho tiempo; estaban poseídos de una extraña admiración y se estaba operando en ellos un profundo cambio. Empezaron a sentir una sensación de unidad con la tierra que les rodeaba, al tiempo que en cada uno de ellos nacía un nuevo amor por el otro.

Aquella tarde los dos jóvenes semidioses, porque ahora eran parte de la tierra que les circundaba, hablaron vehementemente de las nuevas islas que esperaban crear. Después rezaron ansiosos en demanda de ayuda. Al arrodillarse ante la brillante columna Amanomihashira, el firmamento empezó a inflarse con un resplandor tibio y dorado.

Lentamente, el majestuoso sol descendió sobre el arco del cielo; cada vez más roja, la luz  cayó sobre el mar y las olas devolvían reflejos purpúreos, rosas y azules. Las sombras se prolongaron y oscurecieron y al caer el sol se encendió de un carmesí más acentuado. La isla estaba radiante de calor y la columna Amanomihashira brillaba con una luz extraterrena según se adentraba en el firmamento. A medida que las profundidades del vasto océano se tragaban calladamente al sol, éste tocaba momentáneamente a las olas con sus últimos rayos y sus crestas se elevaban y caían en cascadas de estrellas al compás de su flujo y reflujo. Todo se oscureció y un negro de ébano cayó sobre el mar hasta que envolvió a la isla en sus pliegues. No había ningún ruido y sobre todo imperaba el silencio. En el altar Izanagi e Izanami seguían arrodillados, absortos y consagrados.

Pero la calma era la precursora de una tormenta que se acercaba. Pronto el océano empezó a moverse y a levantarse y, gradualmente, las olas comenzaron a ser más y más montañosas; el aire producía el ruido de la ondulada marea y el viento batía el agua con airados remolinos. Durante toda la noche las aguas rugieron y tronaron; pero hacia el amanecer todo volvió a aquietarse y a quedar en silencio.

Cuando Izanagi y su esposa salieron del altar, quedaron boquiabiertos. Ante ellos se extendía la larga y curvada costa de una vasta isla, y en el horizonte lejano se divisaban las formas de otras. Llenos de alegría fueron a visitar sus nuevos dominios, yendo de isla en isla, maravillándose con cada nueva tierra; al terminar de visitarlas todas, se dieron cuenta que eran ocho y por el orden en que habían nacido les pusieron los nombres: primero la isla de Awaji; luego Honshu; después la isla de Shikoku, seguida de Kyushu; Oki y Sado que eran gemelas; Tsushima; y finalmente Iki. Juntas fueron llamadas el País de las Ocho Grandes Islas, y a medida que fue pasando el tiempo se las conoció con el nombre de Japón.

Cuentos y leyendas japoneses
Anónimo, 1982
Traducción: A. García Fluixá
Adaptado por Benicio para Afectos




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