Extraído del libro: Faros en la Niebla
de Benicio de Seeonee
La tarde en que dejaron de hacerse los tontos
Thiago caminaba con la mochila colgando de un solo hombro y el auricular izquierdo a medio poner. Tenía dieciséis años, un flequillo que siempre le tapaba un ojo y un desorden emocional permanente que él confundía con carácter.
Acababa de salir del colegio y estaba harto del día. Pruebas, tareas, docentes que explicaban mal y amigos que no escuchaban nunca. Pero esa tarde, igual que todas, lo esperaba Facundo.
Estaba sentado en el murito de siempre, frente al club del barrio, mordiéndose una uña con ansiedad. Tenía una sonrisa fácil, una risa contagiosa y una torpeza encantadora que lo hacía único.
Llevaban años siendo amigos. Se conocían desde que las bicicletas tenían rueditas. Pero desde hacía un tiempo algo se movía entre ellos sin que ninguno quisiera mirarlo de frente. No lo hablaban, no lo nombraban, pero estaba ahí. Un temblor suave, constante.
—Llegás tarde, campeón —dijo Facundo sin despegar la espalda del muro.
—El profe de Historia nos retuvo. Otra vez —contestó Thiago, dejando la mochila en el piso.
Se quedaron un rato en silencio, mirando cómo algunos chicos pateaban una pelota en la vereda. Facundo hizo un chiste tonto, Thiago le pegó en el hombro, ambos rieron. La rutina de siempre. Pero esa tarde, Thiago lo estaba mirando distinto. Más tiempo. Con más detalle. Y se dio cuenta. Se dio cuenta de que no era una fase, no era confusión, no era “una boludez”. Era lo que era: Facundo le gustaba. Y le gustaba en serio.
Facundo también venía peleando con lo suyo. Tenía quince años y una claridad que lo asustaba. Sabía que lo que sentía por Thiago no era amistad común, pero le daba miedo mover una ficha. No quería perderlo. No quería arruinar lo que tenían. Tampoco quería quedar expuesto, ridículo, vulnerable. Así que seguía actuando. Haciéndose el tonto. Esperando que el otro hiciera algo. Esperando que algo pasara solo.
Esa tarde el aire estaba distinto. Había una inquietud en el pecho de ambos, una especie de ansiedad que les aflojaba las palabras. La calle tenía el ruido justo: motos lejanas, voces confusas, pájaros insistentes. Era el tipo de tarde donde pueden pasar cosas.
—Che… —empezó Facundo, tragando saliva—. ¿Vos estás raro o soy yo?
Thiago lo miró fijo por primera vez en todo el día. No era la mirada de un amigo. Era otra cosa. Algo más honesto. Y Facundo ya lo había notado.
—No estoy raro. Estoy cansado de hacerme el boludo —respondió, con la voz más firme de la que esperaba tener.
Facundo abrió los ojos de par en par. No esperaba esa frase. No así. No tan directa.
—¿Hacerte el boludo con qué? —preguntó, aunque lo sabía.
Thiago dio un paso hacia él, sin dejar de mirarlo. Había reunido un valor que por momentos temía que fuera mera estupidez. Pero tenía la necesidad de hacerlo.
—Con vos —dijo.
La palabra quedó suspendida un segundo. Facundo sintió un calor en el pecho que le recorrió todo el cuerpo. No había vergüenza. No había pánico. Había alivio. El alivio de no tener que disimular más. Sonrió y bajó su rostro.
—Yo también —admitió Facundo, casi en un susurro.
Fue la primera vez que se dijeron la verdad sin rodeos.
Thiago se sentó a su lado, cerca, demasiado cerca para que siguiera siendo la pose amistosa de siempre. Facundo estiró la mano y le rozó los dedos. Un contacto mínimo, tímido, pero tan intenso para ellos que parecía sacudirles el mundo. No había espectadores, no había discursos, no había etiquetas. Solo ellos dos, en esa tarde exacta, dejando de hacerse los tontos.
Se quedaron ahí, hombro con hombro, sin disimular la sonrisa. La certeza de que ya no estaban solos en lo que sentían era lo que les llenaba el alma. Quizás pensaron en besarse, en acercarse un poco más. Pero no lo mencionaron.
Cuando Thiago se levantó para irse, Facundo lo agarró del brazo.
—Mañana te espero acá —dijo.
—Obvio —contestó Thiago.
Caminaron en direcciones opuestas con el corazón dándoles un golpe en cada paso, sabiendo que el mundo había cambiado y que ya no había vuelta atrás.
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